El dos de septiembre pasado la imagen del pequeño Aylan muerto en una playa turca mientras intentaba, junto a su familia, alcanzar las costas de Europa remeció al mundo. Una forma terrible de mostrar la indiferencia e inactividad del Viejo Continente frente a una impresionante catástrofe humanitaria.

El Mediterráneo se ha convertido en el pasaje más mortífero del mundo. La Organización Internacional por las Migraciones censó 2.432 muertos por 323 mil personas que llegaron vivas sobre las costas italianas, maltesas, griegas y españolas y el colectivo de investigación internacional The Migrants Files, más exhaustivos, ha enumerado este año más de tres mil fallecidos. Pero solo la imagen de Aylan logró la movilización de gobiernos, medios de comunicación y de la sociedad civil para ayudar a quienes arriesgan sus vidas en busca de una futuro mejor.

No solo despertó a muchos de la indiferencia, sino que la llamada ‘crisis migratoria’ vino a resaltar el dibujo de poderes en Europa. Como desde hace un tiempo, dentro de la Unión Europea (UE), es Alemania la que lleva la discusión y se impone ante sus pares. En los últimos días, mientras varios países se mostraban desbordados por las cuotas de repartición obligatoria de refugiados, Berlín llamaba a sus socios a abrir aún más sus puertas y la propia Angela Merkel declaraba que limitar con anterioridad el número de migrantes no tenía sentido. La Alemania de Merkel, a pesar de que superó hace tiempo la culpa por el genocidio de la Segunda Guerra Mundial, se ha preocupado por mostrar una imagen ejemplar y de apertura hacia el mundo. Aunque la realidad sea más compleja, no es lo suficientemente negativa para desalentar a los refugiados, que al ser entrevistados mientras están en la ruta hacia el ‘paraíso’ repiten: “En Alemania, la gente es gentil, no hay violencia, la vida es buena para nosotros”.

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Aparte de grupos neonazis no ha habido voces disonantes en el país, solo el llamado de algunos a que además de mostrar buena voluntad, se designe claramente a los culpables de la crisis que vive Medio Oriente. En un documento presentado en el Bundestag (Parlamento federal) los dirigentes del partido Die Linke señalan a Washington como el principal responsable de la crisis migratoria de hoy: “Guiados por los EE.UU., los países occidentales han desestabilizado regiones enteras, facilitando entre otras cosas, la aparición de grupos terroristas que los han utilizado para sus fines”. Según los autores del informe, algunos aliados de Alemania han apoyado indirectamente esas “bandas de asesinos”, incluso al grupo Djihadista Estado Islámico, abasteciéndolos de armas y dinero.

En esa misma línea hace algunos días el especialista en geopolítica y premio Albert-Londres, Bernard Guetta, se preguntaba: ¿quién es responsable de esta huida violenta que ha hecho tantas víctimas, sacude Europa y causa estupor? Para él el primer responsable sería George Bush, quien “derrocó a Saddam Hussein, sin tener la mínima idea de lo que haría después y, sobre todo, no sabiendo qué hacer en Irak. El más estúpido de los dirigentes de post guerra alteró completamente el equilibrio regional entre sunitas y chiitas”. Explica que ésto llevó a darle fuerza a lo que hoy llamamos Estado Islámico, a quienes se unieron los antiguos oficiales sunitas de Hussein. Además, cree que si vamos un poco más lejos en la historia, “el segundo culpable es la Guerra Fría, porque los dos frentes de entonces cultivaron y protegieron todo tipo de dictaduras árabes que les fueran favorables. Con esto privaron al mundo árabe de fuerza y de elites democráticas, dejando a los islamistas como única alternativa posible a la corrupción de presidentes vitalicios”.

Pero estas voces acusatorias no son muy fuertes aún. Hace unos días, Obama solo reconoció que había que reforzar la cooperación y que recibirían 10 mil refugiados sirios durante 2016. En Francia un nuevo debate se ha abierto: el papel que juega el valuarte de los derechos humanos ante esta crisis. La nación que asiló a más de 100 mil vietnamitas en 1975 tras el fin de la guerra, a españoles después de la guerra civil, a chilenos luego del Golpe militar…

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Hoy, la opinión pública francesa se muestra reticente a acoger a las familias que vienen en su mayoría del Medio Oriente. Para Benjamin Stora, presidente del Consejo de Orientación del Museo Nacional de la Historia de la Inmigración de París las razones están “en las crisis económicas, los millones de desempleados y la gran retirada sobre los egoísmos nacionales”. Agrega que “es tiempo de medir los daños ejercidos en la sociedad francesa por los ideólogos que desde hace 20 años, apuntan a destruir todos los movimientos que se reclaman antirracistas”. Estos ‘intelectuales’ de los que habla Stora creen que el antirracismo era el motor de posibles divisiones nacionales, y que ese combate está pasado de moda. Estos discursos han sido aprovechados por la extrema derecha para mantener sus argumentos: “Una Francia eterna y rechazo de los principios de igualdad forjados por la Revolución Francesa; rehabilitación de la herencia colonial; defensa de una identidad perpetuamente amenazada por la presencia del extranjero”, asegura Stora.

Mientras los debates se lanzan y los gobiernos negocian, la sociedad francesa quiere recuperar su tradición histórica de hospitalidad hacia los perseguidos. Incluso varios alcaldes han ofrecido sus pueblos y los ciudadanos sus casas. En la otra vereda está la visión de que esta apertura y buena voluntad alemana, tiene más matices de los que se ven a primera vista. Esta sería una oportunidad de revitalizar su economía con mano de obra joven y barata, ya que la población germana es de las más viejas del continente. Otros, como Catherine Wihtol de Wenden, directora de investigación del Centro Nacional de Investigación Científica y especialista en migraciones internacionales, creen que Merkel fue un poco visionaria y “sintió el cambio en la opinión pública de su país. Ella abrazó una tendencia con la que puede valorizar su persona y a Alemania, que tenían una imagen un poco dura ante los europeos luego de las negociaciones con Grecia. Pienso que hay una voluntad de renovar su imagen de manera positiva a través de esta actitud respecto al asilo. Y luego la ausencia de la extrema derecha bajo la forma de partido político en Alemania es también un elemento muy importante en el respeto del derecho de asilo en este país”, explicaba la experta. Sean cuales sean las razones de unos y otros o la imagen que estén dando las grandes potencias mundiales, son los ciudadanos quienes han decidido esta vez ‘abrirse al otro’ y demostrar que la fraternidad es más fuerte que el egoísmo, el miedo o la xenofobia.