Felipe Berríos del Solar (59) se mezcla con los alumnos del taller de gasfitería y se queda pegado con los que aprenden a soldar. Estamos en el centro de formación técnica La chimba, que cofundó con las dirigentes vecinales, y que el 15 de diciembre próximo tendrá los primeros graduados.

La carpintería, la plomería y otros oficios lo apasionan tanto como la enseñanza del Evangelio. El padre se mueve con agilidad entre los recovecos polvorientos de la manzana donde además del centro está la biblioteca infantil, la capilla, su mediagua y la de unas cien familias, en su mayoría inmigrantes.

Muestra orgulloso como las cosas funcionan en el centro: una cafetería, libros, computadores y siete talleres para hombres y mujeres además de un curso de alfabetización… Todo bajo su atenta mirada y ese halo de rockstar que se genera a su alrededor y que él tanto detesta. De hecho, hace unos días recibió la visita de Ricardo Lagos y unas semanas antes la de Sebastián Piñera. “Querían conocer mi opinión sobre campamentos, inmigrantes y saludar”.

En Antofagasta todos saben que vive allí, pero pocos lo han visto en persona. Porque el jesuita se instaló en la zona de campamentos en las afueras de la ciudad, a metros del vertedero más grande de Chile y uno de los más extensos de Sudamérica. Un territorio de drogas, tiroteos y pobreza.

Cuesta encontrar un taxi que se aventure hasta allá, menos de noche y las micros sólo pasan de día. Una vez en las polvorientas calles es fácil dar con el campamento Luz divina VI, gracias a las instrucciones del propio Berríos vía whatsapp. Aparece con su ‘uniforme’: un overol azul marino, la única ropa que resiste la rudeza del desierto. Nos lleva a su casa —una mediagua de tres por seis metros— por el patio trasero. Dos ambientes separados por un librero hecho por él. En uno está la cocina-comedor-estar.

Y en el otro su dormitorio junto a una mesa de carpintería que se pliega al techo y varios frascos con clavos, pernos, tuercas muy ordenados que demuestran su pasión por la construcción de barcos a escala. Lo rodean decenas de cosas recicladas del vertedero.

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Allí vive junto a su perra la Tiñi (estaba con tiña cuando la encontró) y la gata Lucy (en recuerdo de su madre). La puerta principal da a un pasaje —con fachadas pintadas de colores alegres— que tiene portones en los extremos para evitar que entren extraños y por seguridad. Los tiroteos y riñas son frecuentes. “Esta casa la hice gracias a un incendio —que me vino de perillas— porque pudimos trasladar las viviendas, ordenar el campamento y tener un sitio para mí”, cuenta.

Desde entonces cada familia tiene baño y alumbrado bien hecho para evitar accidentes, aunque siguen colgados. Ahora trabajan un plan piloto para instalar postes. El agua es lo más difícil. Compran un estanque entre dos y tres familias, unos cinco mil litros por 30 mil pesos. “No es muy potable, la sacan de por ahí, por eso es más barata. Pero es lo que tenemos y hay que cuidarla”. Hace dos años Felipe Berríos estaba en el Congo y antes había trabajado en Burundi. En total pasó cuatro años como misionero en Africa.

Cuando supo que volvería a Chile, su primera idea fue venirse a un campamento. “Se lo pedí al provincial y me dijo que no. Pero después me metí en una chorrera de líos cuando di una entrevista. Insistí como cuatro veces más, creo que ayudaron mis problemas comunicacionales, porque no hallaban donde ponerme. Al final presenté una solicitud por escrito y con metas concretas. Además, acá los jesuitas tenemos historia; el colegio San Luis cumplió 100 años y la Universidad del Norte, que nos quitó la dictadura, era nuestra.Y el obispo es sencillo, cercano a la gente. También conocía a la Chana (Susana Véliz), la dirigenta del campamento que es un portento”.

—¿Fue bien aceptado o lo miraban raro, así como diciendo: “ahí viene el cura sapo”?

