Mientras escucho cada vez con más sueño el discurso presidencial del 21 de mayo y las reacciones posteriores, una cita atribuida a Aristóteles viene a mi cabeza: “La política es el arte de hacer posible lo imposible”. Resulta interesante que pensara eso alguien que hoy es considerado el filósofo más grande de occidente, pero que en su época sufrió persecuciones y siendo un demócrata convencido de la bondad inherente del hombre, tuvo que soportar ataques toda su vida. Suponiendo que el maestro de Alejandro y sus amigos tuviera razón, habría que reconocer con pesar que en este país vaya que faltan artistas (y sobran actores de la política).

Al parecer el “arte de la política a la chilena” vendría siendo algo así como habilidad para salirse con la suya, al precio que sea. Resulta lamentable, hasta patético, presenciar el intercambio permanente de odiosidades y miserias tanto entre oficialistas como opositores, cada uno buscando su pequeña victoria personal, aunque ello implique una enorme derrota para lo que llamamos “bien común”. Desde que algún publicista descubrió que la gente se da por satisfecha con sentir que “participa” en lugar de participar de verdad, nuestro régimen político se simplificó al punto de que no es más que un fixture de fechas eleccionarias, a las que se añaden cada vez nuevos cargos. Tal como la Fifa organiza cada vez más campeonatos a fin de exprimir al máximo el retorno publicitario, reduciendo al mínimo el descanso adecuado de los jugadores y mermando constantemente su capacidad física. Desde hace poco tenemos Consejeros Regionales ¿y?, ¿cambió eso la vida de alguien en alguna parte? ¿Alguien podría ya demostrar que sirven para algo real, “entregable” como dicen los ejecutivos?

Por esa nefasta condición de seres tricerebrados que tantas veces he expuesto acá (donde uno de esos cerebros, el más primitivo, el reptil depredador, es el que prevalece) esta caricatura de democracia produce señores feudales en serie. La burocracia, sin ir más lejos y tal como sabe cualquiera que haya tenido que hacer un trámite en una repartición pública, no es más que el efecto de un reyecito haciendo valer su poder en el pequeño feudo que le toca, a lo largo y alto de la escala funcionaria. Por eso se dan situaciones incomprensibles a estas alturas, como que cada alcalde pueda organizar su comuna sin importarle lo que pase con la otra, buscando “diferenciarse”; generando islas de entropía que poco aportan en la unidad y resultan derechamente nocivas para el conjunto. Lo triste es que para entenderlo hay que ser capaz, precisamente, de tener una mirada de conjunto, integradora, algo que resulta innecesario si lo que cuenta al final son solo los votos –y cada cuatro años no más– de sus vecinos.

Así las cosas, mientras las élites se ocupan de teorizar sobre el bolsillo de quienes y en cuánto afectará una determinada política pública, mientras un gobierno empoderado amenaza con entramparse en su propia arrogancia y la oposición sigue incapaz de entender como gira el planeta, la mayoría de los ciudadanos (esos que se conforman con tener una pega, como si deslomarse para conseguir apenas lo básico fuera un privilegio) no alcanza ni a preguntarse por qué en los supermercados el precio de los limones no baja, a pesar de que el sobre stock que no se vende va directo a la basura (y los productores asumen el costo) cuando ya tienen que ir a votar otra vez por alguien con muy buenas intenciones, pero del todo vulnerable a los oropeles del poder, esos que tan dulce saben pero tan poco satisfacen.

Entonces, volvemos a Aristóteles para asumir con pesar que ponerse de acuerdo, más allá de las propias intransigencias y del interés mezquino, parece ser lo verdaderamente imposible del arte político.

Comentarios

comentarios