La vida tiene sus vueltas y de pronto, sin programarlo, la rutina te cambia de un día para otro. Algo así me pasó cuando a mi hermano le devolvieron su departamento y que tras remozarlo se convirtió en el nuevo hogar que comparto con mi mini-vikinga. Así fue como, casi literalmente, de un día para otro nos fuimos de Las Condes al centro mismo de Santiago, a la zona de un referente capitalino: el Barrio Brasil.

Es cierto, no le di demasiadas vueltas al cambio, pero hubo bastantes opiniones con relación a lo lejos que quedaríamos de nuestro trabajo y colegio, o reservas en relación con la seguridad en el lugar, pero -cuento corto- nos cambiamos a comienzos de marzo y todo ha funcionado bien.

Estamos viviendo ahora en un barrio multicultural y no solo se nota en la cantidad de acentos que escuchas por la calle, sino por la oferta gastronómica que encuentras no solo en diversos restaurantes, sino también por la calle. Junto con el señor de las empanadas, hay también arepas y hasta tamales si de pronto te baja la tentación. Es un barrio sencillo con MUCHA onda. No veo pretensión ni fashion glamour, pero veo vida, un mundo heterogéneo y un toque del aire de provincia de mi infancia, quizás.

También ha sido inquietante ese reconocimiento concreto de las realidades que a diario se viven aquí y cuán ajenas son una de otra. Una burbuja, otra burbuja, que ni se tocan, no interactúan, quizás si se observan desde la distancia, pero como algo a lo que no se pertenece. Una sensación muy extraña, debo decir.

Es cierto que le falta a veces una mano cariñosa a la hora de evaluar la limpieza de sus calles y fachadas, pero hay también murales interesantes, intervenciones que le dan color y alma a esas avenidas y pasajes del sector. De una manera extraña quizás, yo que siento que Santiago hace desaparecer el tiempo y me estresa lo poco que logro hacer en solo 24 horas diarias, allí a veces las horas parecen trascurrir con cierto sosiego ¿Serán los abuelos comprando marraquetas en el almacén de la esquina -sí, un “almacén”, no mini market ni supermercado-? ¿serán los escolares? ¿esa arquitectura que cuenta historias de un pasado glorioso? La señora de uno de los almacenes del otro lado de la calle ya me guarda las “dobladitas” y me avisa cuando le llegó el queso fresco y con un “buenos días, “doña””, me saluda la chica de los jugos. ¿Cómo no sentirse así partícipe de esa cultura comunitaria de barrio que pareciera haber desaparecido de tantos lugares de la metrópolis?

Sin duda el tema de la seguridad es un tema permanente, pero estoy convencida que la prudencia y el sentido común marcan una gran diferencia a la hora de disfrutar una ciudad. En Chile el tema de la seguridad y con una hija danesa adolescente -acostumbrada a un entorno de confianza y muy seguro- ha sido una preocupación intentando balancear la prudencia, sin que se transforme en desconfianza o limite tu libertad de acción. Estamos siempre conectadas y la facilidad de conexiones a través del transporte público o privado, cuando te aseguras de evitar las horas punta, nos ha hecho sentir que podemos seguir moviéndonos por toda la ciudad; de hecho, más que antes.

Todavía estamos descubriendo nuestro nuevo hogar y evaluando los encantos, ventajas y desventajas que nos trae nuestra nueva rutina. Mientras, seguimos sorprendiéndonos con las plazas, sus iglesias, la Calle Concha y Toro y todos esos recovecos desde donde la luz y la ciudad nos está mostrando un nuevo Santiago.

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