Organizar una fiesta que marcara a la sociedad de su época, era el sueño de niño de Truman Capote. Y lo cumplió ampliamente. Era 1966 y el escritor había alcanzado el estatus de celebridad tras el éxito de sus libros A sangre fría y Desayuno en Tiffany’s, por lo que en noviembre de ese año decidió que ya había llegado el momento indicado para cumplir su anhelo. Más de quinientos invitados llegaron hasta la exclusiva velada en el hotel Plaza de Nueva York, donde el periodista invirtió 16 mil dólares, unos 120 mil dólares actuales.

El punto de reunión fue el salón de baile, allí los esperaba una orquesta y 450 botellas de la champaña francesa Taittinger. Pero, como buen organizador, Capote sabía que necesitaba una excusa para festejar y sentía que el foco no debía estar sobre él, o al menos no ser tan evidente. Indeciso hasta el final, prefirió que el motivo fuese homenajear a una mujer: Katharine Graham que había tomado el liderazgo de The Washington Post tras enviudar. Descrita por sus cercanos como una persona reacia a la fama, Truman se acercó a ella y la convenció de que era el momento de darse a conocer en público, lanzando la fiesta en su nombre. “Así garantizó la curiosidad de la prensa”, describió la revista Vanity Fair. El dress code era preciso: blanco y negro. En una entrevista admitió que se inspiró en la película Mi bella dama. La reunión quedó apodada como Black and White Ball.

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Ingenioso como su pluma, quiso darle un toque diferente y agregó máscaras. Cada invitado debía cubrir su rostro hasta la medianoche. Así, jugando con los antifaces, llegaron personajes como Andy Warhol, Marianne Moore, Frank Sinatra y Luciana Pignatelli. Si se trata de una lista de invitados llena de celebridades, la fiesta de Año Nuevo del mítico Studio 54 era el lugar por excelencia. El registro es extenso: un joven Michael Jackson, Mick Jagger, Grace Jones, Calvin Klein, Al Pacino, Cher, Bruce Jenner, David Bowie, Donald Trump, Robin Williams o Karl Lagerfeld, por solo nombrar a los más destacados. Era tan ferviente el deseo de entrar a la disco que —circulaban rumores— personajes como Frank Sinatra quedaron alguna vez fuera por lo lleno que estaba el recinto. Creado en 1977, al más puro estilo de Fiebre de sábado por la noche, poseía de fondo la figura de una luna inhalando cocaína, un símbolo que habla mucho sobre el espíritu del lugar. Se cuenta que los favoritos eran los famosos con mal comportamiento, a ellos se les daba tragos gratis de cortesía. La complicidad era clave durante aquellas noches, lo que pasaba bajo ese techo quedaba ahí.

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En sus nueve años de existencia, solo se celebraron dos fiestas de fin año, uno de los dueños recuerda la de 1979, cuando consiguieron cerca de cuatro toneladas de escarcha. “Era como estar sobre polvo de estrellas, durante meses la gente estuvo buscando su ropa perdida”. Lejos de lo imaginado, el cierre del club llegó por la evasión de impuestos, no por las locuras nocturnas del emblemático rincón de Manhattan. Aunque, si de excentricidades se trata, la máxima representante es la fiesta surrealista de 1972. Organizada por la baronesa Marie-Hélène de Rothschild (que gracias a esta se ganó el título de la mayor anfitriona de todos los tiempos) y el barón Alexis de Redé. Iluminaron de rojo el castillo de Ferrières para una jornada digna de Alicia en el país de las maravillas. La mente detrás de la temática fue Salvador Dalí, quien era uno de los comensales, por supuesto. Ya desde las invitaciones se anunciaba lo inusual de la fiesta: venía en una tarjeta escrita al revés por lo que se debía leer con un espejo y exigía presentarse con “corbata negra, vestido largo y una cabeza surrealista”. Esto último se refería a que cada uno debía improvisar y llevar sobre sus hombros una pieza inusual, sacada del sueño más loco y ostentoso imaginado. Así fue que la anfitriona vistió la cabeza de un alce adornada con diamantes y Audrey Hepburn llegó con una jaula de pájaros en la cabeza.

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La decoración estaba repleta de símbolos (muchos se atribullen a los illuminati). Los centros de mesa tenían muñecas destrozadas, los platos cubiertos en pieles y tortugas disecadas. ¿Dónde se festeja hoy? Al estilo del mencionado Studio 54, uno de sus antiguos dueños, Ian Schrager, ideó una suerte de heredero espiritual de la leyenda. Basement Miami abrió durante 2014 y su ascenso en la costa oeste ha sido abrupto. Acorde a los nuevos tiempos, la novedad ya no es la cocaína ni la bola disco, quienes quieran pasar la noche en el centro pueden hacerlo jugando bowling, patinando en hielo o en el escenario disfrutando uno de los variados recitales permanentes.

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Celebridades locales son clientes habituales de sus salones, además, durante la fiesta de fin de año pasado contaron con el dj encargado de animar la fiesta privada de Vanity Fair de los Oscar. Para ese entonces, la entrada tenía el precio de 250 dólares y la mesa VIP unos 2.500 dólares. Si la idea es enfrentar el 2019 en medio del lujo, Dubái es el lugar. Allí, cada diciembre el hotel Atlantis cierra el año con una gala en la playa de la isla Palm Jumeirah, con una impresionante vista al Golfo Pérsico. La exclusividad tiene un precio: el ticket más barato para un adulto cuesta tres mil dólares, pero eso garantiza ser testigo de la fiesta de fuegos artificiales privada más grande del mundo. Son cerca de tres millones de dólares los que invierte el hotel en el espectáculo luminoso para garantizar un fin de año inolvidable en el Oriente Medio. Así, ojalá acercarse por unas horas a las ansias que sentía Woody Allen antes de entrar en el Studio 54 o a la inolvidable noche de Mia Farrow en el hotel Plaza.