“Los vecinos estaban eufóricos y yo les dije: ‘Esto es un desastre’. ¿Cómo pueden estar felices?’ En el pasaje en que vivíamos, nosotros éramos la única casa callada”. Pausa. Hace frío en la casona de lo que es hoy la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad, en la calle Erasmo Escala de Santiago.

Enrique Palet, nacido en Concepción, periodista, diácono, jubilado, 73 años, casado con la profesora Eliana Araneda, cinco hijos, es presidente de la entidad. Han pasado los años y han bajado los kilos: son muchos menos de los que tenía en los ’80 cuando era secretario ejecutivo de la Vicaría de la Solidaridad. Ocupó el cargo entre mayo de 1981 y febrero de 1989, bajo el manto protector y la mirada vigilante del cardenal Raúl Silva Henríquez. “Mal que mal”, remata con un tono de orgullo, “éramos la Iglesia Católica”.

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Su relato del día del Golpe —y todo lo que vendría después— se tiñe, inevitablemente, de un sepia intenso que da cuenta de un pasado violento. Pese al tiempo transcurrido, imposible evitar la urgencia de la memoria que no pide permiso y atropella: “Esa mañana fui rápido a la oficina a recoger documentación porque formábamos líderes juveniles en la Corporación de Desarrollo y Promoción Juvenil, en Providencia. No teníamos teléfono en la casa y le pedí al vecino que me prestara el suyo”. Tampoco tenía experiencia: “¡Esto no había sucedido nunca en Chile! No había precedente, todo se aprendía en el camino”, recuerda Palet.

El Comité Pro Paz (antecesor de la Vicaría, nació en octubre de 1973), con Cristián Precht a la cabeza. “El nos convocó como asesores de confianza; nos reuníamos en cualquier parte, en un café, en la casa de alguien, en la propia sede del comité de la calle Santa Mónica. El volumen de casos, de denuncias, crecía cada vez más”.

—¿Cómo describir ese clima?
—Al comienzo, de un fuerte impacto porque todo fue muy sorpresivo. Recuerdo el caso de un sacerdote que vivía en una población de Santiago, y una noche a fines de septiembre de 1973 golpearon a su puerta. Era una persona que, evidentemente, venía escapando, pidiendo auxilio. Ellos no sabían bien lo que sucedía, le dijeron que no podían recibirlo, pensando que se trataba de un delincuente. Le cerraron la puerta. Al otro día apareció muerto.

—La represión se extiende en los sectores populares.
—La Iglesia Católica chilena estaba muy inserta en ese mundo y lo que comenzó como un episodio aislado se convierte en algo de la vida diaria. Vivíamos en permanente emergencia. La gente empieza a organizar; la represión no hace una distinción religiosa. Surge la necesidad de institucionalizar esta ayuda; los pastores, los curas, se agrupan. Pinochet le había exigido el fin del Comité Pro Paz al cardenal Silva y éste acepta con la condición de que la situación de los derechos humanos mejore y le anuncia que la Iglesia Católica siempre estará muy preocupada de este tema. Gracias a Dios, las personas, los laicos que actuaron fueron claves y marcaron los criterios de actuación que se fueron adoptando en el tiempo. El acoso era creciente; mucha gente que trabajaba en la Vicaría fue arrestada.

—¿Tuvo dudas de aceptar el cargo?
—Tuve. Y no sólo por ese cargo sino porque estaba metido en diversas actividades, complejas. Hacía clases en un colegio importante, estaba muy involucrado. Sabíamos todo lo que estaba pasando: muertes, desapariciones, presos, torturas. Juan de Castro, el vicario de entonces, dos veces me pidió que aceptara el cargo, en reemplazo de Javier Luis Egaña. Le dije que no porque sentía que mis condiciones personales no eran las adecuadas. Yo no soy líder, nunca lo he sido. No es mi vocación y sentía que la Vicaría necesitaba un fuerte liderazgo. Juan insistió una tercera vez.

—Qué rogado…
(se ríe)
—Hice el método de discernimiento, de acuerdo al formato cristiano de San Ignacio. Me encerré una mañana entera hasta que logré liberarme de mí mismo y hacerme disponible, liberarme de todas mis razones. Yo aprendí de un jesuita que cuando a uno le ofrecen algo como esto uno debe siempre decir que sí, salvo que tenga una razón muy poderosa para decir que no. Y la busqué desesperadamente pero me quedé sin razones. Mi fe me llevó a aceptar al final.
Palet no renunció hasta después del Plebiscito del ’88.

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Fueron años en que se vivía en peligro. Las amenazas a la familia y a él eran frecuentes. Tuvo protección policial frente a su casa por un año, por orden de la Corte de Apelaciones. “Tres de mis hijos, menores de 18 años, habían hecho úlcera digestiva, sin antecedentes en mi familia. Fueron arrestados en manifestaciones estudiantiles, como tantos otros. Tratábamos de llevar una vida normal, no era fácil. En una oportunidad tiraron una gran cantidad de bolsas de sangre, de animal, supongo, en la puerta principal. Otra vez mandaron un paquete con una cabeza de chancho con una cruz en el centro de la cabeza y una bala de fusil incrustada. El carabinero que defendía mi casa recibió tres balazos”.

