Si bien no es lo que se entiende por ‘rostro’ y en su condición de sacerdote casi repugna el uso de esta palabra, en las redes que se tejen en torno a la educación, la Iglesia, los pobres y, por qué no decirlo, también las elites y el poder, este jesuita sin duda merece el apelativo en cuestión. Con el padre Montes no ocurre lo que con su amigo el sacerdote Felipe Berríos, a quienes sus conocidos casi se vanaglorian de llamar por su nombre de pila… tal vez no se deba a menos empatía, porque vaya que tiene admiradores, sino simplemente a que se le mira y se le oye con cierta reverencia intelectual.

A sus 75 años, Fernando Montes cumplió 16 como rector de la Universidad Alberto Hurtado. El Campus comprende antiguas casonas que muestra orgulloso en un libro recientemente editado por su universidad y que va recorriendo con una cierta nostalgia por ese pasado que lo toca a él como proveniente del mismo grupo que las habitaba, pero también con el orgullo de poder mantenerlas y ‘hacer patria’ en el centro de Santiago en consonancia con el proyecto inclusivo que plantea.

“Esperamos ser un puente entre profesionales, empresarios, científicos, políticos y esas personas que viven en carne propia la inequidad endémica de nuestra sociedad”, afirmó en su discurso inaugural como rector en 1997. La integración social y la profunda desigualdad chilena siguen al tope de la misión de este proyecto que lidera.

Pero inclusión con diversidad. Este sacerdote, profesor de Estado y licenciado en Teología, Filosofía y Sociología, tiene la certeza de que así como Chile necesita invertir fuerte en educación para nivelar la cancha entre ricos y pobres, también requiere de un sistema diverso donde el Estado se debe a todos por igual.

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—¿Cuál es la esencia del problema universitario que debe abordar la reforma?

—La universidad debe ser repensada. Más que su dependencia hay que ver su capacidad para pensar el país, para integrar la sociedad, para asumir las ciencias y el progreso sin destruir el humanismo. Hay lastres de la universidad napoleónica y la humboltiana que nos marcan. La universidad napoleónica que nos marcó a nosotros es fruto de la voluntad de poder de un Estado imperial. La pertenencia al Estado no garantiza el pluralismo como lo constatamos en Cuba. Una universidad estatal puede ser tomada por grupos de diversos intereses. En teoría, se quisiera que todos tengan la misma oportunidad pero eso no está garantizado. Hoy no cualquiera podría ser rector de la Universidad de Chile. Esto es un dato de la historia. Por su parte el influjo de Humboldt puede encerrarnos en una ciencia estrecha.

—El abogado Pablo Rodríguez en su momento no pudo asumir como decano de Derecho de la Universidad de Chile por su tendencia política…

—Así es y hoy algunos no podrían ser rectores por sus ideas religiosas consideradas conservadoras. Pero el pluralismo es algo más. Hoy es impensable que una institución, por grande que sea, ofrezca todas las alternativas posibles en una sociedad pluralista y es absurdo exigirlo. Es mucho más interesante que sea la sociedad en su conjunto la que ofrezca las distintas alternativas, algunas de las cuales vendrán del Estado y otras no. Lo importante es que la sociedad ofrezca diversidad.

—¿No es el escenario que existe hoy en Chile?

—En las universidades al menos está la posibilidad de diversidad, pero da la sensación de que para algunos sólo lo ‘público’ entendido como lo estatal ofrece diversidad y universalidad. Fue ilustrador escuchar la última cuenta del rector de la Universidad de Chile. Al comienzo atacó a las universidades privadas que se dicen públicas, homologando lo público a lo estatal. Curiosamente, al final de su exposición, dijo que la Universidad de Chile había llegado a un acuerdo con el club deportivo para que construyera un estadio con la condición de hacer un parque público abierto a la comunidad. Definiendo lo público por el destinatario. A mí no me interesa discutir sobre dueños, porque lo relevante es que el Estado nos ayude a todos a servir a todos.

—¿Habría que redefinir lo que se entiende por público?

