Hace un tiempo que Eugenio Tironi viene conversando con el siquiatra Ricardo Capponi sobre la crisis que atraviesa la elite chilena y el desconcierto de ésta ante la pérdida de autoridad frente a una ciudadanía cada vez más educada, menos obediente, que quiere relaciones horizontales y participar en las decisiones; conclusiones que ambos plasmaron en un circuito de charlas y en un próximo libro que lanzarán. 

Tironi parte por definir a la elite como aquella capaz de construir sentido común, de establecer lo que es viable, de contener los deseos personales en pos de un objetivo colectivo de largo plazo y de fijar los límites de lo plausible; y que en Chile —al igual que en la mayoría de las sociedades— estaría conformada por economistas, científicos, filósofos, académicos, políticos, empresarios y sacerdotes. Para el sociólogo, esta especie de “autoridad moral” que ostenta este círculo se la ha ganado de distintas maneras a lo largo de la historia. “En un momento fue por mandato divino, cuando el sacerdote era la principal figura. En otra época, esa autoridad dependía del rey. Más tarde, esa atribución de definir lo que es y no posible recayó en algunas sociedades del conocimiento y después en la economía. En Chile,  su sistema cultural-educacional perpetúa esa visión”.

Sin embargo, esa capacidad y sentido común sobre el cual reposa este grupo —señala—, se ha ido erosionando y desmoronando, siendo corroído por la sensación de que su antiguo discurso ya no tiene el efecto de antes ni existe el sometimiento a sus conceptos y mandamientos. “Les invade, por tanto, el virus de que no entienden el mundo tal cual está, sienten el país ajeno, que no los comprende; el armazón intelectual con el que operaban ha sido desbordado. Es lo que está ocurriendo hoy en nuestro país”.

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—¿Qué hechos concretos fueron erosionando la fe en la elite chilena?

—Lo más fácil sería atribuirlo a los últimos escándalos de abusos conocidos, pero es más antiguo. Parte con el triunfo del No, con esa elite hegemónica de militares, la derecha política, junto a los empresarios y expertos económicos que la rodeaba. Era inimaginable que perdiera el Sí, porque desde su punto de vista, los chilenos nos movíamos por intereses económicos y en ese momento estábamos mejor que nunca, gozando del privilegio del consumo, de la globalización, con una economía creciendo fuerte. Además, estaba el trauma del ’73, el temor a la democracia, y los del No eran un grupo disperso, con gente de izquierda y comunistas. Eso fue un remezón fuerte, como también lo fue el éxito de la Concertación, con un Patricio Aylwin tildado de blando, flan; un DC, al fin y al cabo, que más encima se metía en temas peliagudos como la verdad y justicia. Muchos pensaron que fracasaría y a los cuatro años regresarían los Chicago Boys en gloria y majestad.

—Debió ser un golpe tremendo que se haya consolidado la coalición en La Moneda.

—¡Brutal!, lo mismo que haya ganado un socialista como Ricardo Lagos que recordaba a Salvador Allende y que terminó siendo aplaudido por los empresarios. Otros golpes a la elite fueron la crisis del 2008 (con la burbuja inmobiliaria de EE.UU.), el retorno efímero de la derecha con Sebastián Piñera —al ala conservadora se le cayó el mundo— y el regreso de Michelle Bachelet más izquierdista, con los G90 y la Nueva Mayoría que desplazó a los viejos líderes de la Concertación. Todo esto hizo que la manera en que veíamos el mundo fuera contradicha por la propia historia que, sumado a los últimos escándalos, inyectó energía a un proceso de empoderamiento ciudadano que venía avanzando. Ni hablar de lo que ha ocurrido con la elite religiosa a raíz de los casos de abusos, cuyo prestigio y autoridad son cuestionados por sus propios feligreses.

—¿Y qué ocurrió con la elite académica?

—Esta es una sociedad con menos respeto por el saber; el conocimiento se ha desacralizado. Hay cada vez más corrientes que te dicen ojo, la ciencia se fabrica, modifica, está sometida a revisión; sus verdades ya no son absolutas, sino fruto de transacciones, de luchas políticas, de género o étnicas. Ya no es un mandamiento divino, se ha pegado costalazos y se han cometido demasiadas tropelías en su nombre, desde el Transantiago hasta la crisis del 2008, cuando la economía nos enseñaba que no habría más crisis de ese tipo. Luego vino el comportamiento empresarial; descubrimos que los mismos que decían que el mercado es ciego, automático, no contaminado, lo manipulaban en su beneficio, usando además su poder económico para una influencia indebida sobre el sistema político, cuyos integrantes, a su vez, se declaraban libres del pecado de la codicia, sin embargo, eran teledirigidos por los empresarios desde las sombras a través de recursos.

