Destruyendo mitos

El verano no perdona. El hechizo del sol estaba en los descuentos, a inicios de marzo del ’94, pero tuvo el poder suficiente para atrapar en Buenos Aires a Luis Bellocchio (47, director general de la agencia Dos Alas Bellocchio) y Oscar Lizarralde (47, publicista y VP de Grey Worldwide). Aunque este argentino y el uruguayo tampoco se resistieron. A veinte años de ese encuentro (del que memorizan cada detalle), no sólo puede decir que vencieron el fin de la temporada, sino que también superaron la maldición que cae sobre el lugar donde nació todo. 

Estaba escrito desde el día en que el charrúa se bajó del avión en la capital transandina: a las pocas horas pasó caminando, sin saber, frente a un joven diseñador de Quilmes que quedó flechado con este extranjero de gorra y sonrisa dulce. “Llegaba desde Chile, luego de trabajar tres años en Porta, con ganas de cambiar de rumbo. El plan era lanzar el club N.A.D.A. con un amigo”. Pero otro boliche fue el que finalmente le modificó la ruta: de vuelta a Chile y en compañía.

El tercer día en la Capital Federal —“un miércoles”, apunta Luis— se encontraron por azar en el ondero bar Morocco. Oscar, quien todavía no contaba que era gay, tenía un Bloody Mary en la mano cuando se acercó a la barra y le dio su teléfono al joven de ojos vivaces. Pero se alejó de inmediato. Ya animado por otras copas, fue a buscarlo, lo halló en la escalera y lo besó para huir rápido.

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“Yo lo llamé al otro día, ¡por supuesto!”, asegura el bonaerense. De allí partió una relación sin nombre que fue creciendo hasta que Oscar regresó a Santiago por una nueva oferta de trabajo.

“Me encontraba deprimido en Chile. Lo llamaba todos los días, hasta que un día le dije que se viniera conmigo”, agrega el publicista. En menos de un mes, Luis cerró el departamento y llegó a Pudahuel. Ahí estaba su uruguayo. Fue un 15 de septiembre, día que toman como fecha formal de aniversario tras ese inesperado beso de verano. Días de marzo que los reunió en un bar, un lugar que generalmente hace florecer romances sin destino, pero donde ellos tienen tallados sus nombres en la barra.

El argentino pronto entró al circuito y se unió a Marcos Silva para crear gráficas del canal Rock&Pop. “Desde un inicio esta ciudad nos trató increíble. Nos dio muy buena onda. Amigos de un círculo educado y que viajaba mucho, por lo que entramos sin problemas como pareja”, recuerda Lizarralde.

“¡Eran los ’90! Y Santiago crecía. Se abría a un ritmo pausado que fue perfecto para sintonizarnos como personas que se ajustaban a mostrar su sexualidad!”, explica el ejecutivo de Dos Alas Bellochio. “Nos desarrollamos como pareja”, agrega su novio. Luis le responde en broma: “Además, en esos años el gay estaba de moda. Era otra época: había misterio”.

¿Cómo se presentan en este siglo ‘sin disfraz’? “Como Luis, Oscar, mi novio. No voy a decir mi ‘marido’, si todavía no nos podemos casar…”, dice el uruguayo.

Y profundiza en la razón detrás del éxito que tienen como pareja: “Cuando estás en una relación gay hay que entender que estás con alguien como tú: con otro hombre. Por eso la complicidad con tu par es tan importante”.

“Nosotros somos demasiado buenos amigos —suma Bellocchio—, y por ahí va nuestro secreto”.

“Cuando estoy en la oficina —retoma la palabra Lizarralde— cuento los minutos para vernos en la casa. Reírnos y saber lo que cada uno hizo”.

Tras una carcajada, Luis lo mira y sigue: “La gente no entiende: llevamos veinte años sin parar de conversar. Eso tan simple nos hace felices”.

‘Enferma’ de amor

Todo por un baile frente al mar. Josefina Sutil (54) —o Cote, como es conocida entre sus amigos— podría resumir así el inicio del romance de su vida. La historia que comparte con Diego Hernán Vicuña (60) partió como una novela: en la playa que define el ADN de su familia, Zapallar. De un clan fundador del tradicional balneario, ella creció escuchando las historias de amigos y familias que vivieron coqueteos y conquistas en reuniones que se organizaban en las casas de veraneo. Aunque por su adolescente cabeza no se le cruzó la idea de que esa costumbre estival también la marcaría una noche de enero.

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Organizaron una fiesta en la Casa Subercaseaux. “Yo tenía mis ojos puestos en otro personaje esa temporada y Diego Hernán estaba en lo mismo con una amiga mía”, recuerda la publicista. 

“Pero yo la había visto un par de años antes. Mi hermano menor era su amigo y, en esa oportunidad, le dije: ‘¿Sabes? Me voy a casar con tu amiga. Pero adviértele que tiene que crecer un poco’”, añade el arquitecto y empresario.

Pasó el tiempo y se reencontraron esa noche. “Me preguntó si quería bailar con él y, pese a que andábamos con otras personas, pasó algo mágico… Fue sólo una canción y eso bastó. Nos enamoramos”. 

¿El tema de ese verano del ’75? You Are So Beautiful, de Joe Cocker.

Obviamente, como todos los relatos que valen la pena perpetuar generación tras generación, lo de ellos no siguió el camino tradicional. “Al otro día yo partía de ‘viaje hippie’ a Perú y Bolivia con Sebastián Alemparte y Max Vicuña”, continúa él.

