Florcita Motuda y Lucas Merlín: Complicidad cósmica.

“Mi papá junta historias, las mezcla y crea una”, dice Lucas Merlín, mientras, dudoso por la veracidad del relato, escucha a su padre hablar sobre la primera vez que tocaron juntos. Con sólo 15 años, debutó como bajista de la banda de Florcita Motuda en un concierto de Radio Horizonte. Ese día comenzaba su carrera musical, usando los mismos y coloridos esqueletos de cascos de construcción dados vuelta, que visten sus cabezas en la sesión de fotos.

Nació y creció entre armonías, instrumentos y compañeros del grupo de su padre —al cual hoy pertenece—, lo que generó las ganas ineludibles de hacer de la música su forma de vida. Pero, como en todo grupo de trabajo, han tenido más de algún roce. En este caso, ser el familiar más directo no lo libera de las críticas. “A veces nos enojamos y yo le he llegado a decir que me voy de su banda”, cuenta Lucas, mientras se abrazan y comparten un néctar de botella.
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Para Raúl Florcita Alarcón, tal como dice su carné, Lucas es más que su hijo, lo que ya es mucho. Y hace memoria para explicarlo: “había muerto un amigo mío y le dije al Lucas, que tenía 7 años: ¿Querís ir a ver un muerto?”. Lucas lo acompañó de inmediato. “Ibamos de la mano, o sea, él me llevaba de la mano a mí. Y el Lucas iba con un Súper 8. Se fue a la escala donde estaba el ataúd y se quedó mirando, con el Súper 8 en la mano. Pude ver a través de sus ojos”. Esa fue la imagen surrealista que los conectó para siempre. Y la música lo comprueba. “Yo no conozco a Raúl Alarcón, nunca lo conocí, mi papá es Florcita Motuda (…). Y ésta no es una relación padre e hijo, nosotros somos más que eso, somos cómplices”.

Cristián y Pedro Campos: Talento en las tablas.

“Era un sicópata”, recuerda el actor Cristián Campos. La descripción alude al endemoniado Iván Andrade, personaje que interpretó en la teleserie Marparaíso (1998). El mismo que marcó a su hijo Pedro, tanto como para no olvidarlo, incluirlo en el top ten personal y, años después, llevarlo a estudiar actuación. Pero no fue el único estímulo. Ver 20 veces la obra Art de Yasmina Reza cuando chico o ser también hijo de la actriz Claudia Di Girolamo, sumaron en una historia donde Pedro fue acercándose naturalmente a las tablas y, más tarde, a la televisión. “Siempre creí que sería químico farmacéutico”, comenta el papá, mirando a un hijo que hoy tiene un papel protagónico en la teleserie Graduados. “Jamás quise estudiar eso”, replica Pedro, entre tímido y seguro de haber escogido bien. Ambos se admiran.
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El apellido sirvió poco. Cristián asegura que la gente empezó a conectar el vínculo entre padre e hijo más bien tarde. “Sé que Pedro tiene algo que otros actores no, es la forma de estar en el escenario… y confieso que me produce algo de envidia”, comenta Coto, el experimentado vedetto que hoy se las trae en la teleserie nocturna Las Vega’s.
Cómplices de tiempo completo, no siempre pasan todas las horas que quisieran juntos. Por estos días, Cristián se divide entre el Teatro Camino, en Santiago, y la grabación de una teleserie en Viña del Mar. Cuando pueden, se arrancan al teatro o ven tele juntos: “miramos las teleseries, nos vemos actuar y pelamos a todos los que no están con nosotros”, dice el padre.

José Antonio y Antonio Neme: Periodismo en formato doble.

José Antonio Neme debe correr a la radio. Antonio, su padre, no tiene ningún apuro. El espigado lector de noticias y rostro de TVN habla rápido, agita las manos y mira el reloj de su teléfono móvil. Su progenitor, de terno impecable, juguetea y responde atento a las instrucciones del fotógrafo que inmortalizará la reunión familiar y periodística de los Neme. La acción ocurre en el mismo set televisivo donde, más tarde, se emitirá el noticiero más visto del país. Ambos saben lo que significa, ambos son hombres de noticias.
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Cuando José Antonio advirtió a su familia que estudiaría periodismo, el ‘no’ fue rotundo. “Lo vas a pasar pésimo, vas a ganar poca plata. No estoy de acuerdo”, dijo su padre, con la experiencia de casi 30 años como reportero de Canal 13. A la fecha, ya sabía de días sin dormir, coberturas inesperadas y momentos importantes lejos de los suyos. Un hijo haciendo lo mismo no parecía una buena alternativa.

“El periodismo es tan demandante, que me salté muchas etapas en la vida de mis dos hijos mayores. Los dejé niños y, de la nada, se convirtieron en adolescentes”, recuerda el clásico periodista deportivo, que hoy es concejal por la comuna de Maipú. Pero a José Antonio no le importó; la pasión por las comunicaciones venía en la sangre. Hoy, orgulloso de su trabajo y el de sus colegas, enarbola la causa de un periodismo libre y responsable con la sociedad.
“Vas a terminar en un quiosco, vendiendo diarios. Eso me dijeron cuando quise ser periodista”, recuerda Antonio. Parece que el bichito llegó y picó en varios lados: hoy tiene cuatro hijos y la menor de ellos ya cursa cuarto año de la misma carrera. José Antonio, el mayor (32), es una de las caras más reconocibles del canal estatal y voz en Radio Infinita. Antonio sigue ligado a las comunicaciones a través de las asesorías y, cómo no, de la política. A diferencia de su hijo, a él siempre le gustó más el trabajo en la calle.

Marcelo y Bruno Barticciotto: Pasión inevitable.

Bruno tiene 12 años y es el goleador del equipo que lidera el campeonato de su generación. Se inició en las canchas del Estadio Monumental, pero hoy defiende los colores de la UC. Cuando Marcelo Pablo Barticciotto, uno de los ex jugadores más emblemáticos y ex entrenador del club albo, dejó la tienda del cacique en 2009, su hijo no dudó en seguirlo. Nadie lo obligó. Fue una reacción motivada por la lealtad con su padre. Y así fue creciendo, bajo esa consigna. Bruno es de encarar, de tomar decisiones y marcar goles. A su edad, ya tiene la película clara: quiere jugar en el extranjero. Ese es su gran sueño. El Barti no lo presiona: “Si en algún momento quiere salirse, yo lo voy a apoyar”.
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Bruno marcó diferencias desde el colegio. Las habilidades en el juego y un creciente interés lo hicieron despuntar. Sus hermanos, ambos estudiantes de ingeniería, no alcanzaron a profundizar tanto una pasión que llegó como herencia. Marcelo reflexiona: “Es difícil que a un niño no le guste el fútbol”.
Barticciotto admira la velocidad de su hijo más pequeño y dice no temerle a las comparaciones odiosas que pueden llegar por el apellido. Dentro de la familia, todos saben que en el fútbol el talento se demuestra en la cancha.