Cuando hablamos de mujeres filántropas en Chile, se vienen a la mente nombres que ya son referencia por su permanente implicación en distintos ámbitos del quehacer nacional. Nombres como los de Iris Fontbona y su hija Paola Luksic, Presidenta de la Fundación Andrónico Luksic Abaroa, que solo en 2017 aportó 2 millones de dólares a proyectos de educación y cultura; o como Esperanza Cueto, cuya familia está ligada a la Fundación Colunga, que reúne a organizaciones de la sociedad civil chilena y latinoamericana en una red colaborativa. Nombres que ya están inscritos en el mapa mental de la filantropía chilena y donde también aparece Nicola Schiess, la mujer que ha gestionado uno de los espacios culturales más emblemáticos de nuestro país, el Teatro del Lago en Frutillar; o la apasionada Patricia Ready, una verdadera mecenas del arte, experta en descubrir talentos emergentes e impulsarlos a través de su galería y otras instancias. Tampoco se puede obviar a Francisca Cortés Solari y su determinación para conservar 16 mil hectáreas de bosques y ecosistemas marinos en Melimoyu vía la Fundación Meri.

 Con esos grandes nombres como referencia, la filantropía —palabra griega que se traduce como “amor por la humanidad”— ha seguido evolucionado hacia un concepto acorde con la necesidades de hoy. Una filantropía contemporánea donde los recursos económicos ya no son el requisito fundamental para llevar adelante una causa de bien común, agregando variables como tiempo y gestión del compromiso personal, aspectos tan importantes como el propio dinero.

 Y es aquí donde aparecen conceptos nuevos como el de mujeres “hands on”, que designa a aquellas que trabajan incansablemente impulsando causas que impacten áreas fundamentales de la sociedad.

 En este contexto emergente, un grupo de filántropas chilenas recorrió Estados Unidos para interiorizarse con la realidad de sus pares estadounidenses. El viaje, organizado por la embajada de Estados Unidos en Chile en conjunto con Alejandra Valdés, Directora Ejecutiva de Fundación Amanoz y Rosa Madera, CEO de la consultora Empatthy, especializada en filantropía estratégica e inversión social, es una muestra de lo que está ocurriendo en Chile con el tema.

 Varias de las viajeras son relativamente desconocidas para el común de las personas, razón que nos llevó a buscar diez chilenas hands on que con pasión están empujando el carro de la filantropía contemporánea en nuestro país y trabajan —a veces anónimamente— por transformar a Chile en un mejor país.

 Filantropía o caridad

 La filantropía usualmente se superpone con la caridad, aunque no toda caridad es filantropía (y viceversa). La diferencia más citada es que la caridad alivia problemas sociales, mientras que la filantropía intenta resolver esos problemas en forma definitiva. Es la clásica diferencia entre regalar pescado y enseñar a pescar. “Los dos conceptos tienen un origen etimológico común, que es el amor por el bien del ser humano, sin embargo, la caridad está mucho más asociada a una tradición religiosa. Pero también, mientras la caridad se mueve por la compasión y va a atender una necesidad para el bienestar inmediato, por ejemplo, de un niño en situación de calle —cómo lo proveo de ropa, de alimento— la filantropía apunta a la raíz de ese problema: ¿por qué ese niño está en la calle? Ese es su desafío, ir al fondo del tema”, explica Magdalena Aninat, Directora del Centro de Filantropía e Investigaciones Sociales de la Universidad Adolfo Ibáñez (CEFIS).

 En Chile aún nos falta mucho en materia de allegar recursos para la filantropía. Según el Informe Global de Filantropía de la Universidad de Harvard de 2018, en los 38 países examinados por el documento existen 260.358 fundaciones ligadas a la filantropía activa, donde Estados Unidos lidera la lista con 86.203 y le sigue Alemania con 20.700. Chile aparece con solo 120 fundaciones, con un gasto filantrópico de 100 millones de dólares, cifra que es de las más bajas, ocupando el puesto 18 entre los 24 países que reportaron este ítem.

 Es aquí que cobra mucho más valor las otras variables que mueven la filantropía, además del dinero: el tiempo y la gestión. “Los países sin filantropía o con bajo nivel de filantropía se pierden un actor relevante, en términos de articular un bienestar común donde hay espacio para cooperación. Porque aquí estamos participando todos y con distintos tipos de recursos, que no siempre es el dinero aunque obviamente este último es muy necesario para solucionar problemas en las organizaciones de la sociedad civil, pero también se aporta con tiempo, conocimiento y articulación de redes. Esa es la visión de la filantropía 2.0 o contemporánea”, explica Magdalena Aninat.

 Otra de las mujeres que más sabe de filantropía en Chile es Alejandra Valdés, una historiadora que siempre supo que no quería encerrarse en bibliotecas, porque ama la interacción con las personas. Luego de dedicarse a consolidar centros culturales como Casas de Lo Matta, trabajó 14 años para hacer crecer y consolidar la Fundación Mustakis, dedicada a experiencias transformadoras en arte y la cultura, las ciencias y la tecnología.

 “Crecí en una familia de 10 hermanos donde, siendo la mayor, siempre había mucho que entregar a otros, lo cual te ejercita ese músculo y también el ego, tan importante de secundar cuando estás en esta área. Durante mis años en Fundación Mustakis fuimos pioneros en muchos aspectos de las fundaciones en Chile, sobre todo por el énfasis colaborativo que imprimimos a la mayor parte de nuestros proyectos. Desde entonces mi vocación ha continuado en esta permanente búsqueda del bien común y el desarrollo social, tendiendo puentes y alianzas, sumando instancias y proyectos en pos de un objetivo compartido”, reseña la actual Directora Ejecutiva de Fundación Amanoz, una de las impulsoras de la filantropía contemporánea en Chile, para la cual el tema no es solo disponer de los recursos financieros.

 El rol de las mujeres

 En Chile, como en la mayoría de los ámbitos, las mujeres han ido adquiriendo más protagonismo. En retrospectiva, es posible apreciar que históricamente era desde el mundo empresarial que las mujeres daban vida a sus “obras sociales”, que emergían desde el área de interés a la cual quería aportar esa compañía o la familia que estaba detrás. “La participación de las mujeres hoy es distinta, más de gestión profesional desde una mirada filantrópica. Ahora están ahí porque se les asignó ese rol, no porque sepan bordar o coser (sin desmerecer el tejido y el bordado, que están muy en boga). Pero ahora van más allá de solo un pasatiempo. Perfectamente podrían estar participando en el ámbito empresarial, porque saben que las iniciativas no son personales y congregan a un grupo de gente desde una mirada colectiva”, explica Magdalena Aninat.

