La suya pintaba para esas historias de película romántica… Ronald Motzfeld y su mujer Verónica Petersen cumplían 21 años casados, tras ocho de pololeo. Se conocieron en la Facultad de Odontología de la Universidad de Chile, el romance duró toda la carrera, y al año de recibidos se casaron. Al poco llegaron los hijos (Karen, Ronald y Vivian), y se instalaron con una consulta en el centro de Santiago. “Ella se especializó en endodoncia; salvaba los dientes, y yo me dedicaba a la estética y rehabilitación. Eramos el dúo dinámico… hasta el día del accidente”, dice Ronald recordando ese fatídico 29 de octubre de 1994 que no sólo le arrebató a su mujer, también lo dejó en una silla de ruedas.

Esa noche la pareja había partido a Ovalle al matrimonio de unos amigos. Sus hijos de entonces de 17, 15 y 8 se habían ido en otro auto rumbo a La Serena donde más tarde se reunirían con sus padres. “Veníamos por la carretera, eran cerca de las 7:30 PM, y entrando a Ovalle, a la altura de Socos, adelanté unos camiones… Aún no sé si pinché un neumático o pisé ripio. Nos dimos vueltas y salimos volando… Por ahí me cuentan que dimos cuatro, cinco vueltas antes de caer en un sitio eriazo de arena”. Ronald recuperó la conciencia en la ambulancia camino al hospital de Ovalle. “Lo primero fue preguntar por mi mujer, y escuché la mentira más piadosa: ‘está en la otra ambulancia’”. Una vez internado volvía a preguntar por ella. “Algo intuía… Mi suegro fue a verme y me dijo: ‘está bien, no te preocupes’… Hasta que mi hermano me confesó la verdad: ‘Verónica se fue’. Ella había sufrido un traumatismo encéfalo craneano, y murió de inmediato. Fue el minuto más violento de mi vida… Vinieron las culpas y cuestionamientos por qué ella y yo no?”.

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Ronald debió lidiar con el dolor de la pérdida y con la incertidumbre de desconocer su diagnóstico. Mientras eran los funerales de Verónica, él fue trasladado a una clínica santiaguina para ser operado. “Se había tejido una historia de la que no quisieron que participara. Hubiese preferido saber que el accidente me costaría una silla de ruedas. Jamás me dijeron que tenía una fractura de columna con compromiso de médula. Viví en una nube de mentiras piadosas”.

A la semana de operado, vino la etapa de recuperación donde por primera vez le hablaron de silla de ruedas. “Me quedaron las manos y me acordé de que era dentista, debía recuperarme rápido para trabajar y sacar a mis hijos adelante. Me interné en Capredena, donde me entregaron una rehabilitación basada en ejercicios kinesiológicos similar a la cubana. Nadie te enfrenta ni te dice que la fractura es irreversible. Mi carácter positivo, deportista y el desafío de los hijos me hicieron absorber el golpe”.

Readaptó su casa, y entre recuperarse y volver a la vida —dice—, pasaron nueve meses cuando amigos le ofrecieron un cargo gerencial en la Cámara Chilena de la Construcción. Al poco tiempo volvió a andar en auto, a viajar, retomó su consulta y las clases en la Universidad de Chile donde cumplió 40 años de docencia.

Con sus hijos no hubo recriminaciones. “Partimos con terapias hasta que a la tercera sesión nos dimos cuenta de que no la necesitábamos… Ellos sentían que su mamá los había dejado preparados… Mi hija mayor ocupó ese maravilloso rol… Ser padre y madre desde una silla de ruedas no es fácil, pude hacerlo bien porque la mía me enseñó a cocinar, a planchar, a defenderme solo. Sin embargo, la madre es irreemplazable en momentos como una primera comunión, matrimonio de un hijo o nacimiento de un nieto. Hay roles que puedes cumplir bien o mal, pero el ambiente familiar que creamos ha sido capaz de suplir la gran ausencia, con esos pequeños detalles que suman y que te permiten seguir caminando”.