“¿Y esos árboles?”. Leonardo Farkas deja a un lado la raqueta y apura el tranco. En uno de los bordes de la cancha de tenis —que domina la ciudad desde lo más alto de Lo Curro— una hilera de robles americanos recientemente plantados comienzan a bloquear parte de esta privilegiada vista. Antes la mansión, de unos dos mil metros construidos, perteneció al empresario Alvaro Saieh, quien se la vendió a Farkas y se quedó con el terreno que precisamente se ubica bajo sus pies. Ahí el dueño de CorpBanca termina de construir su nueva casa. Para mantener la intimidad, ordenó plantar algunas especies, pero Farkas, que ya lleva casi dos años instalado en Nueva York, hace tiempo que no visita esta gran casa con cancha de tenis profesional, un gimnasio-búnker donde suele jugar raquetbol y que se conecta de forma subterránea con el resto de la vivienda emplazada cerro arriba. Hasta aquí nos guiará más tarde —en las cerca de ocho horas que duró la producción de fotos y la entrevista—, precisamente a la capilla estilo florentino que alguna vez fue el orgullo de su antecesor y donde Farkas —que no es católico sino judío— instaló un finísimo piano de cola, además de un escritorio,  justo donde antes estuvo el altar. Sentado tras el reluciente mueble de caoba, contará los billetes con los que se tomará fotografías para CARAS, con su sonrisa blanca radiante, el pelo crespo y muy rubio, reloj de oro con incrustaciones de diamantes y traje del diseñador italiano Angelo Galasso con sus iniciales en los puños. 

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Satisfecho en su rol de anfitrión, haciendo gala de su pasado de hombre-orquesta, se instala ahora frente al piano y toca una pieza de El fantasma de la ópera. Las notas resuenan en el espacio. “Es un Fazioli —dice sobre el instrumento—, de los mejores fabricantes del mundo. Hace poco vino a Chile un músico muy famoso y me lo pidieron para el concierto. Les dije que no”, cuenta ordenando en un gesto ambos lados de su melena que él mismo se encarga de cortar y mantener crespa y rubia porque, confiesa, “soy como Sansón: el pelo es mi fuente de poder, no dejo que nadie me lo toque”. 

Es un buen día para el empresario. Se le ve más relajado y de buen humor. Muy distinto a los años en que se dedicada a trabajar full time y tenía poco tiempo. “Ahora decidí preocuparme de mi familia —declara— porque mientras viví en Chile fue mucho trabajo, todo el día, concentrado en la filantropía, andaba mal genio y dejé a los míos un poco de lado; salía y mis hijos estaban en el colegio, volvía en la noche y ya estaban durmiendo… Tengo una niña de 17, otra de 14 y un niño de 9. Ahora sólo estoy acá por cosas familiares, mi mamá cumplió 80 años”.

Cuando la directora de arte le pide posar junto a los billetes, él ni se inmuta. “¿Cómo los quieres —la interroga—: en rollos o en fajos?, ¿en billetes de 10 mil o de veinte mil?, ¿en pesos o en dólares?”. Y vuelve con un gran sobre rebozante en dinero: diez millones de pesos en total; toma dos fajos (de un millón cada uno) y se guarda uno en cada bolsillo: es el dinero que suele llevar consigo cada vez que entra o sale del país. “Una cosa es dar plata y otra es tener la preocupación de llevarme los billetes para que cada vez que me voy de Chile, a mi regreso, saliendo de la aduana, repartirlos entre la gente”. Detalla el procedimiento: “La limusina se estaciona, se ponen todos en hilera y les doy 10 mil a cada uno. Saquen la cuenta: alcanza para unas 200 personas”.

En cuanto a sus donaciones, también es metódico. En Chile tiene un equipo permanente que trabaja para él, seleccionando a través de Facebook y Twitter las peticiones más urgentes. “Con las redes sociales se pueden tomar decisiones bastante rápido. La otra vez unas voleibolistas necesitaban representar a Chile en el extranjero y tenían que partir pronto; mandaron un twitt, acá averiguaron de quién se trataba y, una vez chequeados, les mandamos un mensaje directo preguntándoles dónde les depositábamos la plata para los pasajes”.