La sociedad cambió y esto varió en su manera de ver las elites, sentencia Tironi. Y aclara. “No es porque se produjeron muchos escándalos que la ciudadanía perdió la fe, sino al revés; porque dejó de creer en las elites y pasó a tener más fe en ella, éstos salieron a la luz. En eso influyó que seamos hoy una sociedad más educada, conectada, que vuelve a la gente más reflexiva, menos obediente, que cambió sus estándares y comenzó a juzgar con otros criterios y a mirar con otros ojos. Y lo que parecía normal, pasó a ser escandaloso. Hoy quiere ver y participar en las decisiones, busca relaciones más horizontales con los dirigentes. Siempre se supo que la educación es subversiva, por eso los antiguos latifundistas y la vieja oligarquía mundial se oponían a la Educación Primaria obligatoria, porque los pasos siguientes eran los sindicatos, la reforma agraria, la Unidad Popular y todo lo que vino después”.

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—¿Cómo ha enfrentado la elite los cuestionamientos de esta nueva sociedad?

—Ha acusado el golpe, reaccionado bien y busca adaptarse a los nuevos tiempos. Una muestra es la Comisión Engel y el conjunto de medidas convertidas en proyectos de ley en tiempo récord y es porque, dentro de todo, tenemos una buena clase política, capaz de escandalizarse de sí misma y no recluirse en el cinismo. Es lo que ocurre, por ejemplo, en Brasil, donde la Presidenta Rousseff es impugnada por líderes acusados de delitos de corrupción peores que los que se le imputan a ella; una pantomima en que todos participan, a sabiendas de que es mentira. 

—¿Y el mundo empresarial?

—También ha estado a la altura. Hace 20 años tocar a un empresario era atentar en contra del crecimiento, del derecho de propiedad o de la inversión; hoy, sin embargo, el impacto es cero. Basta con ver cuando un imputado dijo que “habían actuado así para crear empleo y crecimiento”, lo que provocó una condena unánime. No es cosa poca que la ‘realeza’ acepte los mismos procedimientos que se aplican al pueblo, que pida perdón por su conducta y esté dispuesta a transformar el sistema de funcionamiento en sus empresas. Esta crisis los hizo entender que los estándares cambiaron, lo que produjo un giro de conducta, aunque hay algunos —los que se sienten incomprendidos— con la peligrosa tentación de invertir afuera al dejar de sentir el país como suyo, porque antes, ¡claro que lo era!  

—¿Se va a redistribuir la estructura social?

—La elite se diversificó, se amplió y han surgido nuevos grupos como los dirigentes sociales y estudiantiles que entraron al Parlamento, personas de ONGs o grupos de interés —animalistas, los que velan por la transparencia del sistema político— y los fiscales son hoy las estrellas. Las instituciones pasan a convertirse en el espacio gestor de una nueva elite poderosa, como la Fiscalía Nacional Económica, las superintendencias, el Ministerio Público, y el Poder Judicial retoma una centralidad muy alta. Hay también una nueva elite que emerge del mundo de las redes sociales y medios de comunicación informales. La Reforma Laboral dará paso a otra de tipo sindical, que hará que el Partido Comunista pierda el control de la CUT.

—Así como algunos entran, otros saldrán de este grupo.

—Caducó la Iglesia, el empresario dejó de ser esa elite omnipotente, poderosa, que hablaba de educación, de proceso constituyente, aborto, matrimonio homosexual, de lo tributario; de lo que viniera tenía una opinión privilegiada que debía ser atendida. Eso cambia de manera drástica. Antes, la voz de algunos tenía un peso desproporcionado frente a las minorías, pero —insisto— eso ya no corre. Con financiamiento público, los políticos se emancipan de esos grupos de interés, como era el caso de SQM o Penta, que tenían acceso a los proyectos de ley, incluso, antes de que se presentaran. ¿Que irá a pasar en las próximas décadas? La gran gracia de lo que está ocurriendo en Chile es que ya nadie puede predecir el futuro, porque gran parte del poder en que descansaban las elites, era arrogarse la capacidad de predecir lo que venía. Sólo vislumbro una sociedad más horizontal, heterogénea y diversa, con una multiplicidad de grupos de interés y étnicas, donde el peso de las regiones irá en fuerte crecimiento.