—Me recibieron con mucho cariño. Les llamaba la atención. Claro, uno es conocido, vino la prensa y puso nerviosos a algunos. Me arreglaron un container, que ahora usamos de biblioteca… Creían que iba a quedarme ahí porque tiene aire acondicionado… pero hay que vivir como todos, porque Jesús hizo eso.

—Vive como poblador, pero es un líder…

—Eso pasa porque nunca llegaré a ser un desposeído, tengo privilegios, redes de contacto… Soy consciente de ojalá no aprovecharme de eso para mi beneficio, sino para dar a conocer el campamento. He pensado: “¿y si los sacerdotes estuviéramos en campamentos, en hospitales públicos, presos, se sabría más de esos lugares?. Pienso mucho sobre lo que está pasando en Chile, en el mundo. Miro desde lo marginal. En el seminario te deforman porque te hacen sentir dueño de la verdad mientras aquí uno aprende”.

—¿Qué ha aprendido?

—Uno acá aprende a ser cura. La historia de la gente es tremenda y siguen amando, levantándose cada día.

—Según la última Casen disminuyó la pobreza en Chile y aumentaron los más ricos, ¿cómo se vive eso en un campamento?

—Más que las cifras, lo importante es la tendencia a la baja de la pobreza, pero ha aumentado la desigualdad. Y las dos cosas no tienen por qué ir unidas. La desigualdad social es señal de nuestra pobreza cultural. Es la gran corrupción que alimenta todas las demás, no puede ser que una persona trabaje ocho horas diarias, cumpla con todo y no le alcance para vivir. Es escandaloso que más de la mitad de los chilenos reciba menos de 300 mil pesos por mes. Antofagasta es un Chile chico: largo y angosto, entre la cordillera y el mar. Aquí hay un ingreso promedio per cápita de 37 mil dólares y mira —muestra el campamento— es como dice Nicanor Parra: “yo me como dos panes, usted ninguno; consumo promedio: un pan por persona”.

La desigualdad hace al país inviable, mal estibado. Nos vamos a llenar de guardias, de rejas, de sospechas, de sociedades segregadas. Así reproducimos un clasismo que no mejora la calidad de vida ni de los pobres ni de los ricos.

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—Chile es clasista desde hace mucho.

—Porque somos muy iguales y necesitamos marcar la diferencia. Acaba de salir un libro sobre la genética de los chilenos —es de mi hermana—, dice que en Chile no hay algo que nos caracterice; no somos 100% mapuches ni 100% europeos. Nos diferencian cosas muy superficiales. El clasismo echa a perder todo lo que se ha hecho en leyes, en cultura para equiparar a los más jóvenes. Y me acuerdo de la crítica que les hice a las universidades de la cota mil, que estaban tratando de meter en la cabeza de la gente, que una universidad de excelencia es sinónimo de una universidad de clase alta. Ese tipo de actitudes hay que atacarlas frontalmente. Porque lo que nos hace inteligentes, más humanos, libres, creativos, es la mezcla.

—¿También hay clasismo en la Iglesia?

—Claro, se mira al laico como de segunda categoría y se nos olvida que Jesús fue laico. Compartimos lo principal que es el sacerdocio y el bautismo. Eso es lo que nos hace pueblo de Dios y nos iguala. Y si yo soy sacerdote es para servir a los demás, no para adueñarme ni creerme superior. Y un obispo es para servir más todavía, no es príncipe de la Iglesia como algunos se lo creen.

—¿Cuántos obispos que se creen príncipes conoce?

—No tengo idea, yo me mantengo aquí en La chimba tranquilito, no sé de cosas de curas… La cocina del padre Berríos fue recogida del basural, pero casi no la usa porque sus vecinas se turnan para darle almuerzo. “Está casi nueva, lo mismo el televisor, lo botaron porque tiene poto, ¿qué haces con una ‘tele’ así, si todos compran plasmas? Necesitan el modelo nuevo porque así funciona la sociedad. Hay que botar para comprar y así hay más producción, más trabajo, más dinero, más consumo”, añade.