Con todo, la investigadora de la Universidad Adolfo Ibáñez no es demasiado optimista respecto a los porcentajes de representación. “La participación de mujeres que canalizan recursos en el directorio de las fundaciones es bajo: dos asientos son de mujeres de un total de siete. Eso todavía es una subrepresentación, aunque está un poco mejor que lo que sucede con las mujeres en los directorios de las empresas”, indica. En este punto coincide Alejandra Valdés, quien agrega que las mujeres están involucradas hace mucho rato, pero desde una segunda línea. “Lo que pasa es que hoy decidimos aparecer y poner sobre la mesa el aporte complementario que hacemos al del hombre. Mujeres como Juana Ross y otras ilustres fueron grandes filántropas, claro que en una época donde la labor era más bien caritativa”, añade.

Desafíos que vienen

 Para mujeres hands on como Alejandra Valdés, uno de los desafíos más importantes está en generar una narrativa renovada, que permita a todos entender la filantropía como algo no exclusivo de personas con alto patrimonio, sino como un llamado al cual todos podemos responder, ya sea con nuestro dinero, nuestro trabajo o nuestro tiempo. “También un desafío mayor de mediano plazo es cómo educamos en filantropía, cómo hacemos de nuestra sociedad  una comunidad con cultura filantrópica donde niños y jóvenes crezcan con esta inquietud incorporada”, explica.

 Claramente, las mujeres están ganando protagonismo. “Casos conocidos como el de Melinda Gates constituye uno de los primeros referentes, aparecen filántropas de otras generaciones y entornos muy diversos y transversales que se están comprometiendo en causas sociales y en reivindicación de derechos y mejoras  para las mujeres, como la actriz Emma Watson, la activista Malala Yousafzai  o Drew Gilpin Faust, presidenta de la Universidad de Harvard. Esa es la conclusión del estudio que publicó en 2012 el Centro de Filantropía de la Universidad de Indiana sobre el rol del género en la filantropía. Este año se publicó en la misma universidad el Women Give 2017: Giving Makes us Happy, y la cuestión de la influencia de las mujeres como grupo social que más aporta en educación y emprendimiento de mujeres y niñas, va creciendo”, explica la española Rosa Madera, CEO de la consultora Empatthy, especializada en filantropía estratégica e inversión social. En Chile las filántropas están en boga y cada vez son más las que se suman a las grandes referentes nacionales mencionadas al comienzo.

Lucy Ana Avilés de Walton

“Una marea alta levanta todos los barcos”

En 2019 vuelve a Chile con su marido, dos hijas y una visión holística de la filantropía.

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A mediados de 2002, Lucy Ana Avilés estaba terminando su carrera de sicología en la Universidad del Desarrollo cuando una ida a esquiar en Valle Nevado se convirtió, retrospectivamente al menos, en el primer día del resto de su vida. Esa vez coincidió en la nieve con el hombre que cinco años después se convertiría en su marido: Benjamin Walton, nieto del fundador de la cadena retail estadounidense Walmart y heredero de una de las fortunas familiares más grandes del mundo.

Ex alumna del colegio Juanita de los Andes, no fue con su matrimonio que “Luciana” se implicó por primera vez en la filantropía. Pero indudablemente, el rango de su alcance cambió. En este ámbito, la familia Walton actúa a través de la Walton Family Foundation y desarrollan proyectos con tres enfoques principales: recursos hídricos, educación y desarrollo de comunidades.

Por su parte, desde su infancia ella siempre vio a su familia ayudar. Su bisabuelo médico veraneaba en Iloca, donde atendía gratis a la comunidad local, mientras que su abuela organizó el ropero de la maternidad del hospital El Salvador. Por eso familiarmente comparte con su marido una visión del mundo donde contribuir al bien común es un modo de vivir, lo que hace tres años los llevó a formar la fundación Zoma LAB, cuyo nombre es un anagrama basado en los nombres de sus dos hijas, Zoe y Maya, más los suyos: Lucy Ana y Ben. Pronto se vieron en la necesidad de responder a numerosos requerimientos provenientes de Chile, lo que significó la creación de Viento Sur, la fundación a través de la cual operan en Chile.

“Lo que nos mueve es nuestra gratitud por todas las oportunidades que hemos recibido. Tenemos la motivación, el interés y el amor para poder entregar y retribuir creando accesos y oportunidades para la comunidad”, explica. “Para nosotros, hacer filantropía es parte de cómo fuimos criados. Ambos crecimos en familias que nos transmitieron la importancia de escuchar y observar, de ser empáticos, apoyar y participar en diferentes causas. Por eso hemos decidido que esta será nuestra vida y ojalá, el día de mañana, nuestras hijas puedan continuarlo”.

Uno de los frentes que abordan como fundación es la primera infancia, entendida como el periodo que va desde la concepción hasta los 5 años. Esta línea de acción contempla salud perinatal, entrega de herramientas educativas para los padres (Parentalidad Positiva) y la prevención y tratamiento del abuso y la negligencia infantil. “Nuestra meta es erradicar el maltrato”, afirma.

Otro de los focos de Viento Sur es el desarrollo de las comunidades locales en la Región del Maule, donde el objetivo no solo es mejorar la economía, sino apoyar la calidad de vida de sus habitantes. El tercer ámbito de acción tiene que ver con el desarrollo de la fuerza de trabajo, para que más personas tengan acceso a un rango amplio de capacidades y conocimiento que las preparen para los trabajos y demandas del futuro.

“Creemos en la filantropía como herramienta catalizadora para pilotear, incubar e impulsar la innovación en nuestras áreas de trabajo. Para llegar a nuestras metas, diseñamos una teoría de cambio y levantamos la información necesaria para desarrollar un mapa de acción. Además, tenemos la flexibilidad de ir adaptando las tácticas y estrategias como respuesta a los cambios que nosotros mismos vamos propiciando”, explica Lucy Ana desde Estados Unidos.

El objetivo de Viento Sur, más allá de un proyecto o causa emblemática en particular, es aportar con una perspectiva holística e integral: “Implicándote en diferentes temas, contribuyes a que una comunidad surja de una manera transversal. Nos hace mucho sentido la idea de que una marea alta levanta todos los barcos”.

