La mujer se transforma. De ser una linda, regia, estupenda pasa a comportarse como una loca de temer: rechazaron su receta para comprar Ravotril. Entonces comienza a usar su cartera –de no menos de dos millones de pesos– como un arma.

Primero intenta golpear al vendedor de la farmacia, luego al químico farmacéutico que viene en su auxilio y, por último, con la cadena del bolso arrasa con los productos para tratamientos capilares exhibidos en la parte superior de una góndola.

El guardia no interviene. Imagino que tiene instrucciones de no meterse en estos casos. “¡Descriteriados!, ¡descriteriados!, ¡coludidos!”, grita mientras abandona el lugar.

Las cámaras de seguridad, supongo, graban la escena, pero ella está en otro mundo, en una galaxia lejana. O sea, en el universo de la desesperación ante la perspectiva de pasar la noche sin su cuartito de pastilla.

Yo observo con malsana curiosidad detrás de una repisa con ofertas. Ni tan lejos, como para perderme el espectáculo, ni tan cerca como para que me llegue un carterazo por ‘sapa’.

Son casi las 11 de la noche y me encuentro en una farmacia de turno ubicada en un barrio en extremo pituco al que debí partir a comprar un antibiótico para mi hija.

¿Pude haber sido yo la desequilibrada? Sí, yo o cualquier chilena(o) porque esto también vale para el que tira el auto encima o se salta la fila del supermercado.

Es final de semestre y se siente el estrés acumulado. La atmósfera es densa y cunde la desconfianza. El punto es que somos seres sociales y la cohesión que nos permite sobrevivir en una naturaleza hostil se basa en la confianza que depositamos en los otros. ¿Y qué pasa si esta comienza a fallar?  Nos sentimos amenazados, ansiosos y reaccionamos huyendo o atacando. A carterazo limpio…

(….)

Al día siguiente del escándalo ABC1, paso por la farmacia de mi barrio y comento el incidente. “Eso no es nada” -me dice con cara de cómplice el ‘vendedor amigo’- “Aquí, algunas señoras que andan tiritonas son más peligrosas que los flaites que asaltan. Con ellos uno sabe qué hacer y es raro que peguen si uno hace lo que dicen. Pero con una pituca sin Armonil nunca se sabe… imagínase que a un amigo una vez le enterraron la tacha de una billetera en el ojo. Y también están las que amenazan con dejarlo a uno sin pega porque dicen conocer ¡hasta el que inventó la penicilina!”.

Le pregunto por qué rechazan las recetas y, como contando una infidencia, el casero me explica que desde hace unos dos años las farmacias cuentan con un sistema que detecta documentos emitidos por médicos ‘mulas’ y que ahora son muy estrictos con los psicotrópicos que necesitan receta retenida.

“Claro que esto también pasa en los sectores con menos lucas, aunque ahí llegan pidiendo el genérico nomás, el ‘clona’ (clonazepan) “, me comenta el vendedor como para ampliarme el panorama.

Y remata la conversación con una pregunta que me dejó con la bala pasada: “Y a propósito, señora ¿trajo su re-ce-ti-ta?”.

Esta vez no compré, pero apenas llego a mi casa me tomó mi 0.5 y me voy a la cama para no seguir pensando en que algún día podría convertirme en la ‘loca de la farmacia’.

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