Hace unos días estaba viendo un muy buen documental sobre el cambio climático llamado Planeta en peligro, que trasmite Nat Geo. Me quedé helada cuando al preguntarle a un grupo de estudiantes adolescentes sobre si creían en la existencia de este problema, una joven muy sonriente señaló que no, que dudaba de su veracidad. Quizá ella no vive en la zona central de Chile donde las lluvias han sido esquivas, por no decir mezquinas en la época invernal; o tampoco en área de los huracanes o ciclones, los que ya no tienen una temporada específica sino que que aparecen casi en cualquier momento, y menos en las zonas cercanas de los polos donde los hielos se derriten en cámara lenta a causa del alza de la temperatura del planeta. Quizá simplemente prefiere no reparar en ese tipo de cosas y seguir adelante como si las cosas no existieran, imitando a una avestruz.

Como sea, el que no se dio por desentendido fue un líder espiritual para varios millones de habitantes de este mundo como el Papa Francisco. Él hace pocos días dio a conocer lo que se ha llamado informalmente la Encíclica verde, la carta Laudato SI, un documento donde habla nada menos que del cambio climático. ¿Pero qué hace un sacerdote, por muy líder de los católicos que sea, hablando de esto? Lo importante es que lo hable y si su palabra tiene influencia en otros, mucho mejor. Y sí tiene impacto. Es cosa de ver el espacio que han dedicado los medios al tema y como vino a reflotar en la discusión pública, al menos por unos días, lo que dramáticamente ocurre en varios puntos del globo. En su documento señaló refiriendo a nuestro planeta que “clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes”.

Me gustó su tono y sus palabras me recordaron otras, a las de un hombre que también eran líder, pero más pequeño, ya que guiaba una tribu de norteamericana que se atrevió a cuestionar los avances dominadores del blanco en tiempos de conquista. Fue el jefe indio piel roja Seattle, que envió en 1954 lo que se considera uno de los primeros manifiestos medioambientales en respuesta a la intención de compra de parte del gobierno.

Su carta dice “¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea es extraña para mi pueblo. Si hasta ahora no somos dueños de la frescura del aire o del resplandor del agua, ¿cómo nos lo pueden ustedes comprar? Nosotros decidiremos en nuestro tiempo. Cada parte de esta tierra es sagrada para mi gente. Cada brillante espina de pino, cada orilla arenosa, cada rincón del oscuro bosque, cada claro y zumbador insecto, es sagrado en la memoria y experiencia de mi gente.”

Eso es algo que durante años la humanidad ha ignorado. Es de esperar que ahora las palabras del Papa ayuden a crear más conciencia y que desde los mismos púlpitos donde se han condenado tantas cosas, se invite a respetar lo que aún nos rodea.

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