—¿Dónde está la diferencia entre “filantropía” y “caridad”?  

—Tanto la caridad como la filantropía se basan en el amor por el otro, en hacer algo de manera desinteresada con la finalidad de producir un impacto positivo. La caridad es ayudar en un momento de necesidad, sin una estrategia de cambio que conduzca a una posible solución en el largo plazo. Nosotros buscamos generar impacto a gran escala y para lograrlo se necesita conocer, investigar, analizar, estudiar los resultados e impactos, así como buscar métricas que nos permitan medirlo con precisión.

 —¿Qué diferencias existen entre EE.UU. y Chile? 

—Las principales que hemos observado tienen que ver con temas como la transparencia, cultura, confianza, normas y leyes. En EE.UU. se fomenta mucho la transparencia y en general los datos son públicos. También se comunica mucho lo que se está haciendo y son bien colaborativos, en mi experiencia.

 —¿El filántropo chileno es más reservado? 

—Estados Unidos valora a las personas con éxito y estas comparten lo que han logrado ayudando a los demás. En Chile, donde por años muchas personas han hecho filantropía, se tiende a ocultar el éxito y, consecuentemente, lo que se hace por los otros. Eso es discreción, pero también desconfianza y distancia entre las personas. Creo que la idea de que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, tan arraigada en Chile, no debe malinterpretarse. Mostrar las cosas buenas, dejar que se sepan, incentiva más la filantropía, generando un círculo virtuoso. Porque la filantropía es una actividad que podemos hacer todos, con nuestros conocimientos, nuestro tiempo y nuestro compromiso.

Josefina Cardone

El paradigma colavorativo de la filantropía actual se lleva bien con la generación millennial y Entrelazadas es un ejemplo de esa afinidad. 

GRUPO

Además de ser la más reciente de todas las aquí representadas, la iniciativa impulsada por Josefina Cardone (28) tiene la particularidad de invitar a la colaboración filantrópica no solo entre personas, sino entre organizaciones.  Todo comenzó en abril pasado, cuando esta ingeniera comercial con experiencia en el mundo de las finanzas visitó una exposición de videoinstalaciones carcelarias realizadas por el artista suizo-alemán Louis von Adelsheim y la poetisa chilena Andrea Brandes.

Exalumna del Saint George’s, Josefina es una antigua voluntaria de la Fundación Moreau (FundaMor), dependiente de la misma congregación rectora de su colegio y responsable, como organismo colaborador del Sename, de residencias para niños y niñas vulnerables que han sido derivados por los juzgados de familia.

Tras recorrer la exposición en el MAC Quinta Normal y ser testigo del potencial afectivo de las mujeres privadas de libertad, Josefina intuyó la posibilidad de vincular a mujeres provenientes de distintas realidades vulnerables a través de pequeños proyectos filantrópicos que permitieran formar vínculos más allá de lo anecdótico.

“Entrelazadas es una fundación que promueve el privilegio de dar entre mujeres en situación de vulnerabilidad. Lo que nos proponemos es generar lazos entre diversas organizaciones de apoyo y por su intermedio abrir caminos para que las mujeres puedan ayudar a otras mujeres a ayudar”, explica Josefina.

En su primer proyecto, Entrelazadas recolectó lana y la llevó a la cárcel femenina de San Joaquín, donde un grupo de internas organizadas a través de la Corporación Abriendo Puertas —que acompaña y capacita a mujeres privadas de libertad tanto durante su periodo de reclusión como en el proceso de reinserción social— confeccionó cuadraditos de lana que luego fueron entregados a FundaMor. Esta, a su vez, invitó a las niñas de una de las residencias que administra a coser mantas a partir de esos cuadraditos. Finalmente, cada una de las niñas participantes le entregó su manta a una abuelita del Hogar Nuestra Señora de la Paz, dependiente de la Fundación Las Rosas.

Pero el proyecto no terminó ahí. Después de entregar sus mantas, niñas y abuelitas completaron el círculo virtuoso pintando juntas un mural de agradecimiento para las internas.

“El sustrato de Entrelazadas es la colaboración. Lo más importante para nosotros es, más allá de la magnitud de los proyectos, generar espacios e instancias para que todas experimenten la gratificación personal de dar y recibir algo”, completa Josefina. “Y lo realmente valioso son los vínculos que se van generando entre las mujeres participantes”.

Después de esa exitosa primera iniciativa, bautizada ‘Unidas por la lana’, la fundación Entrelazadas decidió perseverar y organizó ‘Unidas por la palabra’, al que ahora se agrega ‘Unidas por la Navidad’. En este caso las mismas internas de la cárcel de San Joaquín, gracias a un aporte de la empresa Hilanderías Maisa, tejieron más de tres mil estrellas a crochet para ser vendidas por la fundación como adornos de Navidad, con apoyo de una importante cadena de retail. Ellas reciben parte de la venta y la fracción restante financiará una celebración navideña entre las abuelitas del hogar de Fundación Las Rosas y las niñitas del Sename, quienes a su vez destinarán una parte de esa suma a hacerles un regalo a las tejedoras.

“En el fondo, lo que queremos con esto es demostrar que todas estas mujeres —sean abuelitas, niñas, internas—, más allá de su edad, grado de aislamiento o situación de vulnerabilidad, tienen muchas ganas de dar”, redondea la joven Directora de Entrelazadas.

Josefina enfatiza que Entrelazadas se basa en un concepto colaborativo entre mujeres en distintas situaciones de vulnerabilidad, apalancado gracias a otras fundaciones. Esto mismo lo convierte en un modelo escalable que ojalá pueda ser replicado, porque juntos podemos cambiar el paradigma a la que estas mujeres se ven enfrentadas, demostrando que ellas tienen las mismas ganas de dar al igual que todos”.

Cada empresa, cada fundación y cada persona en forma individual puede encontrar su propia forma de colaborar. Al final es lo que cada quien puede aportar y las alianzas que pueden ir gestando: “Estamos muy felices con el camino que ha ido tomando la Fundación. La alianza que desde Entrelazadas hemos construido con Coporación Abriendo Puertas, FundaMor y Fundación Las Rosas es un modelo potente que además conlleva una responsabilidad altísima, porque estás vinculando personas, más que organizaciones”. 

Catalina Saieh

Probar, medir y evaluar con trasparencia es la fórmula de la presidenta del brazo filantrópico de la familia Saieh.

