Vestidos en tonos pasteles recargados con vuelos, fruncidos y lazos. La ropa elegida por la princesa Diana durante su primer embarazo fue una puesta en escena casi operática de lo que sería su maternidad. Dulzura, pero también capricho. Pasión e inestabilidad. Un cuento de hadas que se convirtió en tragedia.

Cuando se anunció que Lady Di esperaba al futuro heredero de la Corona, miles de mujeres imitaron su estilo. “Todo el mundo miraba como crecía mi panza”, confesó como si la curiosidad que despertara fuera para ella una sorpresa. Hasta que por fin William nació un 21 de junio de 1982 y cada uno de sus gestos, decisiones y omisiones fue analizado con la obsesión de un entomólogo.

Dos años más tarde, la gestación del príncipe Harry fue apenas un poco menos mediática. Pues bien, a veinte años de la muerte de Diana de Gales en un accidente automovilístico en París, esos niños que no conocieron lo que es correr por el barrio de manera anónima, podrán rendirle por primera vez en junio un tributo significativo y personal a su famosa madre: una estatua en los terrenos públicos del Palacio de Kensington. El homenaje tomó tiempo porque para ese fatal 31 de agosto William y Harry tenían sólo 15 y 12 años.

“Es momento de reconocer el impacto positivo de nuestra madre en el Reino Unido y en todo el mundo”, comentó el futuro rey y actual duque de Cambridge. “Ella tocó tantas vidas y esperamos que el monumento ayude a reflexionar sobre su legado”, agregó su hermano menor. De todos los honores que se le rendirán este año —entre ellos la exhibición de sus vestidos icónicos y un acto central liderado por su hermano Charles Spencer— el tributo de sus hijos es lejos el más esperado por los ingleses.

Sobre todo están atentos a la reacción de la reina Isabel, a quien muchos acusan de intentar manipular los recuerdos que sus nietos guardan de Diana. ¿Será reivindicada la memoria de la ‘Princesa del pueblo’, como la llamaban? Una fuente en el Hyde Park de Londres es hasta ahora el hito más importante levantado en su nombre. En su momento se dijo que se trataba más bien de una representación alegórica de la espontaneidad de Lady Di. Por eso, la decisión de sus hijos de encargar una escultura —que será realizada por un artista elegido por un comité— marcará un antes y un después en el culto a su figura.

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“Cuando mi madre murió sentí rabia”. La confesión del príncipe William a comienzos de este año durante una visita a un centro de ayuda a niños que han perdido a sus padres, marcó el tono que cobraría la conmemoración de los veinte años. Acompañado de su mujer, Kate Middleton, el duque de Cambridge intentó transmitir la importancia de conversar las emociones ante la partida de un ser querido. Sus palabras causaron sorpresa, pero no extrañeza.

“Nunca poder volver a decir mommy puede sonar como un detalle (…). Sin embargo, para muchos —me incluyo— es una palabra que sólo evoca recuerdos”, dijo a los presentes rompiendo el recato de la Casa Windsor. No faltaron quienes leyeron sus declaraciones como un intento de acercar la cuestionada institución monárquica al pueblo inglés. Pero más allá de la realpolitik, hay una historia de maternidad trágica que escapa a cualquier cálculo diplomático. A Diana le gustaban los niños. Lo dijo muchas veces su padre y también la directora de su colegio.

De hecho, trabajó en una guardería infantil. En una edición especial publicada por Newsweek se relata cómo quiso criar a sus hijos a su manera tensionando aún más su relación con el príncipe Carlos. Si este último quería llamar al primogénito Arthur, ella se inclinó por William; si al padre le gustaba Albert, finalmente se impuso Harry, “Abrazo a mis hijos a morir y me meto en la cama con ellos por la noche. Los alimento con amor y afecto”, declaró en una ocasión.

La publicación también destaca cómo desafió varias tradiciones al convertir, por ejemplo, a William en el primer miembro de la familia real en asistir a la educación preescolar regular. Quería que conocieran el mundo plebeyo, que visitaran hospitales y albergues y, fundamentalmente, “transmitirles seguridad”. Pero en todo este traje color rosa, hay también lazos enrevesados como los que adornaron sus vestidos maternales. Ahí está, por ejemplo, la biógrafa de la realeza Penny Junor (a quien algunos acusan de trabajar para el príncipe Carlos) que la describe como una madre manipuladora e inestable, inclinada a las pataletas y muy insegura, lo que habría incluso provocado que despidiera a una de las nannies de William debido al fuerte vínculo que los unía.

A este lado menos ideal, en nada contribuyó que la muerte la sorprendiera durante unas vacaciones en París, lejos de sus hijos, y acompañada de su entonces pareja Dodi Al Fayed. Aun así, despojada de vuelos y cintas, finalmente quedará la sonrisa de Diana mientras mira a sus hijos con un carisma capaz de romper la niebla de Londres.