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—Debe sentirse como un Santa Claus.

—Es un sueño hecho realidad. Y hay cosas que no se saben; he contratado abogados para ayudar a gente que ha sido maltratada, colaboro con un hogar de niñitas violadas, y también he hecho obras muy simpáticas, como regalar una máquina de hacer helados —con barquillos y todo— a un hogar de huérfanos donde algunos niños nunca habían probado uno. Tener ese poder es fabuloso. No es que me crea Dios, pero ¿a quién no le habría gustado tener un botón que, al apretarlo, le solucionara la vida a la gente?

El 2012 Farkas dejó Chile y se instaló junto a su mujer, la norteamericana Betina Friedman, en un departamento en Manhattan. Ahí, en el exclusivo sector de Columbus Circle, suele ir con sus tres hijos a andar en bicicleta al Central Park, o de paseo a Broadway, donde ya ha visto casi todos los espectáculos. “Im a resident of the world —dice intercalando frases en inglés con su español de acento americanizado—. No vivo sólo en NY; voy al Caribe, a esquiar a Aspen. Los niños están en un colegio internacional que partió con sus primeros establecimientos en Beverly Hills y Mónaco; pueden perder tres semanas o un mes de clases e irse conmigo de viaje. No soy estricto; que estudien lo que quieran y disfruten de la vida. Life is short. Puede caerse mañana el avión, o empezar una guerra, porque el mundo está loco”, declara como uno de sus mandamientos.

Desde que era músico y se convirtió en el exitoso hombre orquesta, que Farkas se acostumbró a no anclarse mucho tiempo en un lugar. De los veinte años que vivió en EE.UU., pasaba tres meses en Florida, otros tres en NY, tres en Las Vegas y el último trimestre tocaba el piano a bordo de cruceros, donde se ganaba la vida a punta de propinas. “Alguien una vez dijo: ‘dos millones de pesos, qué son para Farkas’, pero cuando era artista partía al baño durante los breaks para contar las monedas que me daban. Después ya fui más famoso y ganaba mi platita”. Así logró su primer millón de dólares. Invertía sus ahorros en la compra de yacimientos de hierro en el norte, seguro de que este metal recobraría el auge que tuvo en los ’60, cuando su familia era todo un emblema de la minería nortina, con un total de seis yacimientos. Pero vino la UP y los expropiaron. Y luego los militares, en lugar de restituírselas, las privatizaron. Quedaron Santa Fe y Santa Bárbara, las que Farkas compró a su padre antes de morir. Con la idea de reflotar el negocio, los Farkas-Friedman llegaron a Chile el 2005 pensando quedarse dos años, dependiendo de si su proyecto resultaba. Pero en total fueron siete. Su rubia melena se convirtió en símbolo de éxito y poder. Incluso llegó a transformarse en una carta presidencial. Más de dos mil personas firmaron en Facebook para que inscribiera su candidatura. El dijo que iba a pensarlo. Y mientras mantenía el suspenso sumó cinco puntos en la encuesta CEP. “Pero la política nunca me ha gustado —afirma—. Alguien por ahí me dijo: ‘Cuando tengas 60 años y estés aburrido, en una de esas…’. Pero no me interesa. Todos terminan canosos y a mí me gusta ser rubio, levantarme a veces tarde, tomar un buen vino. Algunos te van a querer, otros a odiar, y a mí no me gusta que me odien”, declara.

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Fue también buscando una mejor calidad de vida que decidió cerrar sus cuatro minas y dedicarle más tiempo a su familia. “A los meses el rubro colapsó. Ahora están todos quebrando; el precio del hierro se fue a las pailas y la cosa aquí se puso malita, con desempleo, menos crecimiento, etcétera… Así que dicen que tengo buen ojo. Sólo mantengo el proyecto de Puerto Atacama, para exportar fierro, cobre, carbón. Las minas las puedo reabrir cuando quiera, o venderlas, o arrendarlas, whatever… Ahora que estoy de vuelta en EE.UU. está un poquito mejor la cosa…”, dice felicitándose por su instinto para los negocios.

