Antes, los Viernes Santos se notaban. Eran días totalmente distintos.

Cuando éramos niños, allá en San Antonio, mi mamá se preocupaba de que el Viernes Santo fuera solemne, sagrado. Las persianas de mi casa en Barros Luco estaban cerradas todo el día. Los niños no podíamos jugar ni cantar. Trabajábamos todo el día, haciendo las camas o poniendo la mesa, y apenas nos permitíamos cantar las canciones de la misa (y solamente algunas).

No había televisión en ese tiempo (estoy hablando de la década del 50), y las radios, que sí eran muy importantes, sólo transmitían música clásica. Ahora, al recordarlo, me imagino que ponían mucho La Pasión Según San Mateo, de Bach.

Existía un profundo respeto por la festividad sacra.

(Estas cosas se han perdido: el respeto, el pudor. Las personas hablan a toda voz cosas íntimas en el metro, o ponen música a todo full. Uno se entera de muchas cosas que no quiere saber. El “respeto” y el “pudor” hoy son bienes escasos.)

En los cines de San Antonio: el Moderno de Barrancas, el Rex de Llolleo y el Centenario de San Antonio, sólo daban una película curiosísima, que vi (todos vimos) muchísimas veces: “Vida, Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo”, una cinta antigua en que los soldados romanos andaban como corriendo apuraditos por crucificar a Nuestro Señor. Era un filme hecho con infinito respeto: a Jesús sólo se lo mostraba de espaldas.

Varias películas antiguas eran así: no se atrevían a mostrar el rostro de Jesús de frente.

Recién en la década del 60 cambió eso, con “Rey de Reyes” (Jeffrey Hunter, un cowboy habitual) y “La más bella historia jamás contada” (Max von Sydow, quien después será el exorcista).

Ahí también, poco a poco se le fue perdiendo el respeto a lo sagrado del Viernes Santo, pero recuerdo uno de 1971 en casa de amigos, en que todavía en las radios solamente se tocaba música clásica.

Era lindo.

Era un ritual, de ésos que el zorro le enseña al Principito. Se sentía sagrado.

“¿Qué es un rito?”, dijo el Principito.

“Es algo muy olvidado”, respondió el zorro. “Es lo que hace que un día sea diferente de los otros. Que una hora sea diferente de las otras horas. Mis cazadores tienen un rito: los jueves bailan con las niñas de la aldea. ¡Entonces, el jueves es un día maravilloso! Yo me puedo pasear por todas partes. Si los cazadores bailaran en cualquier momento, todos los días se parecerían, y yo no tendría vacaciones”.

El Sábado Santo también era un día tranquilo, sin excesos.

Recién el Domingo de Resurrección, después de la misa, a la que los niños asistíamos con terno, camisa blanca y corbata, uno se podía relajar, volver a disfrutar y jugar. A la escondida, al pillarse, al alto, a las naciones, al luche…

Y correr, y reírse con los amigos.

A lo que hemos llegado es a que los días son todos iguales. Se han perdido los “ritos”, como el Día del Trabajador Radial (el 21 de septiembre). Antes, tú ibas a poner tu radio favorita, y no funcionaba ese día: quedaba una sola de turno, la Cooperativa, ponte tú, y todos los demás trabajadores radiales se iban a un asado al Cajón del Maipo.

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