La primera vez que Einer Rubilar (43) puso un pie en Uganda, quedó petrificado ante la pobreza que muchos asumen como parte del paisaje. Las caras de niños enfermos aparecen entre la multitud como si se tratara de un detalle imperceptible, una postal ignorada por los curiosos que llegan a conocer este país de Africa Oriental, en donde más de un tercio de la población vive bajo el umbral de la pobreza y las enfermedades virales pululan producto de la mala higiene por la escasez de agua potable.

“Cada vez que llueve, familias enteras salen a las calles con baldes para acumular agua y los niños corren hasta las cunetas para beber desde los charcos. Algunas veces el agua ya está putrefacta, y los más pequeños siguen tomando desde ahí”, explica este chileno al recordar la imagen que más lo marcó en su primera visita en 2005. Es que el 31% de la población se ve afectada por un déficit de agua potable que principalmente perjudica a las aldeas, desencadenando males como la malaria, la hepatitis o la fiebre tifoidea. Ese fue el punto de partida para que Einer dejara de ser un espectador pasivo y decidiera tomar cartas en el asunto. “Con Joseph, un amigo que conocí allá, arreglamos un primer pozo de agua que estaba en pésimas condiciones y nos dimos cuenta de que no era tan difícil ni tan caro. Tomamos vuelo e hicimos cinco más, luego regresamos en 2012 y nos dedicamos de cabeza a levantar pozos desde cero”, explica al recordar cómo nació la ONG internacional Begin Anew que hoy está inscrita y registrada en Estados Unidos y que cuenta con un equipo que trabaja en terreno. “Nos está yendo mejor que antes, la gente está donando de a poco y gracias a eso hemos construido 100 pozos beneficiando a más de 100 mil personas”, explica.

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Einer nació en San José de la Mariquina en Valdivia, y desde siempre tuvo vocación de servicio. Por más de diez años se desempeñó como carabinero, hasta que en 2002 renunció al uniforme, agarró sus maletas y partió a Estados Unidos tras los pasos de una mujer norteamericana. Desde allí, realizó su primer viaje al Continente Negro, lugar en donde encontró una realidad que lo marcó para el resto de su vida. “Ese mismo día decidí que quería ayudar a los demás. Fue impactante, sobre todo por la escasez de agua. Es algo que nosotros damos por hecho, un elemento vital que no valoramos, sin tener ni la más mínima idea de que existen miles de niños que jamás en su vida han visto agua limpia”, reflexiona desde el otro lado del teléfono. Hoy, vive entre Nueva Jersey y Africa, y de vez en cuando vuelve a Valdivia a visitar a su familia, pero su corazón se mantiene en Uganda. “He visto a muchos niños enfermos, incluso muertos. Saltando en la tierra porque están muriéndose y no puedes hacer nada. Nosotros les damos una segunda oportunidad para que tengan una mejor vida. No me interesa si he gastado todos mis ahorros en eso, no me duele en lo absoluto, porque no te puedes imaginar la alegría con que esa gente recibe el agua. Los niños la toman y juegan sorprendidos porque es transparente. Es un nuevo comienzo para ellos, ya que si tienen agua pueden desarrollar agricultura, bañarse, ir a la escuela y comer sanamente”, cuenta Einer.

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En cada uno de sus viajes, él y su equipo conviven con los lugareños como si se tratara de un vecino más. No arriendan habitaciones en hoteles lujosos, ni llegan en grandes camiones acompañados de sofisticados implementos, sino que duermen en las comunidades, comen de sus alimentos y construyen los pozos con sus propias manos. Muchas veces se exponen a infecciones y enfermedades que ponen en riesgo su vida. Einer lo sabe de sobra.

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En noviembre del año pasado el chileno hizo su último viaje a Uganda, travesía que casi acabó en tragedia. “Me contagié de malaria. Si bien ya me había dado en otras ocasiones, esta vez por un descuido no la traté a tiempo. Estuve grave, inconsciente por semanas, pero ya me estoy recuperando. Tuve que aprender a caminar nuevamente, me costó, pero no me detendrá”, dice mientras planea su siguiente paso. La idea es expandir la ONG y contruir pozos en otros países que también sueñan con tener agua potable, como Kenia o Sudán del sur. Al mismo tiempo, sigue trabajando en la construcción y desarrollo de Serinya Comunity School, una escuela en donde educan a más de 200 niños con la intención de sacarlos de la pobreza. “Es un camino díficil. Pero no me importa no ser rico, estar lejos de mi familia o enfermarme. La mayor gratificación es ver la sonrisa de esos pequeños frente a su primer contacto con el agua limpia. Es algo completamente impagable”, concluye.