Catalina Saieh

La Fundación Descúbreme es financiada por la familia Saieh y su presidenta, Catalina Saieh Guzmán, es magíster en Letras y MBA de la Universidad de Chicago. Catalina asumió el brazo filantrópico de la familia con solo 28 años, dividiendo sus actividades en las áreas de inclusión, educación y arte. Actualmente vive en Estados Unidos, desde donde lidera a un equipo de colaboradores como Francisca Florenzano en CorpArtes, Carola Rubia en Fundación Descúbreme y Matilde Vergara en la Fundación Aprendamos. De estos tres frentes, la hija del empresario Álvaro Saieh no oculta su predilección por los temas de inclusión laboral de personas con discapacidad cognitiva.

Su implicación en la filantropía está cruzada de vivencias personales. Probablemente, la más importante de todas sea su hermana menor, Consuelo, que nació con capacidades diferentes: “Como familia, nos hemos ido involucrando en la filantropía a raíz de distintas experiencias que hemos vivido. Desde muy temprano decidimos centrar nuestros esfuerzos en la cultura y en la inclusión real de personas con discapacidad cognitiva. Sobre este tema, hemos visto las dificultades que enfrentan las familias y sus cercanos para encontrar espacios de acogida donde sus seres queridos puedan desplegar todo su potencial. La sociedad no entrega oportunidades reales en ese sentido”.

Por eso hace ocho años nació la Fundación Descúbreme, “que busca ser un aliado de las personas con discapacidad cognitiva, visibilizando el valor que aportan a la sociedad y al país en su rol productivo”. Su actividad busca generar cambios a través de proyectos estratégicos como el llamado Pacto de Productividad, un modelo internacional de participación de personas con discapacidad en el mundo laboral.

El proyecto busca dar respuesta al cómo las empresas y organismos públicos pueden cumplir exitosamente con la reciente ley de inclusión laboral, entendiéndola como una oportunidad para que las personas con discapacidad se desarrollen como candidatos idóneos en oficios y trabajos que sean de su interés, creando valor y sin ser percibidos ni tratados como sujetos de caridad.

Desde su experiencia viviendo en Estados Unidos, la cuarta de los cinco hermanos Saieh Guzmán sostiene que las diferencias entre la filantropía que se practica en Norteamérica y en Chile van más allá de las cifras involucradas: “En nuestro país siempre ha habido mucha generosidad, pero no necesariamente tan organizada como en EE.UU., por eso es tan importante desarrollar un contexto legal y social que apoye la inversión de las personas en su propia sociedad. Allá esto está muy claro y existen diversos incentivos para que la gente entienda que es parte de su rol como ciudadano”.

Catalina es optimista. Dice que en el último tiempo observa un cambio muy esperanzador que tiene que ver con el avance, desde una cultura de ayudar sin evaluar el impacto, hacia una cultura filantrópica más profesionalizada, que mide la inversión social con métricas transparentes para evaluar la eficacia de sus soluciones. “Es la única manera de saber si estamos logrando resolver el problema y cómo podemos ser más creativos para hacerlo”, apunta.

—Se afirma que Chile tiene un interesante potencial filantrópico, ¿comparte esa afirmación? 

—Chile es un país de emprendimiento, donde hay ganas de hacer cosas para mejorar la sociedad. Cuando se empieza una iniciativa filantrópica, es como cualquier emprendimiento: tienes que ser creativo y buscar soluciones que nadie más haya encontrado para, con pocos recursos, tener mucho impacto. En ese sentido, en Chile hay una gran capacidad creativa que debemos potenciar para que, como comunidad y como sociedad, lleguemos a los avances que queremos.

—¿Qué rol debe cumplir una filantropía moderna? 

—Lo primero es ir creando una institucionalidad y fomentando capacidades que se instalen en las instituciones, no solo en las personas. Uno de los grandes roles de la filantropía contemporánea es crear los espacios y las confianzas necesarias para el trabajo colaborativo, con altos estándares de transparencia. Para eso es vital tener mecanismos de medición y probar, equivocarse y volver a probar, hasta encontrar soluciones realmente eficaces.

—Aún existe la percepción de que la filantropía es un rol femenino…   

—En general, hombres y mujeres tienen todas las habilidades necesarias para sacar adelante una iniciativa filantrópica. No veo una diferencia sustancial. Las mujeres tenemos, igual que los hombres, todo lo que se necesita para sacar adelante proyectos complejos que requieran creatividad, empuje y fuerza. Creo que todos tenemos que ser parte de esta solución.

Carmen Cisternas

“El desafío es dar y darnos en tres dimensiones: tiempo, recursos y compromiso personal”.

CARMEN CIS

Cuando Carmen Cisternas habla de filantropía, lo hace con la pasión de una educadora que hizo suyo el ejemplo de sus padres y ha dedicado su vida profesional a engrandecerlo. Parte del legado que dejó el recordado empresario de la construcción Jorge Cisternas Larenas, la fundación Belén Educa nació hace 18 años con la misión de entregar educación de calidad a alumnos de sectores vulnerables, desde prekínder a cuarto medio.

Hoy cuenta con 12 colegios particulares subvencionados que imparten gratuitamente cinco especialidades técnico-profesionales, además de formación científico-humanista. “Y nunca hemos hecho selección”, puntualiza Carmen.

 En palabras de su Directora de Relaciones Institucionales, Belén Educa es un proyecto educacional de integración, basado en la premisa de que todo niño tiene el potencial y la capacidad de aprender: “Lo que se necesita son las oportunidades, porque la inteligencia no está arraigada en un sector social ni en una comuna”, sostiene.

Su vocación filantrópica nace de su núcleo familiar: “Tuve un padre y una madre para quienes la preocupación por el otro se educaba en la casa, como conciencia de que las oportunidades en la vida no existen solamente para uno mismo triunfar, sino también para contribuir a que otros puedan hacerlo. Ese es el punto esencial. El otro es la espiritualidad ignaciana y su compromiso de servicio con la equidad y la justicia”.

Carmen tomó parte en el viaje “Fostering Philanthropy” y uno de los aspectos que la impresionó en Estados Unidos fue su extendida cultura filantrópica: “Existe una formación desde los colegios, como política pública de educación. Los alumnos tienen horas de voluntariado que los conectan con su comunidad, con la tercera edad, con los inmigrantes”, comenta.