—Dijo que la pobreza se debe en parte a la sociedad de consumo. Siempre se habla de erradicarla, y ¿qué hay del consumo?

—En Latinoamérica confundimos pobreza con miseria y son distintas. La pobreza es falta de trabajo, estudio, salud. Si me dan esas oportunidades las agarro y aprovecho de crecer. Pero cuando llevo generaciones metido en la pobreza, caigo en lo que se llama miseria. Ahí hay deterioro humano, inseguridad, me dan un empleo y lo pierdo. No aprovecho las ocasiones porque estoy dañado.

—Por eso usted no podría ser pobre.

—Yo puedo estar viviendo en una mediagua, no tener sueldo, pero siempre voy a ser un privilegiado al lado de la gente de acá porque tengo redes, contactos. Entonces cuando uno dice:“combatir la pobreza”, implica apoyar a la gente que está en la miseria y dar oportunidades a los de la pobreza, para que amplíen sus redes. Combatir la pobreza no es regalar. Eso te hace más pobre, dependiente, apoya a los frescos y deteriora humanamente.

—¿Y la relación con el consumo?

—Estuve en Burundi y después en el Congo, donde no hay nada-nada, ni siquiera basura porque no hay consumo. No encuentras un papelito, una botella… Es una pobreza que está al margen de lo que la humanidad llama desarrollo. Llegué acá y me instalé en un campamento rodeado de basura. Esta es la pobreza de una sociedad de consumo. Requiere botar para producir de nuevo, y la producción da trabajo, el trabajo dinero, y el dinero crea consumo, el consumo necesita más producción… y esa es la bicicleta. Lo complicado es que también produzco gente a la que considero basura. El Papa Francisco en su encíclica anterior dijo que hay que gozar con las cosas. Hoy el rico no debiera ser la persona que tiene mucho, sino la que necesita poco. Me ‘engrupen’ con cosas con las que ‘voy a ser más feliz’, y al final termino esclavo de lo que tengo, preocupado de cuidarlas. Para cambiar eso hay que tener sueños.

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—¿Habla de un sueño colectivo? Acá supongo que la gente sueña con una casa.

—Es que los campamentos de ahora son distintos. No surgen por un problema habitacional, esos ya se terminaron… Hoy no es sólo una cuestión de casa, sino de exclusión social, la gente tiene cosas… todo lo que está acá —muestra su casa— es recogido del basural, sólo compré el lavaplatos. Decimos que Evo Morales es un demagógico. Y en cierto modo lo es, pero nadie puede negar que ha sido astuto en venderle a la gente de su país el sueño precioso de tener mar, ¿quién puede oponerse a eso? ¿Qué sueño les hemos presentado a los jóvenes chilenos? ¿Producir, tener?

—¿Deberíamos ofrecerles a los jóvenes algo más que reformas?

—Claro. Pero las reformas son clave. Tú podrás criticar que se debiera haber empezado por acá, por allá, mejorar esto y lo otro. Pero cuando pasen los años, vamos a darnos cuenta de que las reformas han creado un país distinto. Estábamos metidos en un tubo de competitividad, clasismo, individualismo y desigualdad brutal. Los cambios traen inseguridades, la misma gente siente que se les mueve el piso hasta que se ordene de nuevo. La reforma educacional es vital.

—Aunque muchos coinciden en que está mal hecha…

—Le faltó algo fundamental, pero que no depende del gobierno: que los colegios particulares pagados fueran parte de ella también.

—Habría quedado la tendalada.

—Imagínate un auto que se está cayendo, pierde aceite, recalienta el motor… Unos alegan que la reforma debería haber sido arreglar el auto, mejorarle la carrocería. Eso vendrá, pero lo importante es que el auto iba para el norte y se decidió que vaya para el sur. En este momento el auto de la educación, es cierto que está destartalado, pero lo más grave es que iba a una educación selectiva, competitiva, basada en el negocio. Eso lo cambió la sociedad chilena, ahora vamos para una educación inclusiva, más humana, de desarrollo integral. Hay errores, cosas que mejorar, pero tenemos muchos años para hacerlo.