“Por lo que converso con mis amigos y algunos empresarios, en Chile está la grande; en la minería hay un 35 por ciento de desempleo y las empresas extranjeras —me dicen mis contactos japoneses— no quieren invertir: están todos esperando a ver qué pasa. Los que tienen empresas grandes en el extranjero me preguntan qué les recomiendo… Les contesto que no sé. Entonces me dicen que van a parar la inversión, que van a ir a Perú, a Argentina. Entonces les vendo la pomada y les digo que mejor vengan a Chile. Pero ahí me preguntan: ¿entonces tú por qué te fuiste?”.

—Uno de los temas más debatidos del año fue la reforma tributaria. ¿Le pareció una medida correcta, considerando además que usted siempre ha catalogado a los empresarios chilenos de tacaños?

—Personalmente creo que el problema es más que nada de la política; viene un presidente que quiere hacer cambios bruscos para después decir “yo hice tal cambio”. Luego viene otro y realiza otro paquete de medidas profundas, y la gente se queda con un montón de transformaciones que no los llevan para ningún lado. Lo mismo pasa con la reforma tributaria: al final los ricachones, las 20 familias que manejan este país, tienen tanto por todos lados que no les afecta mucho. Los que se joden son los de la clase media y los pobres. 

Se ordena la melena y apunta:

—En la primera entrevista que di dije que daba lo mismo el gobierno: los pobres iban a seguir más pobres y los ricos más ricos. Todos lo saben y nadie tiene el coraje de decirlo. Han pasado 10 años y no sé si ha cambiado mucho. Tal vez la única diferencia es que hoy la gente no le asusta andar en un auto elegante. Cuando llegué acá mis amigos tenían los autos guardados en el garaje. No es por tirarme flores, pero yo he tenido que ver. En los restoranes la gente es más propinera. Por eso no quiero insistir en que los ricos son tacaños porque han cambiado. Los chilenos también están haciendo más donaciones. Antes te decíanyo doy, pero pa callao…’ Give me a break! —exclama—. ¿Dónde está entonces toda esa ayuda? Pero varios han seguido mi ejemplo, me consta, incluso abogados míos me dicen, ‘oye, ayudé a tal colegio’… 

Y dispara contra la ley de donaciones: “Sigue siendo la misma, sólo unas porquerías chicas que le hicieron, pero aún te prohíben donar si tu empresa no tiene utilidades. A mí me demandaron hace unos años unos socios australianos luego de que en 2007 decidiera aportar un millón de dólares a la Teletón: 900 mil eran de mi bolsillo, 50 mil de una empresa y 50 mil de otra de mis compañías donde yo tenía el 70 por ciento y ellos el 30 por ciento… Lógicamente era una cuestión de los políticos, como decían que iba a ser candidato… ¿Cómo me iban a demandar por donar dinero? Ahí me di cuenta de que estaba mal hecha la ley. Estos mismos australianos hace un mes se fueron a bancarrota y me quedaron debiendo”. 

—Hoy enfrenta una demanda por 46 millones de dólares del yacimiento chino Qisheng Resources por incumplir un contrato.

—Fueron ellos los que no cumplieron. Este es un chino especulador que demanda a ver si gana; a eso le faltan diez años todavía.

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—Pero en el juicio internacional perdieron en primera y segunda instancia, primero en Londres y luego en Holanda.

—Eso lo dice la misma empresa de comunicaciones que contrataron. Aquí es la Corte Suprema la que tiene que decidir si es que dejan que esto se acate en Chile o no, y para eso pueden pasar diez años. Que la gente no se preocupe por mí, porque lucho para que el bien le gane al mal y Dios castiga pero no a palos. Don’t worry.

—¿Cree que todavía sigue causando resistencia en el mundo empresarial y político?

—No sé ni me importa. I don’t care anymore… Pago mis impuestos y dono al que quiero. I live my life the way I want.

Fue este mismo perfil, entre sobreexpuesto y excesivo, lo que hace unos años llamó la atención del prestigioso diario The New York Times, por su rol en el rescate de los 33 mineros de Atacama. La crónica llevaba por título: “El millonario que irrita a la elite chilena”. Farkas —por su conocido rol en el negocio minero— se había convertido en la gran esperanza para la treintena de hombres que yacían bajo la mina. Le mandaban recados, querían conocerlo, e hicieron un video agradeciéndole el apoyo económico que prestó —mediante millonarios cheques— a sus familias. “Pero ese mensaje nunca se conoció; sólo cuando agradecían al Presidente Piñera. Y el NYT, que vio el video, se preguntó ¿cómo salió esa parte y no la otra?”.