“Y yo caí en cama. Estuve enferma todo el verano. Me bajaron las defensas después de ese baile”, ríe ahora Cote.

Ya en Santiago, con el colegio por delante, vino el reencuentro. Ella lo llamó y él se declaró. “Desde ahí nunca más nos separamos”, afirma Vicuña. Como adolescentes, primero pasaron por un pololeo de idas y vueltas que duró siete años. Hoy vienen llegando de un crucero por los hielos eternos. Una escapada romántica —“que no resultó ser nada fría”, bromea ella— para celebrar el 30º aniversario de un matrimonio que se inició en un cálido enero. Festejo que continúa en su casa de piedra en Las Cujas. Obvio.   

Al cerrar su historia Josefina dice: “Lo nuestro es como un milagro. Decir que lo que nos sucedió se trata de suerte es algo de poca fe”.

Estudiante en práctica

Libre, playero y sazonado. Así resumen Ciro Watanabe (34) y Romina Traverso (31) aquel enero de 2001 en Lima. Están frente al fuego, mientras su hijo Akki (5) juega con el celular antes de que su hermanito Kenzo nazca y revolucione la casa. En el papel es la postal de una familia clásica. Pero el jurado de Top Chef y su mujer tienen un anecdotario amoroso nada tradicional que partió ese verano.

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El afamado cocinero llegaba de Le Cordon Bleu. Iniciaba su carrera en Matsuei, restorán del elegante barrio San Isidro. Hasta que un día en la recepción apareció una jovencita que terminaba la carrera de Hotelería. La ‘niña en práctica’…

Romina era la anfitriona y pronto vio el interés de Ciro por salir de la cocina para ‘ayudarla’ con su tesis. “Hubo onda inmediata”, cuenta ella. “Bueno —él la interrumpe—, igual cada cual andaba en lo suyo…”.  Ninguno quería amarrarse.

“Lo veíamos como una amistad con ventaja. Algo del verano”, explica la mujer y consultora profesional de Watanabe. Salían del trabajo a la una de la mañana y buscaban comida. “Amamos la comida callejera”, explica Ciro. Se arrancaba a la playa con la estudiante en práctica, iban a conciertos y bailaban reggae. Un calendario full del que rescatan, entre cacajadas, la primera cita: “La llevé al cine… ¡a ver Bad Boys 2!”. Pronto se dio cuenta de que pocas podrían aguantar ese tipo de funciones…

“Hasta que llegó el momento en que ella quiso enseriarse”, la molesta con un cucharón en la mano. “¡Ocho meses después!”, replica la limeña. 

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Se convirtieron en novios, pero mantenían el secreto. A la madre de Traverso no le alegraba el pretendiente. “Mi familia es muy tradicional y no veían futuro en una carrera en la cocina”, explica frente a su marido, hoy estrella internacional. Otro paso escondido de Romina fue vivir con él, hasta que la madre pidió ‘formalizar’. El 2007 se casaron. “No por presión. Me daba lo mismo, pero quería hacer feliz a Romy”. Y continúa la declaración de amor: “Dicen que cuando el plato queda salado es porque el chef está enamorado. A mí me gustan mis recetas con sal…”.

Trabajos de verano

“Somos los únicos sobrevivientes”. La senadora por Magallanes Carolina Goic (42) coincide en la corta vida que tienen aquellos amores playeros. Lo dice desde la experiencia. Por eso, sabe que su relación con Christian Kirk (44) desde el inicio tuvo buena estrella, ya que no sólo superó el regreso a clases, sino que también la distancia: ella retomó los cuadernos en Santiago y él en Coquimbo.

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En enero del ’93, en vez de regresar con su familia a Punta Arenas —tras finalizar su primer año de Servicio Social en la Universidad Católica—, la parlamentaria emprendió hacia el sol playero como voluntaria en los trabajos de verano. Se sumó a un programa ecológico. “Nuestra campaña se llamaba Playa limpia, verano feliz”, revela con risas el eslogan a CARAS, en su oficina de la sede del Congreso en Santiago.

“Yo estaba a cargo, como jefe de grupo”, agrega al teléfono Kirk desde la XII Región. “Partimos en Las Cruces —sigue— y terminamos los trabajos en Totoralillo”.

Más de dos meses felices de madrugar, conocerse y bailar salsa en las cabañas donde el grupo se quedaba y entretenía. “Así de especial, un voluntariado en que conocí a mi marido”, recuerda mirando imágenes de esa temporada y de la familia —que completan sus hijas Catalina (11) y Alejandra (7)— que tiene con este biólogo marino. Las fotos están como en una línea de tiempo en un solo marco que armó él.

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Es una vida especial, cuenta este profesional del programa de Turismo de la Universidad de Magallanes. “Todo fue rápido. Ya el 6 de febrero, cuando llegamos al norte, empezamos formalmente”.

Goic apunta que en esos tiempos no sabía qué venía tras el verano. “Ella volvía a Santiago —complementa Kirk— y yo me quedaba estudiando en Coquimbo. Todo era muy incierto, porque no había comunicación instantánea como hoy. Así que nos relajamos y nos jugamos a ver si resultaba. Nadie daba un peso”.

La senadora da como ejemplo: “Fuimos varias parejas las que pololeamos en ese voluntariado. Sólo nosotros logramos permanecer”