A Silvina Rebbechi se le ilumina el rostro cada vez que lo nombra. Sus ojos transparentan una incalculable alegría al hablar de la devoción que genera quien fuera su jefe. Con melancolía recuerda cada uno de los instantes que le tocó vivir junto Jorge Begloglio, hoy Francisco I.

Sentada en una austera habitación del Arzobispado de la capital trasandina y bajo la atenta mirada de un solitario crucifijo que adorna la pared, repite constantemente que lo extraña.

Tiene 42 años. Trabaja desde los 23 en estas mismas oficinas a un costado de la catedral porteña. Llegó a hacer la práctica mientras aún estudiaba derecho en la Universidad de Buenos Aires y se quedó. Primero de secretaria y luego de abogada en el departamento jurídico, vio pasar varias autoridades eclesiásticas hasta que desembarcó “el padre Jorge”. Bergoglio arribó como vicario general y tras la muerte del cardenal Antonio Querracino se transformó en arzobispo.

“El tenía una relación muy especial con todos los empleados. Sabía nuestra vida, nuestra historia. Nos casábamos y nos hacía regalos. Teníamos hijos y los quería conocer. Cuando venían mis padres de Corrientes los recibía”, comenta Silvina.

—¿Cómo era su relación con él?

—El estaba en el segundo piso y de nosotros sabía todo. Teníamos una relación muy especial. Cuando quería verlo, hablaba con la secretaria y él me recibía. Le comentaba mis problemas, le pedía una opinión y muchas veces se reía por preocuparme de cosas que él consideraba que no lo merecían. Era muy paternal. Yo siempre sabía que tenía su apoyo. Ahora lo extraño mucho. El arzobispo nuevo es muy de su estilo, pero lo estoy recién conociendo.

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Inmediatamente engancha con una historia que cambiaría la vida de Silvina y su relación con el actual mandamás de la Iglesia. En 2006, Bergoglio le pidió que se hiciera cargo de la sucesión de monseñor Kerame. Era un encargo especial, anexo a su trabajo en el Arzobispado. Debía traspasar las posesiones del religioso de origen sirio a su congregación en dicho país.

“Fue un regalo muy importante el haberme elegido para que hiciera esa sucesión. Fue muy complicada. Todos los días subía y le decía ‘la dejo, la dejo, no doy más’, y él me decía ‘siga, siga’ y bueno, lo logré. Fueron largos cuatro años. Gracias a eso pude comprar mi casa”, cuenta emocionada.

Desde entonces la relación se hizo más estrecha. En 2009, le detectaron un tumor cerebral a una de las sobrinas de Silvina. “Bergoglio la bendijo antes de la operación y le regaló un rosario de plata. Cuando finalmente se recuperó, la recibió nuevamente. Conversaba con ella muy pendiente de su evolución”.

—¿Usted cree que ese trato tan personalizado cambió desde que Bergoglio llegó al Vaticano?

—El trato que tenía acá es el mismo que tiene como Papa en el Vaticano. La diferencia es que en Buenos Aires no andaba con una cámara al lado las 24 horas del día o a sus homilías no asistía tanta gente. Nadie se enteraba que todos los jueves santos él realizaba el lavado de pies en distintos hogares de acogida. Ahora sigue haciendo exactamente lo mismo. Lo están descubriendo. Siempre tuvo un perfil bajo. Ahora no puede porque tiene a todo el periodismo encima.

—¿Cuándo fue la última vez que vio al Papa?

—Cuando renunció Benedicto XVI. El padre Jorge fue al cónclave. Se despidió de nosotros diciéndonos que nos veíamos una semana después, para domingo de ramos. Fue con su valija chiquitita, sonriente. Dejó todo planificado para volver, pero nunca más regresó. Al principio llamaba constantemente para solucionar temas pendientes hasta que de a poco las llamadas se fueron espaciando.

—¿Cómo se enteró que Bergoglio fue nombrado Papa?