—Creo que sí para defender a los movimientos sociales y al mismo Estado. Movimientos como el de los jóvenes deben ser tomados en cuenta en la vida social y política, porque si bien no son estatales, son públicos y tocan problemas que nos afectan a todos. Por otra parte la doctrina neoliberal ha achicado el rol del Estado, dividiendo drásticamente lo público de lo privado donde no debe inmiscuirse. Hay muchas actividades privadas que tienen fuertes consecuencias sociales y el Estado como garante del bien común debe tener los instrumentos para intervenir. Si se define a la educación como un bien público, aun cuando la propiedad sea de un particular, el Estado tiene obligatoriamente algo que decir. El Estado no puede quedar arrinconado en sus propiedades, sino que necesariamente debe tener una mirada de conjunto y de bien común.

—¿Cuál es el bien común en este tema?

—El bien común no es la suma de los bienes, como piensan ciertos economistas cuando dicen que estamos desarrollados porque tenemos 20 mil dólares per cápita. El bien común es una multiplicación. Si una persona tiene 20 mil y otra cero el resultado de la multiplicación es cero. El Estado debe velar por una igualdad en la diversidad. Tiene que servir a la Universidad de Chile y también a la Alberto Hurtado, porque todos somos ciudadanos, formamos una nación, y vivimos en el mismo país. No es algo aberrante decir que el Estado pueda ayudarlos a todos. En Chile no lo hace con las universidades no pertenecientes al Cruch pues no aporta nada directamente salvo otorgar un aval para que los estudiantes se endeuden con la banca…

—¿Cómo cumple el Estado su función de garante del bien común si al final al centro del discurso está más presente el tema de los recursos que el de la calidad?

—El Estado tiene que tener la mirada del conjunto y teniendo en cuenta a los más débiles. Yo pondría gran esfuerzo en una reflexión un poco más amplia que la repartición de fondos, que es un aspecto importante, pero accidental frente al gran tema del rol y misión de la universidad en una sociedad moderna segregada y afectada por problemas y desafíos. El Estado debe preocuparse en primer lugar que la formación de los futuros profesionales sea de calidad para ofrecerle a la sociedad los servicios que requiere. En segundo lugar, dado que la universidad es un lugar de reflexión e investigación debe exigirle que sea capaz de pensar la sociedad, e integrarla en el mundo actual. Y sobre todo debe velar para que ella no se convierta jamás en un factor de división o clasismo.

—¿Alguna universidad es hoy un factor de división o clasismo?

—Ninguna universidad tiene como fin ser clasista o desintegradora, sería ridículo, todas quieren servir al país y entienden que la educación es el camino para la movilidad social, pero con la actual distribución socioeconómica de los alumnos de muchas de ellas, la universidad termina cristalizando las diferencias.

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—El punto es cómo se evita esa segregación que se produce por los puntajes de corte, donde los alumnos mejor preparados provienen de los sectores más acomodados… ¿Está por introducir cuotas?

—Las cuotas son a la larga una medida parche. Es esencial mejorar la educación básica y media, para que todos tengan oportunidades similares. Nada se soluciona llevando a muchachos de La Pintana a educarse a La Dehesa, sino permitiendo que el joven de La Pintana pueda ir a un colegio en su comuna que lo capacite para enfrentar en igualdad de condiciones la PSU. Hay que comenzar por nivelar desde preescolar hacia arriba, porque desde ahí se empiezan a notar las diferencias y es una etapa esencial en el desarrollo de los niños.

—¿Nivelan la cancha los liceos emblemáticos?

—Yo soy un profundo enemigo de ellos. Me opongo a la idea de segregar a los estudiantes. Normalmente eso deja a los pobres con los pobres y los profesores que se esfuerzan por educar a esos niños ven cómo sus mejores alumnos emigran a otros liceos dejando de ser apoyo y guía para sus compañeros. La segregación en Chile es una situación gravísima y toda la sociedad tiene que involucrarse en serio en su solución.

—¿Mantiene el criterio de diversidad para la educación básica y media?

—En lo posible debería ser de igual calidad para todos pero en muchas oportunidades hay que equilibrar las cosas apoyando mucho más a las escuelas más vulnerables. En este caso la diferencia puede generar equidad. Soy contrario a la idea de la escuela unificada y a que todas tengan que ser iguales. Una escuela en un barrio popular debe recibir un mayor apoyo y tener un fuerte acento en la formación de los padres, porque tienen menos escolaridad que los hijos. El Estado debe servir tanto a unos como a otros pero la visión de bien común le obliga a equilibrar.

—¿Por qué las autoridades buscarían implementar medidas que van en sentido contrario si todo esto parece tan razonable?

