Probablemente para quienes conocieron de cerca a Felipe Berríos antes de que se hiciera misionero en África no resultaron tan sorprendentes las lúcidas reflexiones del sacerdote jesuita, en la entrevista que le hizo Juan Manuel Astorga. He conocido a muchas personas que le agradecen el sentido de servicio y sensibilidad social que les infundió y no me extraña el cariño y la admiración que le profesan. También tuve oportunidad de conocer curas así, de verdad consagrados al prójimo y concientes de cuál fue el mensaje de Jesús. Pero son la excepción y no veo por qué habríamos de aplaudirlos si al fin y al cabo esa y no otra es su pega. Sin embargo, creo que las palabras de Berríos merecen una ovación, no tanto por las cosas que ha dicho, sensatas y evidentes para cualquiera que piense, sino sobre todo por el valor de llamar sepulcros blanqueados a la raza de víboras de la institución a la que aún pertenece y a la oligarquía a la que durante años sirvió, lleno de autocomplacencia.

Al cura Berríos lo conocí muy poco, apenas un par de veces estuve con él, le escuché obviedades sin mayor fondo y ya. Claro que para entonces me había hecho una idea -mala- de los sacerdotes en general y peor de aquellos consagrados a los estratos sociales más acomodados. Razones sobraban y ya ven, hoy hasta el propio Papa está de acuerdo.

A pesar de ello siempre me ha parecido positivo que jóvenes privilegiados puedan conocer cómo se vive en un campamento y compenetrarse de la realidad de una familia que vive todo un mes con la mitad de lo que ellos gastan en un asado con los amigos o lo que pagaron por las parkas y bototos que usan para ir a martillar en el barro. Esa dosis de pies en la tierra incluso puede que no siempre resulte simplemente un alimento para el ego (cuando escucho la palabra caridad, desenfundo mi cinismo) o un placebo de la conciencia que les permitirá continuar con su existencia egoista y vacía, acumulando cosas el resto de su vida, creyendo haber cumplido algún deber espiritual en esos días dedicados al “tetcho” o en las nochebuenas en que llevaron sopa a los indigentes.

En un par de generaciones de vez en cuando hasta surge alguien que aprovecha la semilla que recibiera en algo más sensato que hacerse cura, Giorgio Jackson, por ejemplo, que reivindica con orgullo la influencia de Felipe Berríos en el desarrollo de su preclara conciencia social. Sin embargo, para mi Berríos no despertaba ninguna simpatía. Esto porque tuve ocasión de conocer el caso de una persona que recurrió a él por una grave situación de la que era víctima, cuyos detalles prefiero reservarme, y en lugar de socorro, recibió un mal consejo… Solo diré que me bastó para hacer la cruz, irónicamente, al cura Berríos. Desconfié con cinismo de todo lo relacionado con él e incluso llegué a sospechar que se había ido a África por alguna una razón secreta, algo parecido a los casos de curitas manilargos o derechamente pervertidos que conocí, que fueron premiados con un cargo en Roma o un viaje a las antípodas para evitar el escándalo. No me culpen, esa fue siempre la norma en la Iglesia.

Por eso no habría prestado ninguna atención a la entrevista, a pesar del revuelo que causó en la redes sociales, si en Twitter @begobasauri no me hubiera increpado por opinar sin saber. Entonces la vi. Lo primero que me gustó fue la descalificación al Viejo Pascuero como lo que es, el mero anticristo, pero luego fui asimilando cada idea crítica pero a la vez dicha con una paz inusitada… y me sorprendió. Aparte de sus razonamientos profundos, de esos que son fáciles de aplaudir, para luego olvidar, vi a un hombre que encontró algo. Probablemente él lo llame Dios, y me parece bien.

Resulta muy diferente oir a una persona que dice cosas vacías (véanse cardenales, arzobispos, políticos y gurús) a escuchar a alguien que sin duda ha descendido a las catacumbas de su alma para rescatar desde las tinieblas la llama de la verdad. Supongo que en el caso que me hizo descalificarlo por años, Felipe Berríos habrá actuado según lo que era entonces la instrucción eclesiástica. Hoy no me cabe duda de que sabe que se equivocó y habrá hecho su mea culpa. Ahí donde humildemente está ahora, sin duda lo habrá purgado, si es que algo tuviera que purgar. Y es así cómo se alcanza la sabiduría. Sus palabras lo evidencian.

Si, resulta gratificante escuchar a Felipe Berríos. Pero, tanto si se es católico como si no, a nadie le servirá de mucho si no comprende esta breve parábola que me atrevo a citar, pronunciada hace mucho tiempo por un carpintero, hijo de una viuda.

“He aquí, el sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron. Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga”.

>Revisa la entrevista a completa a Felipe Berríos

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