—El día que salió humo blanco yo estaba en mi oficina trabajando y nos fuimos a la cocina a ver la tele. Tardaron mucho en anunciar al nuevo Papa y yo tenía que irme. En el anterior cónclave él era uno de los favoritos pero en esta ocasión no. De hecho estaba por cumplir 76 años y se iba a retirar del Arzobispado de Buenos Aires. Por eso nunca creí que lo fueran a elegir. Me fui, subí al tren de vuelta a casa y prendí la radio porque me intrigaba saber quién sería el nuevo pontífice. Cuando escuché el nombre del padre Jorge empecé a llorar. La gente me miraba extrañada y les digo a las cuatro personas que estaban sentadas: ‘¡El Papa es argentino!’. Algunos me miraron incrédulos. En ese instante empezó a llamarme todo el mundo y yo seguía llorando. Ahí le dije a una señora: ‘Disculpe mis lágrimas, pero yo trabajo con él’. Tenía mucha alegría pero también sentimientos encontrados porque sabía que no lo íbamos a ver más por mucho tiempo.

—¿Ha podido hablar con él desde que asumió en el Vaticano?

—Desde que es Papa me tocó hablar sólo una vez con él. Siempre que llamaba yo estaba haciendo trámites en tribunales. Un día me dicen ‘no salgas porque el Papa quiere hablar con vos’. No lo podía creer. Pensé que me estaban haciendo una broma pero era verdad. Me quería hacer un pedido.

—¿Qué pedido?

—Todos los primero de agosto él preparaba caña con ruda para ‘pasar agosto’. En esta ocasión nos mandó desde Europa dos botellas y por teléfono me preguntó: ¿Me imagino que usted tomó? Y me respondió: ’Sabía que una correntina no me iba a fallar’. Después me pidió que por favor me sentara a escuchar a una señora que siempre iba al Arzobispado a hablar con él. Quería que lo reemplazara en eso.

—¿Pudo conversar algo más con él?

—En esa conversación le pregunté si él estaba bien. Si estaba feliz. Me dijo que sí. Que estaba sintiendo una paz muy grande. Todo lo que le ha pasado lo toma como una decisión de Dios que debe asumir. Le dije que todo esto lo había rejuvenecido. Que tenía una linda sonrisa, que se veía feliz. Que debía ser el espíritu santo que le bajó porque está realmente radiante.

—¿Al Papa Francisco lo ve muy distinto al padre Jorge que usted conoció en el Arzobispado de Buenos Aires?

—Al escucharlo por televisión, nos damos cuenta de que es el mismo de siempre. Mucha gente no me cree cuando les digo que él era así, que actuaba así, que hablaba de esa forma. Hay una foto que se lo ve sentado en el altar de la iglesia de San Pedro y se le alcanzan a ver sus zapatos negros de toda la vida. Los mismos que usaba acá en Buenos Aires. Me acuerdo perfectamente de esos zapatos porque eran de goma y no hacían ruido. Muchas tardes me quedaba trabajando sola y de pronto lo veía parado en la puerta. Nunca lo sentía venir. Era muy gracioso. Aparecía despacito y susurraba ‘soy el padre Jorge’.

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—¿Siempre fue tan humilde?

—En una oportunidad subí al metro y lo vi estampillado contra el vidrio. Me miró y me hizo ‘sh’ con el dedo y me dice ‘no digas nada. No quiero que me reconozcan’. El siempre viajaba en el transporte público a todos lados. Sólo cuando debía ir más lejos utilizaba el Renault Clio del Arzobispado. O por ejemplo, su secretaria no tenía una agenda. Ella sólo anotaba el nombre y teléfono de quienes querían una audiencia y después el mismo padre Jorge los llamaba para darles el día y la hora en que los iba a recibir. Acá toda la gente que solicitaba hablar con él podía hacerlo, del color, religión o partido que fuera. Su costumbre incluso era bajar a despedirlos. Los acompañaba hasta la puerta.

—¿Qué tan real es su afición por costumbres tan comunes como el fútbol o el mate?

—Es todo completamente cierto. Tomaba mate amargo con una yerba orgánica más suave. Y de San Lorenzo es muy fanático como mi papá. Siempre nombraba a su equipo, rememoraba partidos, andaba pendiente.

Silvina sueña con ir a visitar al Papa a la brevedad. Quiere hacerlo antes que el mismo pontífice visite Argentina, probablemente en 2016 durante el Consejo Eucarístico por los 200 años de la independencia en Tucumán.

“Tengo la esperanza de ir a verlo. Una de las chicas del Arzobispado fue y la recibió dos horas en audiencia privada. Yo también me voy con una audiencia privada sí o sí. Si no lo veo me muero. Con una pública no me conformo. Quiero estar al lado”.

—¿Cómo cree que Jorge Bergoglio quiere que lo recuerden una vez finalizado su papado?

—Como alguien que acercó, que abrió. Que le dio más humanidad a la Iglesia. No que revolucionó.