Sin embargo, asegura que nunca pensó en exiliarse porque “no lo consideré necesario, jamás me lo planteé ni me lo pidió mi familia. Mi mujer y mis hijos estaban comprometidos conmigo”. Pero su trabajo, admite, tuvo un costo e incidió en la decisión de dejar Chile. Cuando le ofrecieron —a comienzos de 1989— un trabajo en Holanda en una organización católica de ayuda al desarrollo y derechos humanos, él aceptó. Parte con Eliana y su hijo menor de 15 años. “Tras el Plebiscito, estaba claro que venía un cambio profundo en el país. Llevaba ocho años tomando decisiones sobre la vida, la libertad de personas. Sentí que no era el indicado para abordar el nuevo periodo que se avecinaba”, recuerda.

Poco a poco, la familia recupera el sabor de lo cotidiano. “A las dos semanas de haber llegado, estábamos un día en un parque con mi hijo, jugando a la pelota. Era un día precioso. El se acerca a mí, me da un fuerte abrazo y dice: ‘No sabes, papá, lo contento que estoy de verte con luz de día’”.

—¿Cuál fue el periodo más difícil?
—Todos los años fueron difíciles. El periodo más cruento, como trabajadores de la Vicaría, fue marzo de 1985, con el asesinato de José Manuel Parada (sociólogo PC, encargado del centro de documentación de la Vicaría). Traumático, doloroso, sobre todos nosotros tuvo un impacto emocional enorme. Al mismo tiempo, implicó un compromiso muy fuerte, y no sin temor. Ese fue un tiempo de mucha represión, sentimos miedo, rabia…

—El trabajo de la Vicaría despertó credibilidad y adhesión en diversos sectores. No todos entienden cómo mantuvo sus puertas abiertas en plena dictadura.
—En el pueblo chileno existe cierta cultura cívica que debe haber funcionado de alguna manera. Fue importante la actuación de la Iglesia Católica en Chile y el resto de las iglesias cristianas y comunidades religiosas en su defensa de los derechos humanos. Ningún caso asumido por la Vicaría fue desmentido o refutado. Las dos o tres veces en que nos equivocamos le pusimos arreglo. Esa seriedad de criterio convenció al mundo entero.
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—¿Qué contesta a quienes sostienen que el trabajo de la Iglesia Católica en esa época estaba sobredimensionado, que asumió roles que no le competían?
—Lógico que estaba sobredimensionada, pero desempeñó el papel que le corresponde, precisamente, de acuerdo con el Evangelio, con su mensaje y misión. Es cierto que ocupó papeles que no le correspondía en la sociedad chilena porque los que debían hacerlo estaban impedidos de ejecutar esas funciones.

—¿Cómo ve a la Iglesia Católica hoy en el país?
—Está redefiniendo prioridades. Después de ese periodo, la Iglesia ha ido devolviendo a la sociedad sus espacios, enhorabuena. Está repensando su forma de actuar, después de la crisis por la que ha atravesado. Su credibilidad ha recibido golpes fuertes, junto con los partidos políticos y las empresas en Chile.

—A 40 años del Golpe, ¿cuál es su reflexión sobre lo que ocurrió?
(suspira profundo)
—Yo creí que el Golpe era evitable en el diálogo que tenía Bernardo Leighton con Salvador Allende y que estuvo a horas de madurar. Si eso hubiese ocurrido, Chile podría haberse evitado todo ese dolor. Yo apoyé a los trece democratacristianos que firmaron la carta oponiéndose al Golpe. En ese tiempo era militante DC y tuve cargos de dirigencia.

—¿Creía que los militares se irían luego?
—Así es.

—¿Chile es un país reconciliado?
—Creo que la gran mayoría de los chilenos condena hoy la violación a los derechos humanos. Pero no siento que lo que ocurrió no podría volver a ocurrir. El ‘nunca más’ no está tan arraigado como se cree. Institucionalmente sí, pero advierto un clima creciente de polarización, que tiene raíces legítimas. Uno sabe constatar esa atmósfera pero ignora dónde termina el malestar. Esa es mi inquietud, y obedece a que la sociedad chilena que no ha sabido abordar el descontento debidamente. La institucionalidad ha tenido desarrollo en la estructura social y política, las lecciones se han ido recogiendo, pero no todo lo necesario.

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—Hay chilenos que aún desconocen o se niegan a creer que hubo violaciones a los derechos humanos y detenidos-desaparecidos.
—Es posible. En todas partes del mundo, en Europa hay gente que aún cree que la persecución a los judíos fue una invención. Ahora, se podría hacer más. En Chile existe un creciente individualismo y eso es muy peligroso. Porque los derechos humanos están construidos sobre la base de una conciencia social y comunitaria.

—¿Volvería a hacer lo mismo?
—Sí, ahora con más conciencia que entonces.