Y agrega que en Norteamérica la filantropía se forma, se enseña como una oportunidad y que de eso en Chile tenemos mucho que aprender: “Está en la estructura escolar, en las mallas de la universidad, en la cultura. No es dar un kilo de arroz, no tiene el sentido antiguo de la caridad, sino de ser parte del crecimiento del otro con mi tiempo, con mi plata y con mi compromiso personal. Es una visión mucho más profunda, y por eso en Estados Unidos la tasa de donaciones es el 2 por ciento del PIB y en Chile apenas el 0.1 por ciento. En  ese sentido, tenemos un desafío bien grande en materia de formación filantrópica”, reconoce.

El mayor reto, en todo caso, está en la gestación de liderazgos filantrópicos capaces de convocar colaborativamente. No solo dando, sino aportando desde su lugar en la sociedad. “Mi papá tenía un dicho: hay que hacer más que hablar y hay que hablar junto con hacer. En Chile yo creo que estamos en un momento donde hay empresas y personas con una sensibilidad muy fuerte en lo social y otras a las que todavía les falta evolucionar. Quienes trabajamos en esto tenemos que ser creativos para promover el compromiso de más empresas y más personas con el impacto colectivo de las causas por las que trabajamos”.

Patricia Reutter

Expresión artística y trabajo en equipo son algunas de las competencias que el programa Coloreate busca incentivar en los niños. 

 REUTTER

Aparece espléndida en el living de su casa, vestida con distintas tonalidades de verde limón. Luce radiante y feliz. Es la dueña de las anilinas Montblanc, esos polvitos mágicos que desde principios del siglo pasado se usan para teñir la ropa y cuya cajita metálica está grabada en la memoria colectiva de los chilenos pre-millennials.

Hace 35 años que Patricia trabaja en la empresa familiar, pero desde 2017 tomó las riendas como gerenta general acompañada de sus hijos, Felipe y Karen. Pedagoga en alemán de profesión, se ha preocupado toda su vida por combinar trabajo y filantropía.

En 2004, Anilinas Montblanc se convirtió en una valiosa herramienta para el fomento de la educación artística de niñas y niños en todo Chile. Desde ese año, más de 160.000 estudiantes y sus profesores a cargo han participado en el programa Colorearte, un concurso nacional de teñido y creatividad dirigido a alumnos de primero básico a cuarto medio.

El concurso invita a los escolares a expresar su potencial creativo en la forma de un proyecto artístico que se beneficie de técnicas de teñido aplicando la teoría del color, cuya temática va cambiando año tras año: “Bichos”, “Los colores del agua”, “El color de las emociones” y “La alegría del color” han sido algunos de las premisas elegidas en años recientes.

Pensamiento crítico, trabajo en equipo y comunicación efectiva son algunas de las competencias que el concurso busca estimular, integrando disciplinas, tecnologías y recursos que enriquezcan la formación integral de los estudiantes.

Un gran aliado de Patricia Reutter en el desarrollo del programa Colorearte ha sido la Fundación Mustakis, que contribuyó a que el programa se extendiera y su gestión se fuera profesionalizando cada vez más.“Si bien esto partió al darnos cuenta de que los estudiantes universitarios llegaban a sus carreras sin tener claridad sobre la teoría del color, decidimos reforzar el currículo escolar que se imparte en enseñanza básica y media en los colegios. Colorearte permite a los niños de todos los rincones del país canalizar su expresión artística, les enseña a trabajar en equipo y a observar y descubrir su entorno”, explica Patricia Reutter, mientras sus ojos azules se inflaman de entusiasmo.

Este año, en el decimoquinto aniversario del programa, la reflexión e investigación sobre “La naturaleza del color”, permitió tanto a docentes como alumnos explorar los paisajes y las tonalidades de su entorno para crear una obra de arte colectiva que incluyera teñido, intervención artística, fotografía y sobre todo, mucha creatividad. Participaron cerca de 8.000 estudiantes de Arica a Punta Arenas y por primera vez lo hizo un país invitado: Argentina, que envió 25 obras desde la Provincia de Santa Fe. Las dieciocho obras de la muestra final fueron seleccionadas por un jurado conformado por Patricia Reutter (Fundación Colorearte), Antonia Anastassiou (Fundación Mustakis), Sandra Moscatelli (Ministerio de Educación), Pablo Rojas (Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio), Benito Rojo (Artista Visual) y Pablo Valenzuela (Fotógrafo).

En forma simultánea, Patricia Reutter también está trabajando una iniciativa con Techo basada en la investigación que realizó sobre la temática del color de la piel la artista y fotógrafa brasileña Angélica Dass, algo que también la tiene muy entusiasmada. A partir de la obra “Humanæ”, donde Dass despliega un inventario cromático con los diversos tonos de piel humana, se desarrolló un proyecto educativo llamado ‘¿Color de piel?’, que invita a niños y a niñas a autorretratarse y a reflexionar sobre la igualdad a partir de la propia diferencia.

Patricia está entusiasmada: “Este proyecto también es muy relevante, porque llega en momentos en que los colegios de todas partes de Chile están recibiendo a muchos niños inmigrantes. Por eso el objetivo es mostrar que todos los colores de piel son bellos y merecen ser respetados”.

Elisa Ibáñez

Compromiso social con el arte como contribución al bien común.

Elisa IbañezLARGA

Para Elisa Ibáñez, el concepto de filantropía tiene que ver con involucrarse en un tema que apasione, como espacio de oportunidad o necesidad en el que una persona siente que hacer un aporte, ya sea con recursos económicos o cualquier otra herramienta o talento que esté en condiciones de compartir: “La filantropía nace de una necesidad de implicación, de hacerse parte de una de las tantas corrientes que están trabajando para sanar y mejorar nuestro planeta y nuestras sociedades”, observa.

Hija de Pedro Ibáñez Santa María, después de estudiar diseño y obtener un máster en gestión de negocios trabajó en diversas posiciones dentro del holding controlado por su padre, antes de asumir como directora ejecutiva del grupo hotelero Explora. Especialista en diseño de experiencias y desarrollo de proyectos y estrategias empresariales, hace algo más de tres años escuchó el llamado del arte y decidió concentrar en él sus esfuerzos.

“Siempre sentí la necesidad y deseo de hacer cosas para el país. El trabajo público es un gen muy presente en mi familia y me parecía natural preocuparse de aportar en construir mejores sistemas de vida. De la conservación y la hotelería pasé al arte y en la medida en que me involucraba más y más en este mundo fascinante, me fui dando cuenta de la necesidad —y la oportunidad— que existía en Chile en este ámbito”, señala. Y agrega: “Tomar conciencia de un problema y actuar en consecuencia es, en sí mismo, un gran acto de generosidad”.

