Con una extensión de 14 millones de km², la Antártica resulta clave en el balance energético mundial. Al reflejar hacia el espacio el 90% de la luz solar que recibe —lo cual se conoce como “albedo” y es mayor en las superficies claras—, ayuda a regular la temperatura e impide que el planeta absorba en exceso la radiación que queda en la atmósfera debido a los gases de efecto invernadero. Otro tanto hacen sus mares circundantes, gracias al hielo marino.

Si la nieve y el hielo se redujeran drásticamente, o sea, la cara blanca de la Antártica decreciera, la tierra y los mares reflejarían menos radiación y la asimilarían, lo que, a su vez, elevaría la temperatura en el planeta y aceleraría el derretimiento de los hielos. “Sin la Antártica, los incrementos de la temperatura serían brutales y aumentarían los efectos del calentamiento global. Su degradación es un tema importante, pero no es vista como tal, sino como algo remoto, de soberanía, de científicos. No la tenemos presente”, comenta Sara Larraín, directora de Chile Sustentable. En 2019, se cumplen 60 años desde la firma del Tratado Antártico que, en plena Guerra Fría, lo definió como “un continente dedicado a la paz y la ciencia”.

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Chile —con límites territoriales en la zona entre los meridianos 53° O y 90° O— es uno de los 53 estados parte del acuerdo y está presente allí, desde 1947, cuando el país instaló su primera base, que hoy es conocida como Arturo Prat. La Antártica está situada a mil kilómetros de Punta Arenas, principal puerta de entrada a este “laboratorio” natural, desde Sudamérica. Fue descubierta en 1820 por distintos exploradores, uno de ellos Andrew MacFarlane, ex teniente de la Armada de Chile a quien O’Higgins autorizó para realizar una expedición lobera. En realidad, desde que Hernando de Magallanes surcó el extremo sur, en 1520, y difundió la posible existencia de una “Terra Australis Incognita”, el continente blanco intrigó a aventureros que navegaron por los mares australes y el Polo Sur. En el siglo XIX también atrajo a los cazadores de lobos marinos, y fue punto de la industria ballenera, a comienzos del siglo XX.

Actualmente, suscita cada vez más interés internacional, ya que es rica en recursos minerales —aunque en ella no está permitida la explotación minera, por el Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente, que data desde 1991 y será revisado en 2048— y concentra la mayor reserva de agua dulce del mundo. Científicos de 34 países realizan actividades permanentes en el área. El 75% ingresa a través de la Región de Magallanes y la Antártica Chilena. Junto con Argentina y Reino Unido, Chile es uno de los siete países que reclaman territorio. Recientemente, Marcelo Leppe, director del Instituto Antártico Chileno (INACH), dependiente del ministerio de Relaciones Exteriores, planteó la importancia de reforzar la presencia nacional allí. Con ese propósito, el INACH presentó un plan de inversión por US$70 millones, que ya inició su primera etapa. “Nos interesa fortalecer la soberanía. Si bien Chile fue uno de los primeros impulsores del Tratado Antártico y ha tenido una reclamación activa de su territorio, es necesario modernizar las instalaciones existentes, así como mejorar la infraestructura y la capacidad logística y científica. Es importante proyectarse y contar con estándares internacionales en materia científica”, sostiene Leppe. “Creemos que Chile es líder regional, pero queremos que sea líder mundial”, añade. Desde 2003, el INACH funciona en Punta Arenas, donde se construirá el Centro Antártico Internacional, un espacio de 19 mil km2 con fecha de apertura para 2022.

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Se espera que albergue eventos de carácter mundial, ofrezca un laboratorio de “alto nivel” y contribuya a que la ciudad se convierta en la “capital científica de la Antártica”. Leppe destaca el desarrollo científico local. “Los proyectos pasaron de 12, en 2003, a 101, este año. Hay una dimensión práctica. Por ejemplo, la “antartina”, una molécula de una planta gramínea, que es un agente antitumoral descubierto por investigadores chilenos y argentinos. Aunque parezca lejana, la Antártica posee claves para el futuro de la humanidad, desde comprender los alcances del cambio climático, hasta encontrar la cura de enfermedades”. Otra propuesta chileno-argentina acaba de presentarse en Australia, en la reunión número 37 de la Comisión de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA), para el establecimiento de un Área Marina Protegida en el Dominio 1, es decir, la Península Antártica occidental, que sufre el mayor impacto del cambio climático del continente. Esta franja protegida le seguiría a la del Mar de Ross, que ha permitido, entre otras cosas, el resguardo de pingüinos y ballenas.

“Es súper importante el rol que puede jugar Chile, no solo como puerta de entrada a la Antártica, sino como plataforma de investigación científica sobre medioambiente y cambio climático, y como agente de protección. Chile debería apostar por una política interna que tuviera concertación internacional, en temas como los ecosistemas frágiles. Hay especies que no son capaces de migrar a la velocidad necesaria para conseguir alimentos o reproducirse”, analiza Sara Larraín. Este año, Greenpeace planteó la creación de un Santuario Antártico, sobre todo, porque la pesca industrial de krill –un crustáceo que comen desde peces hasta ballenas— se ha expandido por el océano antártico. La idea, que incluyó más de dos millones de firmas y la participación de artistas como Javier Bardem y Thom Yorke, también se discute en Australia, mientras se cierra esta nota. “La solicitud es para el Mar de Weddell, hogar de pingüinos, ballenas y focas. Nosotros estamos subrayando su urgencia, ya que es uno de los lugares menos intervenidos, hasta ahora; hay que actuar a tiempo”, señala Mauricio Ceballos, vocero de la campaña Océanos, de Greenpeace.

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“El 85% de las empresas recolectoras de krill se comprometió a no pescar cerca de ahí. Ahora la intervención es incipiente, pero si no se aprueba el santuario, el negocio del krill va a crecer con la consecuente destrucción de los ecosistemas”. Otro tema serio es la contaminación por plásticos. “Hay que hacer un esfuerzo mundial al respecto, actuar sobre un problema que está llegando a lugares tan apartados como la Antártica”, enfatiza Ceballos. ¿Cómo se vislumbra el futuro para los países que reclaman territorio? En INACH son optimistas. “Hay mucho respeto de los países reclamantes. Este es el único continente para la paz, un ejemplo de la diplomacia. El Tratado Antártico ha funcionado bastante bien; cualquier decisión se toma por unanimidad de las partes. No hay otro modelo que funcione igual”, asegura Leppe.