En la década del ’60, la promesa de prosperidad llegaba a las comunas de Puchuncaví y Quintero. Ambas centraban sus ingresos en actividades productivas en el área silvoagropecuaria y contaban con amplias oportunidades turísticas. Según los datos del ministerio del Medio Ambiente, Chile en ese entonces también se vislumbraba con un potencial de crecimiento económico, de la mano de la instalación de grandes industrias: una fundición de cobre y una central termoeléctrica serían un polo de desarrollo y empleo para los habitantes. Sin embargo, estas comunas se han convertido en zonas ambientalmente deprimidas: en 1993 el ministerio de Agricultura DS Nº346 declaró Puchuncaví y Quintero como zona saturada de contaminación por anhídrido sulfuroso y material particulado.

Actualmente, coexisten más de 15 industrias con emisiones contaminantes y desde aquella promesa de prosperidad han transcurrido más de 54 años. Continuos desaciertos, tanto públicos como privados, y escasa regulación ambiental han dejado enterrada la esperanza de un crecimiento sustentable en la localidad, a lo que también se suman frecuentes episodios críticos de contaminación, intoxicaciones masivas y pérdidas de los ecosistemas productivos, principalmente en mar y tierra.

Fue en estas zonas, que hoy se encuentran en el ojo del debate ambiental, donde realicé mi práctica profesional e identifiqué aquí un factor común de los habitantes: la contaminación había marcado sus vidas, ya sea, por afecciones a la salud o pérdida de sus fuentes de trabajo. Al pasar los años, no solo en Chile he sido testigo de cómo las emisiones industriales afectan la vida y las personas se van adaptando pasivamente a convivir con estos vecinos que llegaron, se quedaron, y que nos recuerdan como en estos días en Quintero, no están en concordancia con el barrio en que queremos vivir.

Me quedó marcada la necesidad de mejorar las condiciones de vida de la gente. Por ello creo con firmeza que todos como sociedad debemos enfocarnos en un bien mayor: desarrollar soluciones ambientales que puedan arreglar las condiciones actuales del planeta donde vivimos. Precisamente, la idea de ser mujeres influyentes significa invitar a muchas más a participar de estas áreas de desarrollo. Desde esta perspectiva, tenemos un desafío global de influir en sumarnos a la ciencia y tecnología. La brecha sigue siendo amplia.

Debemos reconocer que nuestro país ha avanzado al emplear nuevas normas de termoeléctricas en 2011 y fundiciones en 2013, que permitieron reducir más de un 50% la emisión de S02 (dióxido de azufre). Sin embargo, aún falta. Es por esto que la invitación es a no ser testigos en las zonas de Ventanas y Quintero. De esta forma, podemos prevenir que Tocopilla, Mejillones, Tierra Amarilla, Calama, Copiapó, Huasco y Coronel puedan adelantarse a mejorar su calidad de aire.

¿Cómo lograrlo? Una idea es aspirar a una norma de calidad de aire como la de la Comunidad Económica Europea, que regula precisamente hidrocarburos, arsénicos y dióxido de azufre con el objetivo de construir los mejores planes y programas que sean aplicables, y no solo una propuesta.

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