Elisa explica que, si bien nuestro país cuenta con grandes artistas, gestores y agentes, la realidad de la escena artística chilena sigue siendo precaria y aislada. A su juicio esto tiene un impacto importante, “porque el arte es un pilar del desarrollo equilibrado de las personas y por ende de las sociedades, conectándonos con el alma y con el subconsciente colectivo”. Involucrarse en el mundo arte, por lo tanto, le pareció una manera muy precisa de aportar en un espacio ideal para aplicar y desarrollar sus talentos, su experiencia y su creatividad.

De esa inquietud personal nació la Fundación Antenna, donde se desempeña como directora ejecutiva al frente de un equipo que incluye a la gestora cultural Constanza Güell y el consultor en comunicaciones Alfonso Díaz. A través de un sistema de membresía, la fundación ha desarrollado un modelo de filantropía activa para fomentar el compromiso y la participación de las personas y las empresas en el arte y la cultura.

—¿Cuáles son los objetivos de la fundación? 

—El objetivo de Antenna es actuar como una plataforma capaz de resolver necesidades de diversas personas y organismos, artistas, gestores, agentes y todo aquel que quiera hacer algo con arte. Entregamos asesorías en todo tipo de proyectos, conseguimos financiamiento, trabajamos las comunicaciones, gestionamos prensa, nos vinculamos con el ministerio y con diversas fundaciones y organizaciones en Chile y varios países del mundo. Aún lo hacemos todo a una escala relativamente pequeña, pues aún estamos en rodaje, pero poco a poco hemos ido fortaleciendo nuestra área de proyectos y esperamos se convierta en una gran herramienta para el arte y en un puente sólido con otras industrias.

—¿Cómo entiende el concepto actual de filantropía? 

—Filantropía es amor por otro ser humano. Es el deseo de compartir tus talentos y recursos con otros, de participar de tu comunidad y trabajar juntos para un mejor futuro. Creo que la pulsión sigue siendo la misma de siempre: una conciencia de que, si el otro está bien, todos estamos mejor. Si soy un aporte, si hago las cosas bien, mi vida será mejor. La forma de aplicar esto ha variado según el país y cultura, se ha expandido hacia las nuevas generaciones evolucionando en sus objetivos, metodologías y estructuras en general. En Chile veo una comprensión cada vez más clara de que la filantropía es una inversión de largo plazo.

—Habiendo conocido más la realidad de Estados Unidos en este tema, ¿qué tienen allá que a nosotros nos falta? 

—La cultura filantrópica allá ha existido desde siempre. A los niños se les enseña desde chicos a participar y apoyar alguna causa y por lo mismo, existen muchas fundaciones e iniciativas en todas las escalas y formatos. Me llamó la atención la cantidad de fundaciones comunitarias, organismos creados por los vecinos de una ciudad o barrio para solucionar ellos mismos sus temas y administrar los recursos según sus propias necesidades. Son organizaciones grandes y muy profesionales, que hacen un trabajo increíble con la comunidad y promueven la filantropía y el voluntariado continuamente entre las nuevas generaciones.

Patricia Pupkin

Convirtió en filantropía su inquietud por el bienestar emocional de los adultos mayores.

PATRCIA PUP

Hace poco Patricia Pupkin cumplió 75 años y al verla parece realmente de 50. Tal vez por la infinidad de actividades que realiza, por su espíritu inquieto o porque los últimos años han sido de especial reconocimiento a su labor como creadora de la Fundación Amanoz, enfocada en temas del adulto mayor.

En 2017 recibió el premio de la Fundación Mujer Impacta, que destacó la importancia que ha tenido su dedicación al segmento de la tercera edad. Y en febrero de este año una de sus hijas, la periodista Pauline Kantor, fue nombrada Ministra de Deportes por el presidente Sebastián Piñera. Finalmente, en julio pasado, Patricia fue invitada por la primera dama Cecilia Morel a formar parte del Consejo Ciudadano para Mayores, cuyo objetivo es recoger la voz de la ciudadanía, de la sociedad civil y del mundo privado que participan y trabajan activamente en favor de los adultos mayores, para colaborar en la implementación del plan de envejecimiento positivo que está impulsando el gobierno.

El compromiso del Estado con la tercera edad es urgente y necesario, ya que nuestro país está envejeciendo aceleradamente. En Chile la esperanza de vida al nacer en 1950 era de 54.8 años, mientras que la proyectada por el INE para 2020 es de 80.2 años. Según la encuesta Casen 2015, los adultos mayores ya suman más de 3 millones de personas y se espera que para 2025 representen un 20% de la población. Pero en la época en que Patricia Pupkin decidió dedicar su tiempo y sus acciones filantrópicas al adulto mayor, el asunto no era tema.

La vocación de Patricia por los adultos mayores comenzó al cumplir 30 años, cuando decidió estudiar Orientación Familiar en el Instituto Carlos Casanueva. Tomó esa decisión luego de regresar de Miami, donde residió algunos años, después de haberle prometido a una de sus grandes amigas que estudiaría una carrera. Patricia ya había tenido a sus tres hijos, después de casarse a los 17 años con Juan Carlos Kantor, empresario inmobiliario y fundador de Dimacofi. Aquel paso por Miami no solo la motivó a estudiar, sino que también la ayudó a descubrir que quería dedicarse al tema de los ancianos. “Allá me di cuenta de que los adultos mayores pasaban mucho tiempo solos. O, lo que es peor, sus hijos los mandaban a Florida por el clima. Y ahí estaban, meciéndose constantemente sobre una silla, instalados en sus terrazas, sin conversar con nadie. Abandonados. Eso me impactó profundamente”, recuerda la Directora de Fundación Amanoz.

Con el tiempo, y yendo en contra de lo que le recomendaban sus profesores del Instituto Carlos Casanueva, se fue especializando en el tema de la vejez, que por entonces seguía siendo un tema del que muy pocos se preocupaban. En 2000 cumpliría uno de sus sueños al crear, con apoyo de su marido, la Fundación Amanoz, cuya misión es contribuir a la calidad de vida emocional y afectiva de las personas de la tercera edad.

En 2014, su marido perdió la vida a los 74 años en un trágico accidente en el lago Villarrica. Poco después Patricia decidió honrar su memoria y renombró AMANOZ como “Juan Carlos Kantor”. Hoy la fundación cuenta con 150 voluntarios, quienes van a realizar talleres a diversas instituciones. Además conduce el programa “Familia en el siglo XXI” en radio Agricultura, donde pone sobre la mesa todos los temas que atañen la vejez.

