Mauricio y Marie: Contigo cebolla y sashimi

Este chileno siguió por medio mundo a su japonesa amada. Hizo todo lo que estuvo a su alcance para estar con ella. llevan 9 años juntos y son la confirmación de que cuando hay amor todo es posible.

Todo partió en Rapa Nui. El lugar más fácil para enamorarse del mundo, pero donde pocos romances sobreviven el verano.

La primera vez que Mauricio Palazzo vio a Marie Wanibe tenía 33 años. Ella 21. Él, vivía hace ocho meses en la isla y era dueño de su propia revista. Ella, viajaba por el mundo y estaba en su segundo día de una visita que duraría cuatro. Se encontraron por azar en la plaza principal, a donde Mauricio esperaba al autoproclamado rey de la Isla, y Marie, la única asistente al evento, llegó por casualidad. “Venía pedaleando desde Anakena, hecha bolsa, y paró a descansar. La vi con sus ojos almendrados, su pelo negro y como en las películas dije: “la tengo que conocer. Es la mujer de mi vida”. La invitó a tomar una cerveza, que incluyó un “beso cuneteado” en las afueras del hotel. Al día siguiente volvieron a juntarse. Y en la mañana posterior, la acompañó al aeropuerto. Marie retomaría el viaje. Hasta que él hizo la pregunta correcta: “¿Por qué no te quedas?”. Ella cambió el pasaje. Fue la primera, de siete veces. Pasaron así dos meses. Hasta que llegó el momento de partir. El día anterior Mauricio recuerda haber pensado que quizás el romance quedaría ahí. Hasta que una vez más se atrevió con otra pregunta: “¿Qué necesito para seguirte?”. “Siete mil dólares”, respondió ella. Mauricio apenas tenía 200 mil pesos. Vendió todo. Se consiguió un crédito y con lo que cabía en la mochila siguió a Marie. “Me fui a elaborar una nueva vida con ella”.

Viajaron por el Sudeste Asiático, India y China durante seis meses. Hasta que Marie, por su abuelo enfermo regresó a Japón, pero junto a Mauricio.

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Con una visa de turista accedió a trabajos de inmigrante ilegal. Cantaba en las calles, hacía clases de castellano. Le alcanzaba para pagar una pieza de dos por dos y no siempre para comer. El regreso a Chile era inminente. Hasta que un lunes antes de partir, conoció al editor de una revista japonesa, fanático de Violeta Parra. El le ayudó a conseguir una visa de periodista. Con eso pudo acceder a mejores puestos: maestro pizzero, con jornadas de 12 horas y sólo media hora de descanso y sin comida. Después de copero, en un topless de la Yacuzza. Marie también trabajaba 12 horas, en comida rápida y en tiendas de mall. Se trasladaron a un departamento de doce metros cuadrados, en el centro de Tokio, que fueron armando con lo que la gente botaba. La jornada era extenuante. Todas las mañanas desarmaban el futón de una plaza y de lunes a sábado sólo se veían para dormir. El choque cultural comenzó a hacerse más fuerte. “Para los japoneses es de mal gusto expresar las emociones, entonces cuando peleábamos, Marie siempre estaba callada. Todo eso dificultaba más las cosas”. Sin embargo, la adversidad no le ganó a la pareja. “Llegábamos llorando de cansados a la casa. Sin comer, y sin plata. Sólo teníamos el domingo para vernos y pasear. Eramos inmensamente pobres, pero también inmensamente felices. Lo único que queríamos era estar juntos y con eso bastaba. Sentíamos que Japón no nos podía ganar, que nuestro amor era más fuerte. “Para ninguno era una opción claudicar”. Por el idioma, esa idea no se podía verbalizar, pero nos mirábamos y sabíamos que era lo que deseábamos”.

Decidieron casarse. Pero el padre de Marie, policía en Nagoya, se ponía colorado cada vez que veía al chileno. “Me hará sashimi con la katana”, pensaba. Siguiendo la tradición japonesa, Mauricio fue a pedirle la mano. Marie discutió casi tres horas con sus padres, hasta que él interrumpió, entrando de rodillas a la pieza. “Estoy enamorado de su hija”, exclamó. Y la madre de Marie, le preguntó si de verdad quería quedarse en Japón para tener una mejor vida o por amor. “Yo vivía en una isla idílica, comía todo lo que quería. No me interesan los samurái, odio el animé, odio estar en Tokio, es horrible donde vivimos y créame que si aguanto acá, es porque me enamoré de su hija”, le dijo a la suegra. Y todos quedaron en silencio.

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Se casaron en febrero del 2009. En una ceremonia típica. Dos horas se demoraron en ponerle el traje de novio. No fue nadie ni de la familia ni de los amigos de Mauricio. Sin embargo, recuerda que mirándose frente al espejo decía: “estoy haciendo algo que jamás imaginé”.

Hoy llevan cuatro años en Chile. Tienen dos niñas: Mika (2) y Marina (dos meses). Marie y las niñas están en Japón, esperando a que la guagua —que nació con bajo peso— pueda viajar.

