Cae la noche sobre el desierto y las estrellas parecen al alcance de la mano. Lo extraordinario de la panorámica explica por qué a lo lejos se divisa el Atacama Large Millimeter/Submillimeter Array, ALMA, considerado el proyecto astronómico más importante del planeta. Francisca Cortés Solari (50) deja un pequeño tronco en el centro de la fogata, sin dar muestras de cansancio. Es cerca de la medianoche y la presidenta de las fundaciones MERI, Tata Mallku y Caserta, enfocadas a la preservación, educación y cultura, tiene la misma energía que cuando empezó el día.

“Paso poco tiempo en mi casa, por eso trato de compactar los viajes. A veces voy por el día a Chiloé y otras tantas llego de Estados Unidos y me vengo directamente para acá. Creo que me quedan diez años de mucho trabajo. A los sesenta quiero seguir liderando esto, pero tener un poco más tiempo para mí. Antes hay metas que cumplir en esta búsqueda por un cambio educativo y cultural”, cuenta, con la mirada puesta en el fuego. Aunque se confiesa una “enamorada de Chile, su geografía y gente”, reconoce que este es un territorio especial para ella. “Hace como 17 años vine aquí a participar de una ceremonia. Inmediatamente, me enamoré de su cultura, tradiciones y ritos, pero volví muchos años después. Entremedio, seguí haciendo mi vida y me preparé en todas las disciplinas que te ayudan a comprender la mente humana y el dolor. Estudié psicología, trabajo corporal y coaching para aprender a trabajar con el cuerpo, la emoción, la mente y la espiritualidad”, explica.

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VUELTA AL ORIGEN

Su acercamiento con los pueblos originarios parte en un viaje que hizo a los once años a Tahiti. Acompañaba a su abuela Eliana Falabella, quien junto a su marido Alberto Solari lideró en la década de los treinta la expansión del negocio de sastrería a los artículos del hogar, convirtiéndose en una de las compañías más importantes de Chile. “Allá no íbamos de turistas, sino a convivir con los habitantes de la isla. Ellos nos llevaban a cascadas sagradas donde sólo podían ingresar quienes habían nacido ahí. Son recuerdos que me hicieron mucho más sentido cuando volví después de 29 años. Quería revivir lo que mi abuela había visto allá: la tranquilidad de no tener identidad y de estar conectado con la naturaleza”, rememora. Muy temprano tomó un avión en Santiago y desde que aterrizó en San Pedro de Atacama, su agenda no le dio tregua.

Partió con una reunión con Airo Catur, el alcalde de la zona y un almuerzo con un grupo de mujeres cantoras que mantienen vivas las melodías tradicionales de la cultura atacameña. Luego, encabezó la firma de un convenio con la municipalidad para la conservación patrimonial que terminó con una emotiva ceremonia con líderes de la comunidad. Antes del atardecer, recorrió las cerca de 50 hectáreas del parque Puri Beter, donde estudiantes de todas las edades participan de una experiencia educativa única en la que la naturaleza se transforma en la sala de clases. Ubicado a siete kilómetros del casco urbano del pueblo de San Pedro de Atacama, este parque cultural que administra la Fundación Tata Mallku busca relevar la memoria ancestral de los pueblos originarios, mediante la realización de programas de educación cultural y ambiental, y la promoción de actividades tradicionales como el pastoreo, el cultivo y regadío, las que siguen el ordenamiento del calendario cultural andino.

Cuenta con instalaciones de primer nivel como llavería, pesebreras, corrales, oficina de reuniones y trabajo. Pero son las áreas donde se ejecutan los programas de senderismo y eco turismo, las favoritas de los visitantes. Además, se realizan talleres y laboratorios al aire libre, campamentos, cursos de oficios y seminarios de disciplinas relacionadas a la cosmovisión y la astronomía. Un sinfín de experiencias alineadas con las nuevas formas de enseñanza y que están en sintonía con las actividades que se imparten en los otros dos parques del modelo filantrópico Cortés Solari. Likandes, ubicado en San José de Maipo, y Mellimoyu, enclavado en la costa de la región de Aysén. En el recorrido, donde fue recibida con alegría por sus colaboradores, entre quienes repartió abrazos y organizó media docena de reuniones; también se dio el tiempo para reflexionar. “Me gusta que todos trabajen contentos. Mi compromiso con ellos es total. Soy exigente porque creo que en la búsqueda de la excelencia está el camino de la transformación. Pero, siempre les pido a mis equipos que me digan cuando me equivoco. No me creo el cuento para nada. Qué cuento me voy a creer”, dice con la mirada en el volcán Licancabur, que hace años escaló con un grupo de atacameños.