Patricia siente que trabajar por el adulto mayor es algo vital. De ahí que por su propia cuenta realice tertulias en su casa y aproveche la ocasión para reunir la mayor cantidad de recursos: “Todo el dinero que recaudo lo dono a la fundación”, explica. Jamás ha cobrado sueldo. Y está segura de que, gracias a las conversaciones familiares, más de algo ha inculcado en sus 11 nietos. Especialmente en uno de ellos, el ingeniero comercial Felipe Salas Kantor, quien viajó a vivir algunas temporadas con comunidades en Nepal y Nairobi.  Actualmente, Felipe trabaja en Fundación Amanoz en el área administrativa.

María de la Luz Larraín

Convirtió el reciclaje en un modelo de apoyo y capacitación que rescata el oficio de la artesanía chilena.

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La periodista María de la Luz Larraín profesa una profunda fe católica, pero se hizo especialmente devota de la Virgen tras despertar de un coma profundo en el que cayó al dar a luz a cuatrillizas. Sintió que si estaba de vuelta en esta vida, era para hacer algo que valiera la pena y por eso desde entonces se enfocó en ayudar a otros.

Claro que no todos los puntos se conectaron tan fácilmente. Por eso la gestación de la Fundación Debuenafe provino también de una sucesión de hechos más bien fortuitos, que ella supo conectar muy bien. El primero estuvo relacionado con el voluntariado que comenzó a practicar como recaudadora de fondos para una fundación. En ese momento recordó a un amigo empresario que conocía desde la universidad y que, después de exponerle el proyecto, se mostró dispuesto a ayudar. Entusiasmada, lo llamó durante varias semanas, pero él nunca más le contestó el teléfono. La lección que le dejó el episodio fue que en Chile era muy difícil depender de donaciones económicas y que, por lo general, nuestra idiosincrasia no era ni frontal ni estaba entrenada para decir que no. El segundo hecho que la empujó a crear su propia fundación fue el no rotundo que recibió al pedir un préstamo en el banco del que había sido clienta por 30 años. Fue ahí cuando pensó en toda la gente que no podía acceder a un crédito, tal como le estaba pasando a ella.

Esos hitos fueron decisivos para crear, en 1999, Debuenafe. Su idea se fortaleció durante un viaje al sur con varias amigas, donde vio cómo las mujeres de esas latitudes vivían sumidas en una completa pobreza. “Los chilenos somos acumuladores, tenemos muchas cosas que no ocupamos, entonces fui a la casa de mis amigas y les pedí todo lo que ya no usaran. Y recolecté mucha ropa. La subimos a una camioneta y la vendimos en una sola mañana en una feria libre de la comuna de La Granja”, cuenta María de la Luz Larraín, “la Uca”, como la llaman cariñosamente. Siguiendo los pasos del indio Muhammad Yunus (premio Nobel de la Paz y primer banquero de los pobres), con el dinero que ganó en la feria libre comenzó a entregar microcréditos. Poco después instalaba la primera tienda de Debuenafe, en un local prestado que se volvió muy concurrido por conocidos personajes de la vida social, entre ellas la propia Julita Astaburuaga, quien no solo se vestía con ropa que compraba ahí a muy bajo precio para asistir a conspicuos eventos, sino que también se convirtió en voluntaria para hacer turnos en la caja.

En sus casi 20 años de existencia, Debuenafe ha ido perfeccionado su modelo, configurando un círculo virtuoso que aúna el reciclaje de ropa, muebles y libros donados, con el emprendimiento social a través de la tienda Cordillerana. Ahí es donde se venden los objetos de artesanía de primer nivel que la Fundación Debuenafe le compra a las mujeres que apoya en todo Chile, siempre bajo el concepto de Comercio Justo o Fair Trade. Además, desde 2000 las asesora en la creación de productos artesanales de gran calidad. Ellas trabajan junto a un grupo de diseñadoras y participan activamente en capacitaciones para elaborar piezas finas de minuciosas terminaciones, siempre innovando y, al mismo tiempo, conservando y transmitiendo la esencia de nuestra cultura nacional. “Hoy tenemos dos tiendas Cordillerana en Santiago, donde vendemos todo tipo de artesanías elaboradas por ellas. Esto nos ha permitido rescatar oficios en las diversas regiones de nuestro país. Incluso, las nuevas generaciones, al ver que es un trabajo bien remunerado, se están interesando cada vez más en aprenderlos, lo que contribuye a preservar nuestro patrimonio para las futuras generaciones”, explica María de la Luz Larraín.

A fines de octubre, Cordillerana abrió las puertas de su local en Alonso de Córdova 2843, donde próximamente la fundación de  la Uca presentará una alianza colaborativa con colecciones de artesanía de otros países y continentes.

Ana María Vliegenthart 

Dos profesores y un proyecto compartido en el sur del mundo.

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“Nuestro sueño comenzó en 1994, cuando compramos un predio de 25 hectáreas a 18 kilómetros de Puerto Montt, en la Carretera Austral. Era un terreno con muchas laderas y bellos recovecos, donde quedaban pocos árboles viejos y con muchos renovales (bosques jóvenes), pequeñas praderas, hualves y el río Tepual”, relata Ana María, al teléfono desde la carretera austral.

“El predio había sido explotado durante un siglo para la extracción de leña y la crianza de ganado, pero nuestro objetivo era restaurarlo y algún día llegar a tener un Centro de Educación Ambiental que recibiera en terreno a investigadores, docentes, estudiantes y familias”, continúa Ana María Vliegenthart. El sueño compartido con su marido, Luis Corcuera, se concretaría en 2012, cuando el Parque Katalapi abrió sus puertas. Hoy es una reserva privada orientada a la educación ambiental y la investigación científica asociada al bosque nativo.

Todo comenzó a gestarse cuando hace 35 años, Vliegenthart, profesora de biología y ciencias naturales con dos másters en Estados Unidos, comenzó a familiarizarse con diversos modelos educativos no convencionales.

“Desde que hice un magíster en programas ambientales impartidos en la naturaleza, me quedó el bichito metido. Pero nosotros con mi marido, somos una familia de profesores, de ninguna manera somos gente pudiente, por lo que el sueño estuvo guardado muchos años hasta que sentimos que había que tomar una decisión: trabajar por cumplirlo o abandonarlo definitivamente como algo imposible”, enfatiza. Y decidieron tirarse a la piscina comprando lo que hasta ese momento era un sitio sin turismo, ni transporte público o pavimento.

