ALICIA PUCCIO Y ALICIA  DOMíNGUEZ

Su melena rubia es la misma de sus tiempos de cantante, cuando Chile entero coreaba sus canciones junto al mítico conjunto Las Cuatro Brujas. La misma que paseó por todos los canales de televisión cuando las transmisiones aún se hacían en blanco y negro y los programas de talento aún no llegaban a la pantalla chica. Alicia Puccio dice que más allá de las apariencias, siente las mismas ganas de generar proyectos que cuando era una veinteañera. Imparable, en tiempos en que la mayoría de sus amigas optan por una vida más calmada, ella no se cansa de liderar la academia que creó hace décadas y por la que han pasado gran parte de los artistas nacionales.

“Soy feliz cuando hacen las galas de la academia y veo la cara de los alumnos y sus familias. Son momentos en que el sueño de ser artista se cumple para todos y es gratificante ser parte de ese proceso. Lo disfruto como el primer día”, confiesa. Desde Beto Cuevas a Myriam Hernández y de Daniela Castillo a Luis Jara, la enseñanza de Puccio es una marca registrada en la industria local. Amiga personal de Violeta Parra cuando la cantautora recibía el frío desprecio de la elite por sus letras subversivas, siempre creyó que el secreto estaba en disfrutar del trabajo. “Ahora formé una fundación para canalizar el interés por revalorizar nuestra música popular. Pero no te creas que soy muy estructurada, improviso bastante también”, explica, ante la mirada atenta de su nieta Alicia.

“Siempre la encontré lo máximo pero en los últimos años nos hemos acercado mucho más”, confiesa la hija de José Luis Domínguez, el director más joven que ha tenido la Orquesta Filarmónica de Santiago en su historia. “Encuentro que somos idénticas. Mi mamá es medio hippie pero yo soy igual a mi abuela. De hecho nos maquillamos en el baño. De chica me encantaba dormir con ella o jugar en la piscina. Siempre estuvo muy presente”, recuerda.

Aunque estudió estética, la veta musical fue más fuerte y es ahí donde proyecta su futuro. “De pequeña iba a la academia pero no me gustaban los otros profesores, yo sólo quería aprender con ella”, confiesa, minutos después de mostrar su talento con la guitarra. Y es a sus 21 años, Alicia no tiene duda de que ella será su heredera artística. “Quién mejor para continuar con su legado y hacerlo crecer. Por lejos, soy la más musical entre sus nietos”, dice, con una seguridad a prueba de balas que matiza con una sonrisa aún infantil. A pocos metros, Puccio sonríe y asiente. “En el último tiempo descubrí en Alicia una parada profesional, un estilo de trabajo que no le conocía. Me hace muy feliz que esté sacando a flote una personalidad más seria y empresarial. Yo creo que puede ser la genética”, comenta, antes de tomar la guitarra para recordar algunos clásicos de la discoteca nacional.

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MARY ROSE MAC GILL Y ANGÉLICA Y PAULA ALDUNATE 

Hace Pilates cuatro veces a la semana, come sano y sólo toma brut. De esa manera, Mary Rose Mac Gill mantiene el mismo semblante que la convirtió en una de las mujeres más luminosas de la vida social capitalina. Sin embargo, esta tarde para sus nietas regalonas luce más linda que nunca. Ella, coqueta, acepta feliz el piropo. Más aún, cuando estoicamente resistió la tentación de quitarse años del cuerpo que sedujo a varias de sus contemporáneas: “El botox y todos esos productos son de mal gusto. Te lo juro por mi madre que no me he puesto nada y tampoco me voy a poner”, dijo una vez, y cumplió.

Secundada por su pequeña Sofía, una salchicha toy que la acompaña en cada uno de sus pasos y a quien la gestora cultural le habla con una mezcla de dulzura y autoridad que sacaría aplausos del encantador de perros; Mary Rose irradia energía y vitalidad. “Vas a salir en las fotos y en primera línea”, le dice al can que no le mueve los ojos de encima. A su lado, la menor de la familia, Angélica, confiesa: “El amor por los animales lo heredé de ella”.  La aludida responde con un cariño en el pelo e inmediatamente con su inconfundible voz ronca le instruye cómo posar frente a las cámaras.

Recién llegada de la universidad, Paula las mira desde un rincón antes de sumarse a la sesión. Junto a su hermana logrará que aflore el lado más sentimental de la mujer cuya última aparición en la teleserie Pituca sin lucas de Megavisión generó impacto en las redes sociales. Más tarde, será la estudiante de Pedagogía quien reconozca las reacciones que despierta la madre de su madre. “Obviamente cuando saben que es mi abuela muchos piensan que es una persona que sólo está preocupada de los eventos sociales y ese tipo de cosas, pero ella es mucho más que eso, y rápidamente te das cuenta. Es culta, entretenida y súper divertida. Además, no tiene pelos en la lengua. Yo soy exactamente igual. Sabemos decir las cosas como las vemos sin disfrazarlas y eso a veces puede no caer muy bien”, cuenta. Sin embargo, afirma, hay otros aspectos en que ha sido clave. “Es una persona súper sensible frente a las injusticias que trata de ayudar a los demás y ser generosa”, cuenta. ¿El estilo? Por supuesto es algo que comparten, pero sin competir: “Ella tiene un gran sentido de la moda, en eso no hay quién le gane. Basta solamente con mirarla”, coinciden las nietas orgullosas.

