Nací en Chile, en una sociedad profundamente patriarcal con serios problemas históricos de desigualdad en infinidad de áreas, en un tiempo que ahora sé es parte de la segunda ola del feminismo… y ya vamos en la cuarta. Mis dos hijas nacieron en los albores del nuevo milenio, en Dinamarca, en una sociedad profundamente igualitaria, donde aun así el debate sobre equidad de género y, en todo sentido, sigue siendo relevante y actual.

Ya les he contado que en mi casa el vikingo y yo no nos ayudamos, nos complementamos. Así de simple. No se trata de un tema de género -él, hombre y yo, mujer- sino de dos personas con talentos e intereses distintos que se conocen, se aman, se respetan y colaboran. Y, de verdad, creo que la clave está en el respeto que sentimos el uno hacia el otro en tanto personas, lo que nos hace asumir su masculinidad y mi femineidad como complementarios, lo que nos hace apoyarnos y aprender el uno del otro sacando lo mejor de cada uno. Eso es lo que han visto nuestras hijas y lo que las hace apreciar la importancia de empoderar los talentos de cada persona y lo valioso que cada uno es, más allá del género, edad, etnia, clase, discapacidad, religión o nacionalidad.

Dinamarca, ya lo he dicho, no es la panacea ni el paraíso: persiste la diferencia de salario hombre-mujer por el mismo trabajo, el permiso maternal sigue siendo mayoritariamente de la madre y juzgar a un violador no es fácil. Aun así, ya tienen un camino recorrido y con bastante éxito y sin perder de vista los desafío que todavía tienen que superar. Mi experiencia allí me ha hecho concluir que no hay “un” feminismo -único y absoluto- sino múltiples formas de luchar por la equidad de género y de vida, en general. Allá aprendí acerca de la interseccionalidad que, sin ser algo nuevo, ahora gracias a las redes sociales que globalizan las discusiones, ha ayudado a visibilizar temas como el sexismo o la discriminación de las minorías por los grupos privilegiados, que se transforman en desafíos diarios para un número importante de personas en el mundo.

En casa hay largas conversaciones, vehementes con frecuencia, sobre cualquier tema entre el cielo y la tierra. Siempre es una experiencia desafiante porque nuestras bases y raíces son distintas, y más allá de lo abierta de mente que me considero, vivo mi propio proceso de cambio e internalización; de muestra un botón a propósito de las polémicas del último tiempo: yo soy de piropos -no insolencias ni groserías-; mis hijas, los desaprueban profundamente. Eso también lo discutimos de a cuatro, vikingo incluido, y nunca llegamos a acuerdo, pero logramos entender nuestros puntos de vista.

Al ver la manifestación del movimiento feminista aquí, me sorprende la confrontación, descalificación e intolerancia que veo en algunos discursos. Me asusta el riesgo de que todo y hasta la forma de mirar sea normada y que se quiera descalificar a quien no piense como el que da el discurso. Creo que cada uno encuentra sus propios caminos y sus propias luchas en la vida y, en el caso del feminismo, para mí es un tema de igualdad de oportunidades en todos los niveles sociales, en el mundo público y privado; de representación equitativa por mérito y no por decreto; de la posibilidad de decidir sobre mi propia vida en el mundo en el que nos toca vivir, respetando y siendo respetada. Se trata también de deshacernos de estereotipos añejos y sentirnos seguras de quienes somos física y emocionalmente.

En mi vida ha habido hombres “olvidables” -como mujeres “olvidables” seguramente hay también en la vida de muchos de mis amigos-, así como los ha habido inolvidables. Ahí están mi padre, mis hermanos, mis sobrinos, muchos amigos y mi marido, por ejemplo, que me han apoyado en cada idea loca o menos loca que he tenido y que me han dicho también en su minuto “no comparto tu opinión o tu decisión, pero estoy contigo y aquí voy a seguir”. Soy afortunada, lo escribo agradecida, y orgullosa también de ver crecer a mis hijas como feministas de la nueva oleada, con argumentos, con respeto y defensoras de la igualdad en su más amplio sentido.

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