—¿Hoy cómo es su relación con la elite?

—Nunca me interesó que me aceptaran. Cuando llegué a Chile quise comprarme una casa en Valle Escondido y fui a ver el club… Ya estábamos casi listos cuando me mandaron a preguntar si es que iba a cortarme el pelo… Ahí dije ‘what?‘ Devuélvanme mi plata, no me interesa’. Un año después me dieron el premio al hombre del año en ese mismo club; estaban todos los canales, y como no tengo pelos en la lengua dije qué raro que en este mismo club me mandaron a preguntar si me iba a cortar el pelo y ahora me están dando el premio al hombre del año. Después hubo otro club donde me aseguraron que me iban a dar membership gratis porque como en mi familia somos todos rubios íbamos a elevar el nivel… Mi señora me preguntó ‘¿qué tiene que ver el color de pelo con el nivel de la gente? ’. Le tuve que explicar que éste es un país un poquito clasista.

Farkas acaba de poner a la venta su lujosa mansión. “Sólo vengo dos o tres veces al año, a veces por el día… También estoy vendiendo la otra casa donde vivía antes, que era más chica”.

—¿No será que está con problemas de plata?

—¿Tú dices porque estoy vendiendo las casas? Es que tengo tantas: un par en EE.UU., otra en el Caribe y me compré una nueva, aunque no diré dónde para que no se llene de chilenos pidiendo cosas. Son tantas (reflexiona), pero una cosa es la plata y otra muy distinta es mantenerlas. Ah, y tengo otra más en el norte, en la mitad del desierto, cerca de Bahía Inglesa, donde están las minas, que es tremenda, muy linda.

Fue precisamente en su mansión nortina, de 20 mil metros cuadrados, jardines y cancha de tenis, que diariamente mantienen ocho empleados, donde el empresario invitó al staff completo de la película Los 33, sobre el rescate de los mineros de Atacama y protagonizada por Antonio Banderas y Juliette Binoche. “Festejamos con 22 botellas de vino y varias de champaña, con el marido de la Barbra Streisand, que es el productor, más dos actrices mexicanas muy famosas. Antonio justo se había ido. Toqué el piano, cantamos, bailamos, tomamos y estuvimos hasta las cuatro de la mañana”. Y cuenta su insólita anécdota con la Binoche mientras en Santiago anochece y ya llevamos cerca de siete horas en la oficina-capilla donde él ahora se confiesa. “Yo no sabía quién era ella, además que ya no se ve como era antes…  Estábamos en la sala de maquillaje. To make the story short, estaba en el camarín con una niña encargada de corregir la pronunciación, y Juliette estaba sentada al lado mío maquillándose. De pronto puso su música… Le pedí que la apagara, pero bajó un poquito el volumen. Please, insistí… Pero no me pescó, así que llegué, agarré su iPad y se lo desconecté. Ella me miró y se dio cuenta de que yo no tenía idea quién era. Me dijo: ‘you know what? I like you. Tienes cojones. Yo sé quién eres, el que ayudó a los mineros. ¡Y hoy vamos a ir a tu casa a una fiesta!’.  ‘Ok’, le dije, ‘muchas gracias, muy simpática, ¿pero puedo continuar mi reunión?’”. 

Así es Farkas. Un hombre que instala su propia ley, directo, sin filtro y que acostumbra a conseguir lo que quiere sin grandes protocolos. Por eso en la película Farkas prefirió interpretarse a sí mismo. “Acepté porque querían poner a un actor mucho mayor, de 57 años ¡y yo tengo 47! Entraba con una chaqueta de cuero con cadenas y decía… ‘pisco sour for everybody!’ ¡Imagínense! Estaban los mineros abajo muriéndose y entra este tipo prepotente diciendo pisco sour para todos… ¡Y en un Hummer amarillo!, cuando el mío es un Hummer negro… Al enterarme, preferí ser yo el que actuara. Me dijeron ‘ok, pero tiene que hacer lo que nosotros digamos’”. 

