Aproveché el Día del Trabajador para, finalmente, comprar parafina. Me dirigí a la estación de servicio de Príncipe de Gales y Mateo de Toro y Zambrano, famosa por lo mal que atienden. No había nadie. Finalmente, descubrí que el “bombero” se estaba escondiendo detrás de un auto estacionado para no atenderme. Lo perseguí como si estuviéramos jugando a las escondidas. Él se rindió, y salió con cara de amargura.

“¿Tienen parafina?”, pregunté.
“Sí, pero estoy sin línea”, contestó.
Empezamos a caminar sin ganas hacia la parafina, atravesando la bomba de bencina.
“Tengo efectivo”, añadí.
“Con esos bidones que anda trayendo usted, deben ser como doce lucas”.
“Son bidones de diez litros”.
“Tampoco tengo cambio”.
“Pero, entonces, le pago con tarjeta”, proseguí, un poco divertido con la situación.

Entonces, él se paró en seco, y me dijo: “¡Ah!, entonces no se puede, porque estoy sin RedCompra”.  En ese momento, a mí me dio risa, porque él estaba buscando la forma de no vender. Finalmente, me repuse, y agregué: “Pero si yo tengo efectivo, le puedo pagar la cantidad justa”. “Bueno, vamos a dejarlo en doce lucas cerradas”.  Y me vine con los bidones livianitos. (No le di propina)

Es inaudito lo mal que atienden en Chile. He tenido la suerte de visitar muchos países, y esto no es así en otras partes. (Quizás el caso más notable de gentileza y buena atención es Uruguay; es casi desconcertante)
El otro sábado fui a comprar un molinillo para moler sal a Cherry Chile en Manuel Montt. Un colega fue a Pichilemu y gentilmente me trajo de regalo un bonito saquito de sal de Cáhuil. Entré al local y no me atendía nadie. Las vendedoras circulaban para allá y para acá, pero nadie se interesaba en atenderte. Delante de mí, a pocos metros, dos vendedoras se dedicaron a conversar acerca de algo que había hablado con el jefe, mientras una le pasaba a la otra insistentemente un billete de 5 mil pesos.

Me aburrí de esta sensación de ser invisible, y me fui al otro local que tienen por Providencia. Allí me encontré con una vendedora que conocía de años porque atendía en el local de Holley (ropa infantil) en Lo Curro. Le pedí un molinillo para sal porque un colega me había traído un bonito saquito de sal de Cáhuil muy gruesa. Me dijo que tenía que comprarlo en el local de Manuel Montt, porque acá no tenían esos molinillos más poderosos. Entonces, le conté mi experiencia como El Hombre Invisible en la otra tienda. “¡Es que todas estamos ocupadas!”, me interpeló de mala manera una de las mujeres del local de Manuel Montt, que había venido al de Providencia. “No es cierto”, le respondí. “Había algunas conversando”. Ella insistió (de mala manera): “¡Todas estamos ocupadas atendiendo gente!”. “No es cierto”, respondí yo, pero esa conversación no conducía a ninguna parte.

Porque el vendedor chileno tiene estas características: atiende mal y, además, es agresivo. Quienes atendían en el local de Providencia solidarizaron conmigo, y me pidieron que me quejara con el dueño del local (me dieron el mail, pero nunca le escribí). Preferí comprar acá un molino de pimienta en 9.990 pesos (que puede que no me sirva) a volver a pasar por la experiencia de la mala atención. (Al final, la cajera me dijo que, si en el futuro requería algo de la sucursal de Manuel Montt, podía pedirlo acá y ellas lo iban a buscar).
Esto de que las cosas me den risa es menos divertido de lo que parece. El otro día iba en el Metro y vi a un señor con una hermosa polera de Coca-Cola, que decía algo así como “Deliciosa y refrescante”. A mí me llamó la atención lo lindo de la polera, y después reparé en la persona que lo usaba que no tenía nada de “deliciosa y refrescante”, sino que más bien se veía gastado y ojeroso. No pude evitar que me diera un poquito de risa. No pasó nada. Al comienzo.
Dos estaciones más allá, el personaje delicioso y refrescante se instaló frente a mí, a pocos centímetros, y me miró amenazante. Pocas veces he sentido tanto susto (ahora último). Pensé si tenía mi tiptop por ahí, o algo con qué defenderme. Me hice el leso. Borré todo atisbo de sonrisa de mi boca. Afortunadamente, el señor se bajó en la Estación Tobalaba. Yo también me tenía que bajar ahí, pero seguí de largo.

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