Hace justo un año Letizia vivió su peor crisis desde su entrada a palacio. Estaba harta de los insultos y menosprecios hacia su figura como consecuencia de la crisis que atraviesa la monarquía española desde hace unos años. Y después de casi una década casada, necesitaba más que nunca espacio propio. Los medios la acusaron de pasotismo, de no atender sus obligaciones o hacerlo con toda la real desgana. Pero si alguien pensó que a ello le seguiría un divorcio, se equivocaba. Casi doce meses después, Letizia está a punto de ceñirse la corona. De consorte, vale, pero de reina, al fin y al cabo.

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Ahora, además, puede empezar de cero. Por fin tendrá poder para intentar cambiar la monarquía. Modernizarla, asemejarla más a una empresa. Este ha sido su objetivo desde que entró en la Zarzuela en 2004 –tal y como contaba la cronista Paloma Barrientos a esta periodista hace unos meses– lo cual, por cierto, le ha traído muchos desencuentros con su marido porque no sólo “es una institución anacrónica”, opina la experta, sino porque como consorte del heredero, puede que la reverencien, pero ella no manda.

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También recibirá la reverencia de las royals herederas, un grupo de amiguísimas del que Leti jamás ha querido formar parte porque “ella se cree que le da mil vueltas a cualquier miembro de la Familia Real”, nos contaba Barrientos. Ahora podrá mirar de tú a tú a Máxima, Matilde de Bélgica y las consortes de Suecia y Noruega. Y, por fin, ya podemos equipararla con Rania. La it-girl de Europa se convierte en it-queen. Se hacen apuestas por cómo será el vestido que Felipe Varela ya estará diseñando para el día de la coronación.

Ah, y ya no tendrá que escuchar a Peñafiel –su mayor azote dentro de la prensa española– decirle aquello de ‘espera muchacha a que el rey muera’. Su momento ha llegado.

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Ahora bien, el terreno que le recibe está lleno de barro. De hecho ese es el motivo por el que don Juan Carlos ha decidido bajarse del trono a falta de un año de celebrar cuatro décadas de reinado y aquejado de infinidad de problemas de motricidad física a sus 76 años. En su anuncio de abdicación, el 2 de junio, dio a entender que cedía la corona para que “una generación con nuevas energías” pueda “enfrentar la realidad”.

A saber: el escándalo de Iñaki Urdangarín y el daño que el propio monarca ha causado a la institución con sus cazas y Corinas, una situación que ha provocado el suspenso de la institución desde hace tres años en las encuestas oficiales españolas. De un 7,4 en 1994 –dos años después de los Juegos Olímpicos de Barcelona– al 3,7 del pasado mes de abril.

Luego está el difícil panorama económico, el proceso independentista de Cataluña -“habrá cambio de rey pero el proceso catalán sigue adelante”, dijo ese mismo día el presidente regional, Artur Mas– y la petición de los partidos de izquierda que piden un referéndum para que los ciudadanos elijan libremente si quieren monarquía o república. Por cierto, esa misma república que Letizia defendía antes de cruzarse a Felipe en su vida. Cosas del destino.

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“Felipe encarna la estabilidad”, dijo el rey en su mensaje televisado. Vale, pero tal y como Peñafiel explicó en una entrevista con CARAS hace unos años, “se tendrá que ganar el pan todos los días”. Porque “no tiene el carisma de su padre” y porque “los jóvenes de hoy no es que estén en contra de la monarquía, es que ni la entienden”, decía. Por cierto, por si alguien lo duda, ¿es Peñafiel felipista? “No, ni lo seré nunca”, sentenció.

Luego está la propia Letizia, que “sigue siendo lejana para el pueblo”, decía Barrientos. Será muy fotogénica ante las cámaras, se ganará a la gente en el cara a cara pero, tal y como coinciden muchos expertos en la Casa Real, pierde naturalidad en las páginas de las revistas, debido en gran parte a su afán de perfeccionismo.

Pero si consiguió pasar de locutora a princesa en tiempo récord con buena nota –nadie pone en duda lo mucho que se ha esforzado en aprender su papel– seguro que ya está hincando los codos para su nueva labor. Además, teniendo en cuenta que el día de su boda ya salió lluvioso, Letizia sabe desde el primer día que le espera barro, mucho barro.