En ese tiempo, los pasajes en avión al sur todavía eran prohibitivos para mucha gente y con mayor razón para una familia de profesores, por lo que Ana María y Luis solo visitaban el terreno un par de veces al año. El sueño avanzaba lento. “Después de esos viajes volvíamos a Santiago y seguíamos trabajando para financiar el ‘hoyo negro’, como decía mi marido, porque nuestro proyecto de parque se chupaba toda la plata”, recuerda entre risas Ana María.

A partir de 1997 todo se empezó a hacer un poco más fácil cuando con a su marido, profesor de biología y ciencias naturales igual que ella, con un doctorado en biología de plantas se trasladaron a vivir en Concepción. En esa etapa del proyecto se incorporó Elisa Corcuera, la hija de ambos, que en julio de 2017 falleció prematuramente, a los 44 años de edad, producto de las consecuencias de un complejo caso de cáncer.

No por casualidad, dado el currículum de sus padres, Elisa era periodista y planificadora ambiental, además de experta internacional en conservación privada de tierras. Escribió libros para niños, artículos científicos y organizó cursos de educación ambiental y difusión de la ciencia. Además, fundó Así Conserva Chile, una organización gremial dedicada a la conservación privada de tierras y de predios.

Ocurrida el año pasado, la muerte de Elisa remeció hasta a los más connotados activistas del conservacionismo ambiental. Sin ir más lejos, Kristine McDivitt, la viuda de Douglas Tompkins, destacó la visión y generosidad de la hija de Ana María y Luis para ayudar a los chilenos a proteger las tierras que forman parte de la columna vertebral de la belleza del país, y anunció la colocación de una placa en el Parque Pumalín que recordará a todos los visitantes que “hubo una mujer que vivió su vida comprometida con la belleza y la biodiversidad”, como escribió en una carta para recordar a la joven.

En 2018, el Parque Katalapi (un helecho gigante llamado así por los indígenas habitantes de la zona) ha recibido más de 1.300 niños. Otro aspecto en el que Ana María ha puesto su corazón es la capacitación de los profesores. “El parque es un proyecto del cual no sentimos profundamente orgullosos, ya que si bien no ganamos dinero,  hemos logrado autofinanciarnos y poner el parque a disposición de la comunidad”, cuenta emocionada Ana María.

Angélica Gellona

Cultura al alcance del ciudadano común.

GELLONA

Angélica es la Directora Ejecutiva de Fundación Actual, una entidad sin fines de lucro creada por inmobiliaria del mismo nombre y presente con diversos proyectos en Chile, Perú y Colombia. A partir de 2017, la empresa adquirió un compromiso permanente y a largo plazo con el arte y la cultura, desde una visión que aportara al entorno de aquellos lugares donde se levantan sus proyectos. “En principio nos hemos focalizado en el ámbito cultural y, dentro de este, en las artes visuales. Por un lado queremos acercar esta disciplina a las personas mediante intervenciones en espacios públicos y por otro, apoyar al desarrollo de nuestros artistas a través de proyectos como por ejemplo la creación de una Beca ACTUAL”, explica Angélica Gellona.

Periodista de profesión, Angélica siempre se dedicó a la gestión cultural, incluso cuando trabajaba en la antigua revista Visa, donde se ocupaba de los temas culturales que tenían relación con entrevistas a pintores, fotógrafos y otras especialidad es artísticas. Incluso fue Directora del Museo Artequín, donde terminó de enamorarse del arte.

Angélica fue una de las mujeres que viajó a Estados Unidos para ver in situ todo el tema de la filantropía y reconoce que lo que más le llamó la atención fue que “los estadounidenses tienen impregnada la filantropía desde niños, lo que hace más fácil pensar en un trabajo colaborativo”, asegura.

La directora de Fundación Actual destaca la confianza que le ha dado la inmobiliaria y el compromiso que los socios de la fundación han puesto en esta iniciativa, incluyendo el tiempo que le dedican. A la hora de elegir quién llevaría el proyecto adelante, los socios de la inmobiliaria, entre los cuales se cuentan dos de sus hermanos apostaron por la experiencia de Angélica.

Uno de los programas más destacados de la Fundación Actual se llama “Arte sobre Ruedas”, más conocido como “la Combi del Arte”, una sala de exposiciones itinerante que convoca a renombrados artistas visuales nacionales a presentar sus trabajos y acercar su arte a la vida de barrio. “La Combi busca llevar las expresiones artísticas a los barrios, generando instancias de encuentro y diálogo entre los artistas y las comunidades”, afirma Angélica Gellona. El programa partió con los artistas Malú Stewart y Andrés Vío, quienes creyeron y confiaron en el proyecto, transformándose así en los primeros en exponer sus obras sobre ruedas. La idea es que la Combi llame la atención de los ciudadanos, quienes pueden acercarse a ella y ver la exposición del momento, pero además un requisito es que el artista que expone se haga presente para entablar una amena charla con ellos. Además están autorizados a vender su obra. En junio de este año, por ejemplo, la Combi del Arte presentó en Providencia la exposición “Patrimonio Ilustrado”, una muestra de obras para libros infantiles creada por artistas nacionales. Entre las artistas que participaron estuvieron Karin Pipa (“Dichos chilenos ilustrados”), Maureen Chadwick (“No des puntada sin hilo”) y Johanna Moroso (“Colección Mujeres Chilenas” de la escritora Isabel Ossa).

Otra iniciativa interesante es la Beca Fundación Actual-MAVI, destinada a impulsar a artistas en mitad de su carrera. “Existen investigaciones que demuestran que cuando los artistas llevan alrededor de 20 años en el mundo del arte, suelen desertar, porque no encuentran como sustentarse. La idea de esta beca es ayudarlos con un incentivo económico que se entrega por 18 meses y también con una exposición final de su trabajo en dos salas del MAVI. Esta es la primera versión y postularon 222 artistas entre 35 y 55 años”, cuenta Angélica, entusiasmada con el nivel de respuesta.

En su primer año, Fundación Actual también decidió apoyar también la edición de un libro sobre el mítico Taller 99, fundado por Nemesio Antúnez y que en palabras de Angélica Gellona además de artista fue un súper gestor cultural que democratizó el arte. El libro se lanza con bombos y platillos este mes.