Descubrí —o quizás admití— que soy igualita a mi suegra. Algo así como ‘separadas al nacer’.

Resulta que José Ignacio (un mamón redomado, como el 90% de los chilenos) me pidió ayuda con el regalo para el Día de la Madre porque ambas tendríamos, según él, ‘un qué sé yo y gustos parecidos’.

Sin entender de inmediato la gravedad de sus palabras, partí donde una amiga diseñadora de joyas para encargarle un prendedor. Ella, la joyera, tomó un atado de perlas, como imaginando el broche, y luego de probármelo, me dijo: “si a ti te queda, seguro que a ella también”. Acto seguido me pasó un espejo y ¿qué vi?, la versión 2.0 de la madre de José Ignacio.

Aparté la imagen con espanto y pensé que mi marido era un cochino, un degenerado, un Edipo cualquiera que buscó en mí el objeto en el cual descargar sus oscuras pulsiones eróticas no resueltas en la infancia.

Todos —o casi todos— saben del Complejo de Edipo, la etapa del desarrollo sicosexual del niño en que se enamora de la madre. Sin embargo, en algunos ese vínculo no se termina por romper. Se quedan pegados, fijados y buscan una mujer que, a la larga, termine siendo como la mamá. Esto último no me molestaba tanto. Lo que me trastornaba era pensar que cada vez que José Ignacio y yo nos concentrábamos en los santos deberes de procreación, él se imaginara que estaba con mi suegra. No descarto que mi rollo sea propio de una mente cartucha y distorsionada, pero no puedo ir en contra de mi naturaleza, reprimida hasta la perdición.

suegra2

Mi obsesión empeoró cuando mi amiga liberada, la sicóloga pachamámica, me citó estudios que demostraban cómo los hombres preferían mujeres con mandíbulas casi idénticas a las de sus madres (Tamás Bereczkei). Entonces, en un nuevo chequeo frente al espejo, descubrí con espanto que con la Nena (así se llama la mamá) compartíamos un hoyuelo en la pera. Freud —pensé— debe estar muerto de la risa comprobando sus sucias teorías en el infierno. La investigación de Bereczkei fue desacreditada, pero no los estudios clásicos sobre cómo el olor de las madres roedores determina durante la lactancia las preferencias sexuales de las crías (Fillion and Blass).
Fue así como decidí tenderle una trampa a mi ratoncito.

Una noche me puse la clásica bata con la que mi suegra nos espera cuando le dejamos a los niños (se la ‘robé’ del baño el día anterior). Luego me tapé con la sábana y dejé una pierna afuera, así como insinuándome. El plan no falló y enseguida tenía a José Ignacio encima convertido en una rata de laboratorio, pero una rata on fire.

Para ser honesta, esa noche el sexo no fue ni mejor ni peor que lo de costumbre, por lo tanto, deduje que no existía ninguna insania edípica en su comportamiento. Hasta que, al otro día, recogió la bata del suelo y sin sospechar sobre mi plan me dijo: “Gracias mi amor. Buena idea regalarle una bata nueva a la mamá junto al broche. ¡Cuidado que se están pareciendo cada vez más!… Y simpático lo tuyo de gritarme anoche: ‘soy tu queso ratoncito’”.
Y se despidió riendo sin rollo alguno, el muy desgraciado.