“De niña también tenía ese liderazgo, pero producto de mi hiperactividad siempre me sentía diferente. Estudié diseño de vestuario cuando me habría encantado entrar a psicología. Cuando eres distinto, el sistema te pone más trabas y te estigmatiza. Recién a los 33 años entendí todo lo que podía hacer. Esa confianza me la dio todo el trabajo interno que hice. Hoy, agradezco la capacidad de estar en los dos mundos, el empresarial y el indígena. Coincido con quienes piensan que en el nuevo tiempo las comunidades originarias tienen mucho que enseñarnos”. Los comienzos de la creación del Puri Beter, levantado en lo que fue el Ayllu de Beter, cuna del pueblo Likan Antai, no fueron fáciles. La historia de opresión a la que esta etnia fue sometida desde la conquista, cuando los invasores les llegaron a cortar la lengua para evitar que hablaran su dialecto, en buena manera lo explica. “Al principio, el proyecto enfrentó una serie de obstáculos. Eso nos obligó a ejercitar la calma y la sabiduría para encarar las dificultades. Nunca es fácil ganarse el respeto y consideración de las comunidades locales, pero el tiempo, cariño y respeto hacia esta cultura nos ha dado la razón. Este es un camino”, recuerda, antes en enrolar el último cigarrillo de tabaco del día.

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“Hoy cada vez estamos más coordinados con la comunidad, pero yo siempre les recuerdo que esto no es mío. Soy apenas una guardiana o una canalizadora de lo que aquí sucede. Esto está hecho para ellos, para que puedan levantar las tradiciones ancestrales que los conectaban con la espiritualidad”, cuenta.

—¿Es la minería la principal amenaza de la conservación?

—Pero, no podemos olvidar que constituyen el sueldo de muchas familias. No hay que eliminar la actividad, sino que mejorar la forma en que se extrae el recurso, Hacer los estudios de impacto medioambiental correspondientes. No puedo renegar del presente, de lo que hay. Creo que lo urgente es desarrollar una institucionalidad sólida acorde a los estándares internacionales que respete las comunidades, sus tradiciones y promueva el desarrollo sustentable. Hoy más que nunca hay que trabajar unidos y con coraje.

—Mucho se habla por aquí del tremendo impacto que el litio ha tenido en la vida de las comunidades atacameñas.

—El tema es la responsabilidad. Cómo puede ser que no seamos capaces de hacer nosotros las baterías de litio que el mundo necesita y no quedemos única y exclusivamente con la exportación de la materia prima. ¡Podríamos cambiar la matriz económica del país y dar un salto cuántico! ¿Para quién estamos trabajando? ¿Para los extranjeros o para el futuro de las nuevas generaciones de chilenos? No puede ser que estemos vendiendo los recursos sin valor agregado.

En septiembre, el documental Patagonia Azul la interconexión de la vida, producido por la Fundación MERI y el director Daniel Casado ganó el Woods Hole Film Festival, el certamen independiente más antiguo del mundo celebrado en la ciudad Cabo Cop, en la península del estado de Massachusetts, al noreste de Estados Unidos. Ahí estuvo Francisca junto a parte de su equipo para recibir el premio. “Fue muy emocionante porque siento que más allá de mostrar el trabajo que hacemos en las expediciones científicas, nuestro mensaje fue escuchado. Hay que hacerse responsable del ecosistema. Las excusas ya no sirven”, afirma.

La tarde avanza en el desierto más árido del mundo y Francisca está feliz. Hay una nueva integrante en el parque Puri Beter. Se trata de una llama blanca de nombre Nieve. Su destino era terminar convertida en carne porque las pastoras encargadas de su cuidado ya no podían mantenerla más. Cuando ella supo la historia, no dudo en ir a buscarla. Las pastoras la recibieron agradecidas y cuando se despedían del animal, le susurraron al oído ‘vas a ir a un lugar donde te van a tratar muy bien’. Al escucharlas, los ojos de esta heredera del clan Falabella se pusieron vidriosos. Y es que tras ocho años de intenso trabajo en esta zona, su nombre es sinónimo de confianza.