Hace una semanas el vikingo y yo decidimos tomarnos unos días para nosotros dos, solitos. Y considerando las ventajas de que los hijos crezcan, sentir que son lo suficientemente independientes y están en un lugar seguro, nos compramos un par de pasajes para un destino en el que nunca habíamos estado y queríamos conocer: Jerusalén.

Un sábado casi de madrugada tomamos el avión y al mediodía estábamos en Tel Aviv. Cuarenta minutos después abríamos la puerta del apartamento que arrendamos a través de Airbnb (somos unos tremendos entusiastas de este servicio). Allí estábamos en pleno corazón de la llamada Tierra Santa, con unos deseos enormes de verlo todo y hacer mil cosas.

Una semana después, ya de vuelta, en Copenhague seguíamos degustando la sensación de la lista interminable de experiencias que deja caminar por las calles ‘donde todo comenzó’, como dicen algunos. Anduvimos por la Vía Dolorosa una y otra vez; pasamos cada estación hasta llegar a la Iglesia del Santo Sepulcro.

En plena Cuaresma estar allí cuando se reabría el Edículo del Santo Sepulcro tras nueve meses de trabajo de restauración se sintió como una bendición; créanme en este mundo nuestro tan profundamente dividido, ver allí a las autoridades eclesiásticas de las tres confesiones cristianas que custodian el lugar (católicos romanos, griegos ortodoxos y armenios ortodoxos) juntos entregando a los fieles el resultado de un trabajo que fue posible gracias al consenso que lograron hacer y que había sido imposible desde 1810, ¡fue esperanzador!

Ahora se ve nuevamente el color original rosa de su mármol, los frescos y los detalles de las inscripciones y allí, sobrecogidos, el vikingo y yo apretamos nuestras manos tomadas en silencio y sintiendo una emoción compartida que nos preparaba de una manera especial este año para celebrar la Pascua de Resurrección. Estuvimos también en el Muro de los Lamentos, uno de los lugares más venerados por los judíos y visitamos el Domo de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa, el tercer lugar sagrado de la religión musulmana tras la Meca y Medina. ¿Cómo no sorprenderse y emocionarse?

No se puede sino decir que es un destino que fascina; no deja a nadie impávido, sobrecoge, tiene una “santidad” que se siente hasta en el pequeño café que no se llama “Hard Rock” sino “Holy Rock”, y que encuentras en una de esas callecitas mínimas, repletas de vendedores en la Ciudad Vieja, tras entrar por la puerta de Jaffa.

Caminamos hasta el agotamiento. Vimos la gran parte de los lugares que están en las guías y descubrimos otros tantos en los barrios judío, cristiano, musulmán y armenio y donde caminamos sintiéndonos seguros y acogidos. Todo va cambiando, rápido muy rápido, de una calle a la otra, de una religión a la otra, de un ambiente a otro, horas de completa soledad y silencio, horas de gentíos y ruidos incontrolables. Se siente una paz maravillosa pero se vive también el conflicto de la región con militares armados como parte de la imagen normal de la ciudad, todo el día, en cualquier esquina, en el café y en un mirador.

Comimos unos falafel y un humus de sueño, aprendimos de halva y tahina en el mercado de Mahane Yehuda y probamos unos exquisitos quesos, panes y dulcería tradicional; sabores locales y sabores fusionados de todos los rincones del mundo, para un festín para la vista y el paladar. Disfrutamos también de un festival “Sounds of the Old City” con 8 escenarios en distintos lugares de la Ciudad Vieja, donde disfrutamos de música tradicional, pop, rock y clásica del repertorio regional e internacional ¡una suerte y un lujo para disfrutar por la tarde-noche en un ambiente casi mágico!

Esas caminatas, esos días solos, se sintieron como aquellos lejanos días en Corea cuando recién estábamos conociéndonos, cuando no éramos padres ni teníamos las responsabilidades prácticas del día a día. Fueron días también para reconquistarnos y pensar en el otro, no porque no quisiéramos pensar en el resto de la familia, sino porque es saludable también mantener esos momentos para dos, conversar de todo entre la tierra y el cielo, reírnos y estar en desacuerdo en paz sobre el siguiente destino en la aventura del día.

Las experiencias son inolvidables y las emociones complejas, pero al final -casi como siempre-, el viaje se sintió corto y nos subimos al avión pensando ya en cuándo volver, esta vez no en pareja sino en familia. Los estímulos fueron hermosos, sorprendentes, conflictivos, encontrados y difíciles o largos de procesar… por eso necesitamos un viaje más o varios más, porque bien sabemos que cada viaje abre más la curiosidad y el ansia de aventura. Así es. ¡Nada que hacer!

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