—Debe ser difícil para usted tener amigos.

—Sí (dice circunspecto). Y los que tengo son de antes de que tuviera plata. Es complicado porque la gente suele pedirme cosas todo el rato… Me gusta salir, pasarlo bien, no que me utilicen o que empiecen a grabarme… El otro día estaba en un lugar y fui al baño y un tipo me estaba filmando cuando fui a hacer pis. Esa fue una de las razones por las que me fui a EE.UU. Mis hijos no estaban felices acá; no podía ir al teatro con ellos, en cambio ahora paseamos por Broadway y nadie nos molesta… Claro, siempre hay algún chileno que me reconoce y pide una foto; para el 18 de septiembre está lleno…

Farkas se va con cuidado. Escoge a sus amigos con pinzas. Reconoce que no alcanzan a sumar los dedos de ambas manos: son nada más que seis, dos extranjeros y cuatro chilenos; de ellos, todos mantienen con él lazos de infancia, menos uno: Parived. Pero hoy la relación es tal que Farkas lo introdujo al judaísmo y fue el padrino de su matrimonio con Tonka en Israel. Incluso le pagó —y los acompañó— a su luna de miel. “Estuvimos en unos lugares fabulosos, de ensueño, hasta nos tocó una tormenta de arena y nos metimos a las campañas de unos beduinos. Yo había contratado unos fuegos artificiales sólo para nosotros, con los camellos afuera. A Tonka incluso le presté mi teléfono satelital para que se comunicara con el canal, porque nadie supo del casamiento hasta varios días después”. 

—Para algunos Parived es un misterio…

—Bueno, en Chile son celosos, envidiosos y dicen que esto, que lo otro, pero él es muy privado. Lógicamente que él trabaja, tiene sus cosas, no lo mantiene su mujer, como bromea la gente; claro, están celosos, seguro que a ellos les gustaría estar casados con la Tonka.

—Lo molestan con que no trabaja. El Clinic publicó un titular diciendo que Parived se oponía a la reforma laboral…

—Pero trabajar no significa que debas ir en metro con un maletín a tu oficina. El trabaja en su casa, tiene un negocio internacional de venta de antigüedades en Europa. Pero a los dos les gusta ser muy privados. Y lo pasamos fabuloso. El parece un tipo serio pero no es para nada así, nos reímos como locos. Hemos viajado por todo el mundo, y él es muy espiritual y le gusta ir a ver tumbas de gente muy especial. Lo hemos pasado muy bien.

—¿Dónde están sus límites, cómo se mide?

—Siempre he dicho que yo no tengo tanta plata como todos creen, y como ahora no voy a tener ingresos porque cerré mis minas, debo ser cuidadoso. No estoy llorando, pero como los intereses en el banco son muy bajos y yo no invierto en la Bolsa… Tengo mi plata en bonos del gobierno americano a una tasa del 3 por ciento, que es lo menos rentable pero sí lo más seguro. Los banqueros dicen que no sé nada, que soy un tonto, pero thats the way I am.

Y retoma el tema de los límites. “Me gustaría tener mucho más para dar más, pero es imposible ayudarlos a todos. A veces mi señora tiene miedo, que no le voy a dejar para mis hijos… Le digo que no se preocupe, que todo depende de Dios. Por último vendo otra casa”.

—¿No le asusta quedarse sin dinero?

—Si Dios me lo dio es para disfrutarlo, compartirlo. El dinero va y viene.

—¿Cuál es su mayor miedo, cuándo se siente vulnerable?

—Soy un hombre religioso y whatever happens, no le temo a nada, ni a la muerte. He tenido tantas aventuras, viajes, he logrado tanto que, si muero mañana, I will die happy. ¿Cuántas personas podrían decir lo mismo? Obviamente que mis hijos están chicos y me daría lástima, pero moriría feliz, aunque no de esas enfermedades donde se sufre. He hecho lo que he querido; a los 47 años ya lo he logrado todo, más de lo que podría haber soñado. La plata, el reloj, los autos, eso uno no se lo lleva después de muerto, pero lo que he hecho, mis obras, eso sí me lo voy a llevar a la tumba.