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DELFINA GUZMÁN Y JAVIERA EYZAGUIRRE

La gran actriz nacional, emblema del teatro comprometido y de la comedia inteligente y sagaz, es para la fotógrafa Javiera Eyzaguirre simplemente “Titita”. Con ella vivió los primeros años y el día que se enfrentó el momento más trascendental de su vida buscó refugio en su hogar. “Me acuerdo que llegó, se sentó en los pies de mi cama y me dijo ‘te voy a contar algo pero no me vayas a retar, estoy embarazada’. La miré y le dije ‘hay que ponerse a tejer entonces’, qué más iba a hacer”, dice Delfina Guzmán, con la misma gracia con que cautivó los escenarios y la pantalla desde la década del sesenta.

La primogénita del actual ministro de Educación la mira con cariño y vuelve a contar la misma anécdota que se cuela en cada evento familiar. “Fue la primera en saberlo, mucho antes que mi mamá, y se portó increíble. Su máxima preocupación era ayudarme con todas las cosas prácticas, como que tuviera isapre y un buen doctor. La verdad no sé qué habría hecho sin ella”, dice, mientras la abraza. La actriz le acaricia las manos, le devuelve una mirada contemplativa, y susurra: “Yo adoro a esta niñita y su trabajo es francamente espectacular. No deja de sorprenderme. Ella es una maravilla”.  

La complicidad entre ellas es la de quien se reconoce hasta en las más mínimas manías, pero también la de dos mujeres que comparten la misma mirada del mundo.

Mientras posan para la cámara, la actriz desliza que podrían hacerlo desnudas y arranca risas… aunque está lejos de estar bromeando. “Ay Titita”, le dice Javiera. “Pero mijita si no hay nada más femenino y maternal que las pechugas”, responde la actriz, y rápidamente recorre con los ojos las murallas del estudio Fé, donde cuelgan cuadros con varias de las actrices que la acompañaron en más de 25 años de teleseries. “Dime que no es fantástico lo que consigue esta chiquilla, algunas ni parece que fueran ellas”, afirma, sin disimular el orgullo. 

Aunque una es rubia y la otra morena, cuando levantan el mentón y miran hacia el cielo parecen prácticamente idénticas. Hay algo en la fuerza de los ojos que no puede ser más que una manifestación genética de lo que las une. Una suerte de ADN combativo y transgresor.

“A mí la gente siempre me ha querido mucho, olvídate cómo me invitan, cómo llaman. Será porque digo las barbaridades más grandes del mundo que pocos se atreven a decir. No lo sé, pero soy así”, lanza la integrante del mítico programa de humor “La Manivela”.

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BERTA CORREA Y VALENTINA RÍOS

De edad inconfesable, Berta Correa ha sido siempre un referente de belleza y estilo en la escena social capitalina. Mucho antes que aparecieran los diseñadores en el firmamento de moda, ella misma creaba sus propios vestidos y trajes con una costurera que seguía al pie de la letra sus instrucciones. El resultado eran piezas únicas que cosechaban aplausos y que sus amigas le pedían, a ruegos, que les copiara. Ella, con su sonrisa delicada, accedía sin inconvenientes. Lo mismo le ocurría con las joyas que daba vida gracias a la ayuda de algún orfebre que sabía interpretar lo que dibujaba en su mente y luego llevaba al papel con la prolijidad de una profesional.

En estos tiempos no hay duda de que la industria reclutaría su talento tal como en el pasado las revistas la perseguían para publicar sus dibujos, con reseñas que elogiaban su originalidad y elegancia. 

Para entender a la productora de moda Valentina Ríos, nada mejor que conocer a su abuela. Juntas son una explosión exquisita de estilo y glamour en la que los más de 40 años que las separan encuentran un denominador común: feminidad en su máxima expresión. “Me encantaría llegar a su edad pero tal como ella. Es por lejos una de las mujeres que más admiro. Es ciento por ciento autodidacta, tiene múltiples intereses, ha hecho de todo, dime si no es genial”, dice la exitosa bloggera. “Su energía es inagotable y es súper inquieta. Camina de un lado a otro, no para. Es fabulosa”. 

A su lado, Berta no oculta el orgullo que le provoca que la hija de su hija Verónica siga sus pasos: “La búsqueda de lo bello nos ha unido siempre. Veo mucho de mí en ella y me encanta”. La unión estrecha se hizo más íntima con el paso de los años, más aún después del fallecimiento de una de sus hijas. “Fue un gran apoyo en ese momento y después. Nos entretenemos mucho juntas, somos muy compinches”, asegura la abuela. Aunque aún conserva su grupo de amigas, con las que se reúne continuamente, y le gusta moverse a pie si la distancia y el tiempo se lo permite, las actividades que realiza junto a Valentina se han convertido en sus predilectas. Un sentimiento que comparte la nieta que cada vez que puede se arranca a verla.

“Los momentos con ella los disfruto al máximo. Nos encanta salir a caminar por Providencia y el centro. Jamás nos vas a ver en un mall ni nada que se le parezca. Olvídate. Cuando salimos buscamos esas galerías antiguas, llenas de tiendas chicas, donde encuentras de todo. A ella además le encanta mirar lo que hay en ferreterías”, cuenta la orgullosa nieta.

Entre los viajes que más disfrutan, Buenos Aires lleva la delantera: “Mi abuela adora esa ciudad así que cada vez que podemos cruzamos la cordillera. Ahí es cuando me doy cuenta lo inagotable que es. Puede estar todo el día mirando vitrinas, salir a comer o al teatro y al otro día está como nueva, lista para seguir paseando”. 

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