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¿Y qué ocurre con el resto de la familia? Felipe tiene la dura misión de “devolver la ilusión a esta nación”, ha dicho el director del periódico El País, Antonio Caño.

Don Juan Carlos, por su parte, continuará siendo Su Majestad pero ya con la libertad de viajar sin dar explicaciones a nadie y recibir a sus amigas especiales. Ahora bien, con sus problemas de salud, quizá tampoco pueda disfrutar tanto de la vejez. Además, parece ser que Corina está felizmente instalada en Mónaco como asistente de Charlene. Y teniendo en cuenta que dentro de poco habrá bebé, tiene trabajo. 

La más feliz con la noticia, tal vez, sea la reina Sofía. Ya no es secreto que su matrimonio está roto desde hace décadas y que si aguanta ha sido por su lealtad al rey –no a su marido– y para apoyar a su hijo. No en vano todos resaltan de ella, Juan Carlos inclusive, su “gran profesionalismo”. Así que liberada ahora de su rol y dado que en los últimos tiempos se ha refugiado mucho en Londres, donde viven varios familiares, puede que se exilie definitivamente a Inglaterra, o incluso a su añorada Grecia natal, a donde su hermano Constantino ha regresado.

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Su relación con Letizia se ha deteriorado en los últimos tiempos. Si al principio fue su Cicerone en palacio, luego se distanció a raíz de que la soberana apoyase públicamente a Cristina e Iñaki, algo que Felipe y el rey desaprobaron. Letizia, por supuesto, tiró hacia su marido.

Y con todo el protagonismo que la nuera ganará a partir de ahora, quizás el exilio sea lo mejor para la Reina Madre, del mismo modo que hizo Noor de Jordania cuando entró Rania.

Luego está Cristina. La fecha de celebración del juicio a su marido por malversación de fondos públicos está al caer, y los expertos en material judicial ven improbable que Iñaki se libre de una pena de cárcel, otra cosa será que luego la Justicia lo indulte.

Felipe siempre se ha mostrado muy firme en que su hermana se divorcie para cortar la hemorragia que desangra a la corona en este aspecto. Algunos expertos dicen ahora que padre e hijo han dejado de presionar por miedo a que un Iñaki fuera de palacio cuente más de lo que les gustaría, pero no parece que Cristina encuentre en Felipe, y mucho menos en Letizia, la compasión paternal que haya podido tener en don Juan Carlos en algún momento.

Por último está la pequeña Leonor, que a sus ocho años se convierte en la tercera heredera más joven de toda Europa, por detrás de Isabel de Bélgica, de doce años, y Amalia de Holanda, de diez. La pequeña sucederá a Letizia en su papel de Princesa de Asturias en el momento en que su padre acceda a la jefatura del Estado. ¿Veremos a la infantita entregar los premios Príncipe de Asturias el próximo mes de octubre? Es una incógnita pero su agenda justo acaba de empezar. Igual que la era Letizia. ¡Larga vida a la reina!

Letizia y el futuro

“Mamá, tú ¿en qué trabajas?”, le habría preguntado la princesa Leonor a su madre hace un par de meses. “Yo trabajo por España, hija, para tratar de mejorar mi país”. Aunque Letizia no fue educada para ser una soberana, los ojos de las coronas europeas están puestos en cómo ella criará a su hija, quien será, por legítimo derecho, reina y jefa de Estado. Después que cambiara la ley sálica y constitucional, que privaba a la mujeres a acceder a la corona en favor del primer varón nacido en el linaje de los Borbón, se espera que la imagen de una mujer (Leonor) recupere la fuerza de una monarquía casi en el suelo, al punto que un 53% de los españoles no siente simpatía ni por el rey ni el régimen monárquico

Letizia sabe que todo está en sus manos y que inclusive su condición femenina parece algo relevante y comercial cuando se trata de los medios de comunicación. Siempre delgada, correcta y a a la moda, Letizia será la primera reina-madre plebeya que maneja con maestría el look y el mundo del couché.