Bailaba con la misma elegancia con la que diseñaba cosas, así era Enrique Concha Gana. El arquitecto que como decía Lafourcade parecía construir con sus manos ciudades hechas con aire marino. Su hazaña fue anticiparse, conectar lo ancestral con una sociedad que comenzaba a crecer mirando las grandes capitales de la moda. Cuando presentó el interiorismo del hotel Araucano en Concepción impactó por mezclar modernidad y estética mapuche. En las paredes, maderas nativas, motivos indígenas y más de mil lámparas de fierro forjado que hizo con chatarra de la ex CAP. Los muebles de una sola pieza eran de madera de avellano, peumo y canelo. En el diseño textil especializó una línea de treviras que mandaba a hacer a la manufacturera Yarur. Añadió filigranas y rúbricas de inspiración indígena en vestidos, pantalones y túnicas para una mujer que entendía la sofisticación a partir de las raíces. Soñaba con importar esas telas y crear un taller multidisciplinario llamado Orongo: un edificio octogonal de mil metros cuadrados para que treinta artesanos de excelencia trabajaran sobre el mar.

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Ese sello creativo lo compartió con otros grandes de la moda nacional como Marco Correa y Nelly Alarcón. Recolector de aguayos, tejidos y textiles precolombinos, era común verlo con sus amigos Horacio Walker y el fotógrafo Bob Borowitz por las playas de Reñaca o en los lagos del sur. Juntos partían en una camioneta y, a bordo, los diseños y joyas que elaboraba minuciosamente en plata. Buscaban mujeres lindas que, sin ser maniquíes de pasarela, se sintieran representadas. Esas fotos después eran publicadas en revistas de la época y así nacieron modelos como Puchi y Rebeca González.

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Le preocupaba el bienestar de las personas y como alguna vez contó a la periodista Elena Vial, vislumbraba que el progreso material ponía en peligro el destino espiritual de las sociedades. Cuando expuso en el Museo de Bellas Artes, en 1978, inició la muestra con una viva declaración de amor a Valparaíso: “Equilibrio de urbe y naturaleza, de vida y de trabajo, lugar que escogí para encontrar la forma en mi camino”. Amaba esa ciudad por “esa luz y su geometría quebrada”. Esa vez también exhibió la recopilación de cuatro años de trabajo como si se tratara de una unidad de sus múltiples oficios. Con su cámara Hasselblad era capaz de fotografiar durante treinta días seguidos la puesta de sol y advertir los cambios de luces en trescientas diapositivas. “Hay que sufrir la realidad, padecerla, sumergirse en ella”, decía a sus amigos que lo visitaban en Galería Americana, la sala de arte y artesanía que fundó en Viña del Mar, no muy lejos de su maravillosa casa en Cerro Castillo y de su taller de pintura en Reñaca.

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Imaginaba el futuro con velocidad y audacia. “La arquitectura y la decoración tienen que hacer eco de quienes somos”. Cuando trabajó en el Hotel El Araucano dicen que sus obreros terminaron enamorados de lo que habían construido. Nunca les había pasado que vieran tanto del espíritu de su pueblo en una obra de construcción.

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Sabía reírse de sí mismo y contaba que su primer contacto con el arte tuvo un resultado desastroso. En el reverso de una acuarela de la colección de su familia, hizo un irreverente dibujo y le dijeron que no podía seguir con esos ‘monos raros’. En la adolescencia, se sabía ‘a ojos cerrados’ todas las fachadas que había entre los Padres Franceses en la Alameda y su casa en Pedro de Valdivia Norte. Luego vinieron los años en la Escuela Naval. “Más que disciplina y eficiencia, una experiencia impagable”. Fue enviado a la base naval Arturo Prat en la Antártica, donde junto a diez hombres vivió durante cuatro meses en un lugar mínimo bajo la nieve. “Acomodar y opmitizar el espacio interior”, era su manera de decir que no toleraba el término reducir. Salió de ahí decidido a ser arquitecto y estudió en la Universidad Católica de Valparaíso y después en la de Santiago. De la primera le interesaba el concepto poético del urbanismo impulsado por figuras como Alberto Cruz o Claudio Girola, quienes años más tarde dieron inicio a Amereida: la ciudad abierta de Ritoque. Cuando terminó la carrera, en lugar de trabajar en un estudio, se empleó un año entero como obrero de la construcción. “Me gusta trabajar aterrizadamente”. Creía en Dios y también decía que no había otro pensamiento espiritual que superara a la convivencia cristiana. Obtuvo la beca Doherty y llegó a trabajar al taller en Chicago de Mies van der Rohe, considerado uno de los cuatro pilares de la arquitectura contemporánea. Con él, hizo suya la idea Less is more

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Casado con Sara María Blanlot, una de las mujeres más lindas de la época, tuvo cinco hijos. “Mi marido era un libre pensador. Nunca tuvo una actitud crítica frente a los demás, prefería plasmar su pensamiento en obra”. En su casa recibía de todos los mundos: un día Pablo Neruda, otro Eduardo Frei Montalva, Julio Zegers, Joan Manuel Serrat y hasta Indira Gandhi que quedó encantada con su colección de  huaco y jarros pato. Su hija Carolina, que también se dedica al diseño, recuerda: “Cuando llegaba de un viaje nos sentaba a mirar cientos de diapositivas y nos contaba todo, a los seis años yo ya sabía quién era Gauguin. En la casa se respiraba arte”.  Los domingos recorría los bosques de Reñaca, con chal escocés y sandalias, captando colores y observando formas orgánicas. Su otra hija Tere, que recuperó los vestidos que su padre confeccionó en los años ’70 y que ahora ilustran las páginas de este reportaje, recuerda su afán perfeccionista. “Hacía pruebas en papel, después en tela y mandaba a estampar a Yarur. Luego trabajaba con una costurera de origen belga, Lina van Damme: le gustaba trabajar con ella porque era igual de detallista”.

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“Su coherencia marcaba todo”, dice su hijo Enrique,  hoy reconocido internacionalmente como interiorista. “Cada una de sus pasiones no eran mundos distintos. Su mirada refinada, culta y visionaria, tejía todo. Era discreto y su amor a Dios mayor. Murió joven, a los 49 años. Si hubiera vivido más, habría estado entre los grandes arquitectos de Latinoamérica”.