—Yo no estoy tan seguro de que sea así. La autoridad enfrenta una realidad muy compleja. En el fondo se han señalado los verdaderos problemas. El desafío es encontrar el modo eficaz de proceder y el momento oportuno. Algunos ejemplos. Cuando se tiene a los estudiantes agrupados en movimientos y marchas como las que hemos visto, el gobierno debe ser cauto y tener un cuidado enorme con el lenguaje. Me han dicho personalmente que la política es apoyar la gratuidad total, pero al comienzo sólo para los primeros quintiles, con lo cual me están diciendo que es un proyecto ideal, pero no para hoy. Es razonable que el Estado se preocupe de sus universidades siempre y cuando no olvide que no es enemigo de las privadas y que explique en cada caso la justificación del trato preferente. Hay que entender lo bueno que es para el país que la gente pueda elegir dónde educarse y es trascendental que existan los mecanismos para ejercer una libertad bien informada. Las cosas no son en blanco y negro. No hay que engañar, no hay que dilatar pero tampoco generar peores problemas que los que se desea solucionar.

—Se ha dicho que los jesuitas abandonaron a la elite, principalmente en relación con los sectores acomodados y finalmente con el dinero…

—Nosotros teníamos en Italia un colegio para nobles y se suprimió porque al final los nobles pertenecían a una estructura de otro tiempo. En un país como Chile, donde el 100 por ciento de la población está alfabetizada y donde cada día hay más personas con educación secundaria y universitaria, es obvio que las elites han cambiado. Los muchachos que marchan en la calle también son una elite, generan y empujan cambios. Efectivamente los jesuitas no estamos con una elite de los apellidos vinosos, que es el factor que les importa a quienes nos acusan de haber abandonado a las elites. En Chile coincidían los apellidos, los mayores ingresos, la orientación religiosa y el partido político y eso es ahogante para un país. Para nosotros es además un imperativo evangélico optar por los más necesitados, porque sin darnos cuenta podemos perder el rumbo. Jesús formó un pequeño grupo, les enseñó a servir, a ocupar los últimos lugares, y finalmente a morir por su causa. La elite no es sinónimo de las clases altas. Deberían ser quienes se ocupan del bien común.

 —¿Existe una cierta demonización del dinero?

—Siendo francos, creo que hoy más bien hay una idolatría del dinero y el mercado. Este es propicio para la distribución de ciertos bienes y la sana competencia es importante para que la persona desarrolle sus cualidades. El problema está cuando se convierte en el centro de todo y se genera una competencia que se extiende a todos los ámbitos de la vida. Hasta en la universidad impera hoy la lógica del mercado. Se ha introducido una competencia terrible por el número de publicaciones para sobresalir en la carrera académica descuidando el ‘claustro’, el grupo que se apoya mutuamente y reflexiona integrando en esa reflexión a los estudiantes y haciendo progresar la ciencia. Pocas cosas se hacen por vocación y muchas por un bono compensatorio. Yo no demonizo, pero ubico y lucho para que en nuestra casa no se instale el mercado competitivo. Esta sociedad está enferma de exitismo.

—¿Cómo compatibiliza la idea de un sector social de mayores ingresos despreocupado de las desigualdades de la sociedad con el hecho de que esas mismas personas donan dinero a su universidad, y a innumerables instituciones, como el propio Hogar de Cristo?

—El Evangelio es cuidadoso con esto. Jesús claramente optó por los más pobres, pero comía con publicanos y en la hora final el que sacó la cara por Jesús fue José de Arimatea, que era un hombre rico. El fenómeno global es que la sociedad chilena es desigual e injusta, reconocer eso no es condenar sin matices. Hay muchas personas de los sectores acomodados que dejaron la vida y sus bienes para servir a los pobres, propiciaron leyes, iniciativas particulares de ayuda que se mantienen hasta hoy. Sin embargo, mirando al conjunto, la estructura del país, hay que reconocer las desigualdades inaceptables que nos encierran a todos. Por eso insisto, una cosa es la estructura injusta que debe condenarse, los grupos y personas que se aprovechan de esa estructura y sólo defienden sus intereses, sin que eso signifique condenar a personas en particular por el solo hecho de pertenecer a una clase social o por tener más recursos. Ciertamente es fácil y bastante normal que quien goce de beneficios sea menos sensible a la otra cara de la realidad que a veces ni siquiera puede conocer.