—¿Y la Iglesia se sube al auto?

—Me da una pena tremenda que no se haya metido desde un comienzo con fuerza. El 80% de los colegios de la Iglesia Católica son para educar a los más pobres. El 6% del estudiantado de Chile pertenece a colegios particulares pagados, y dentro de ese 6%, casi el 3% son colegios ligados a la Iglesia Católica. He echado de menos una declaración pública de los jesuitas al respecto. Porque queremos mantener la excelencia académica; pero también mantener una excelencia humana de formación cristiana. Queremos la mezcla social, que nuestros colegios sean gratuitos y sin selección. Quizás el Estado se demore en darnos la diferencia para financiarlo. Pero aunque tarde 20 años, decirlo públicamente, ya sería un paso importante.

—Qué opina del bajo apoyo a la Presidenta, ¿es un costo por las reformas?

—Todas las cosas se podrían hacer mejor, pero rescato la audacia de la Presidenta de haberlas hecho. Si no fuera mujer, no habría sido capaz.

—¿Por qué hace esa diferencia?

—Porque las mujeres tienden a la no competencia, a ser inclusivas, a preocuparse del más débil, a ser fuertes para defender los derechos de los otros… y ella lo ha hecho con estas reformas. Bachelet ha pagado un costo alto y algo injusto, la historia lo demostrará. La gente reconocerá que ellos le pidieron que hiciera estos cambios, y que la abandonaron. En los años que vienen van a estar muy agradecidos por los frutos de ello.

—¿Se identifica con el Papa Francisco?

—Profundamente. Eso no significa que esté de acuerdo en todo, pero su manera de ser me hace volver a creer que la Iglesia Católica es portadora del Evangelio y no de obstáculos para acercarse a él. Me llama la atención lo poco que los obispos chilenos hablan de él.

—¿A qué se refiere?

—No veo un fervor por la audacia con que el Papa llama a jugarnos por los inmigrantes, a decirles a los obispos que dejen las casas lujosas, que se acerquen a la gente, que nos atrevamos a meter la pata, que nos acerquemos a los dolores, que seamos más humanos, que acojamos a los homosexuales; no veo que tengan la misma pasión. Pero Francisco está muy solo.

—A propósito de la nueva Iglesia, ¿debería revisarse el sacerdocio, el celibato?

—En los tres primeros siglos de la Iglesia Católica, los sacerdotes diocesanos se casaban, tenían hijos; los otros —los con votos— no. En un momento y como medida de disciplina se impuso el celibato a todos. Otros dicen que fue por un motivo económico. Pero así como lo promulgó lo puede sacar. Siempre habrá sacerdotes célibes, es una vocación especial, pero otros podrían casarse.

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—¿Hay voluntad desde la misma Iglesia?

—Poco a poco se dará. Ayuda también la falta de vocación. Cada vez los laicos tienen más fuerza que la que les dio el Concilio Vaticano II, que después se la quitaron. Como también espero antes de morir, ver que la mujer acceda al sacerdocio.

—Eso es más difícil a que se casen.

—¿Crees que me voy a morir antes?

—No, pero la Iglesia es bien machista.

—Sí, pero es clave hacerlo.

—¿Sería otra Iglesia con sacerdotisas?

—El Evangelio en eso fue muy audaz. El nacimiento, los milagros, la pasión, muerte, resurrección de Jesús, tienen la presencia de mujeres. Es clave porque muestra el rostro femenino de Dios. A mí me hizo mucho ruido cuando en el funeral de Juan Pablo II la cámara hizo un paneo mostrando a miles de sacerdotes, obispos, cardenales y ni una mujer. Yo decía: “aquí hay algo raro”. Pero bueno, hay que ir de a poco…

—Si se acaba el celibato, ¿dejaría los votos?

—No, porque soy religioso por vocación.

—¿Si existiera la posibilidad, se casaría?

—Fernando Montes siempre me ha dicho que Dios fue muy sabio al acoger mi celibato porque ninguna mujer me aguantaría. Y ya se me pasó la vieja, tengo 60 años…