“No me equivoqué en seguirla. Ella no se equivocó en dejar que la siguiera. Aunque me casé con un Dios que ni recuerdo cómo se llama. Hemos aprendido un montón de cosas. Entre ellas, que cuando estás con la persona que quieres de verdad, todo es posible, aunque no entiendas una palabra de lo que diga. Hice de todo para estar con ella, y no la voy a dejar. Ahora están en Japón y las extraño tanto. Hablando de todo esto, me acuerdo de lo tremendo que ha sido, de que quiero envejecer con ella y de que esto es una gran historia de amor”, resume entre lágrimas.

Fernando y Sylvia: Como de cuento

El crítico de hoteles Fernando Gallardo se enamoró de la periodista Sylvia Bustamante en el momento en que la conoció. En el mismo lugar decidió que se casaría con ella y quince días después vino a vivir a Chile. A los cuatro meses le pidió matrimonio, pero ella prefirió esperar y cosió el anillo a una cortina mientras se decidía. Hoy viven juntos en Nueva York.

No era la primera vez que el crítico de hoteles y escritor español Fernando Gallardo visitaba Chile. Lo hacía constantemente por trabajo y también para esquiar y compartir con los amigos que tiene en el país. El viaje que realizó el año 2008 era uno más de los que mes a mes hacía por múltiples ciudades del mundo dando charlas y criticando hoteles. Esta vez, una entrevista cambiaría para siempre sus planes. La periodista e historiadora Sylvia Bustamante fue hasta el Hotel Ritz para entrevistarlo. “Llegó atrasado. Tenía un parche en el ojo, usaba moño y estaba vestido completamente de verde como un explorador. No tenía que ver nada conmigo”, recuerda Sylvia. “Apenas la vi, quedé obnubilado. Me excusé por llegar tarde, fui muy amoroso con ella y, para demorar más la entrevista, me remonté en mis respuestas hasta el tiempo de las cavernas. Necesitaba una excusa para volver a verla”, acota Fernando, quien no se detuvo en sus intentos por un reencuentro. “Durante la entrevista me invitó a Valparaíso, luego a esquiar, y al recibir siempre una respuesta negativa, me comentó que era amigo del chef español Ferran Adrià y que tenía una reserva en El Bulli y le gustaría que lo acompañara. Nuevamente le dije que no”, afirma Sylvia, quien reconoce que después de estas múltiples invitaciones entendió las intenciones de Fernando. “Como sabía, desde el primer minuto que yo me iba a casar con esa mujer necesitaba volver a verla. Le escribí varios correos con la dirección equivocada, hasta que ya decepcionado me encontré con su tarjeta de presentación donde estaba el mail correcto. ¡Eureka! escribí en el asunto. A los 20 minutos ya me había respondido con su teléfono y esa misma noche la invité a comer”, recuerda Fernando, quien desde entonces la vio a diario hasta su regreso a España. Tenía una semana para conquistarla. Y así fue. A los 15 días Fernando regresó a vivir a Chile. En el intertanto se mandaban mails cada día. “Ahí me conquistó por completo. Sus palabras, su escritura, su forma de ver la vida. Por mail y antes de su regreso, le dije te quiero”, confiesa Sylvia.

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A menos de un mes de conocerla, Fernando arrendó un departamento en el barrio El Golf para visitarla a diario. Aquí comenzó uno de los momentos más importantes de la relación. “Yo estaba separada hace ocho años y hasta ese momento, mis cuatro hijos no habían conocido ningún pololo. Los tres mayores eran adolescentes. Fernando era soltero y sin hijos. De a poco comencé a integrarlo en mis actividades sin presionar a nadie. Para él, este tema no era un hecho menor. “Cuando volví a Chile, sabía que quería vivir con ella y que eso significaría compartir con cuatro niños. Para mí era toda una experiencia, pero pensé que me enriquecería. Y al igual que con Sylvia usé una estrategia de conquista”, afirma Fernando.

Si bien se habían conocido a mediados de agosto, en noviembre del mismo año, él eligió un anillo de compromiso en Tiffany de Londres. Anotó el número y luego, en Tokio, lo compró y pidió se lo mandaran a España para traerlo a Chile. “Que el anillo haya viajado de un lugar a otro representa nuestra relación. Nos movemos mucho al igual que lo hizo el anillo”, señala Fernando. El 4 de diciembre, en la terraza de un restorán peruano —al igual que la nacionalidad de la novia— Sylvia pidió un postre y al levantar la campana se encontró con una caja celeste. ¡Sorpresa! “No se me había pasado ni por la mente. Nos conocíamos hace menos de cuatro meses. Fernando me puso el anillo, lo vi y me lo saqué. No era el momento. Había decidido que si volvía a casarme sería porque yo quería y no porque me regalaran un anillo. Fernando me pidió que lo conservara. No me atrevía a guardarlo en mi casa por miedo a que lo vieran los niños o me lo robaran. Por eso, lo cosí a las cortinas del living. Ahí estuvo un año sin que nadie lo viera”, recuerda Sylvia entre risas.

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Un año más tarde Fernando fue operado de un cáncer y Sylvia viajó a España a acompañarlo. “Cuando venía en el avión de regreso, decidí que quería estar con él. Apenas llegué lo llamé y ese mismo día descosí el anillo de la cortina”.

Al año siguiente, y en una ceremonia llena de simbolismo, se casaron. Hoy, viven en Nueva York junto a los cuatro hijos de Sylvia. Fernando la incentivó a que cumpliera su sueño y estudiara literatura creativa. Ya graduada está a punto de cumplir otro anhelo: abrir su estudio de florería en Manhattan.