Desde la prehistoria misma de nuestro país es algo sabido que acá la naturaleza dispuso toda suerte de accidentes geográficos y fenómenos naturales poco amistosos con la presencia humana. Nada nuevo ni menos un descrubrimiento de la parafernalia tecnológica moderna. De hecho, a no ser por la ambición enferma que padecían, los invasores genocidas españoles difícilmente se habrían aventurado más allá del sur de Perú, informados como estaban por los incas de que curzando el desierto imposible había valles fértiles, si, pero donde la tierra se sacudía a cada rato, numerosos volcanes desataban su furia de vez en cuando y más encima habitados por gente belicosa muy mal dispuesta a recibir visitas. No obstante, acá estamos siglos después, convertidos en una nación de imbunches mediocres y egocéntricos (como todo mediocre) incapaces de comprender el lugar en que vivimos y armonizanos con el, mirando con asombro lo mismo que ocurre siempre.

Cualquiera que visitara Chile esta semana, sin saber nada de nuestra historia, pensaría que algún dios vengativo se ensañó con nosotros: parques nacionales ardiendo sin control, un volcán activo escupiendo lava, inundaciones monstriosas allá donde no llueve jamás… Todo muy dramático, triste y desolador desde el punto de vista del drama humano.Pero, me van a perdonar, un espectáculo impresentable e indigno desde el punto de vista de las prevenciones, las medidas de contingencia, las políticas públicas y, bueno, para qué ahondar en el morbo vergonzoso de los matinales y la puesta en escena repetitiva, amarilla y fácil de los noticieros de tv abierta.

Con algún esfuerzo, no tanto, puedo entender que en Chile tengamos un sistema educacional basura, que la distribución del ingreso sea una vergüenza, que los ciudadanos seamos solo consumidores obedientes hipnotizados con un discurso falso sobre derechos inexistentes e ilusiones relacionadas con una calidad de vida que no es tal. Pero aunque me esfuerce, no logro entender que viviendo desde siempre encima de un polvorín que explota a cada rato nunca, ningún gobierno, nadie se haya hecho cargo de tener una red de emergencia como la gente. Ahora resulta que Chile está convertido en simulacro de apocalipsis por todos lados y nada de lo que se habló después del 27-F existe. No hay equipos, vehículos, recursos ni personal para combatir incendios forestales, no hay una red de alerta temprana, nisiquiera hay en la ONEMI una sola persona capaz de leer un pronóstico meteorológico y entender que determinada cantidad de lluvia en el norte es sinónimo de desastre, no hay helicópteros para evacuar… Lo único que hay es lo mismo de siempre: improvisación.

Cuando uno se enfrenta a una situación en apariencia inexplicable, hay que preguntarse quién se beneficia con ella. No quiero ser injusto, no pretendo acusar a nadie de hacerlo deliberadamente, pero cualquiera que entienda un poco cómo funciona la mente humana, sabe que el inconciente es capaz de esto y mucho más. Mi tesis es que en algún momento de nuestra historia, me atrevo a aventurar que para el terremoto de Chillán, en 1938; se instaló la idea de que un buen desastre natural es un excelente aliado-excusa para la adminstración de turno. “A su gobierno le tocó enfrentar una de las peores catástrofes…”, “fue el tercer terremoto más grande en la historia de la humanidad”. Como si tener que reconstruir sea impedimento para gobernar.

Así como Bolivia tiene en la perfidia chilena que le niega salida al mar una excusa perfecta para justificar sus problemas internos, nuestros dirigentes tienen en los “embates de la naturaleza” una tapadera maravillosa para su falta de previsión, seriedad y planificación. Después de todo, siempre se puede capitalizar favorablemente la histérica “solidaridad del pueblo chileno” con una estudiada y oportuna salida a terreno. Si no, que lo niegue el uniformado en la foto de turno, mojado hasta el alma y arriesgando la vida para salvar a un perrito.

Me parece inaceptable, me violenta, que a estas alturas de nuestra existencia no hayamos sido capaces de entender que, siendo poco más que parásitos nocivos en la epidermis de la madre tierra, debemos vivir en armonía con sus leyes y no arbitrariamente según los intereses de cada cual. Recuerdo a un prestigioso académico de la Universidad Católica, reconocido como eminencia medioambiental, que en un seminario sobre cambio climático que organicé, con el propio Al Gore, definió a la naturaleza como “una fuente de recursos y servicios para el hombre”… Si eso es lo que piensan los que se supone que piensan ¡qué se espera de los que solo buscan dinero!

No se si todavía se lee el formidable trabajo de Benjamín Subercaseaux “Chile o una loca geografía”, libro escrito tal vez con más amor que con rigor científico. Pero de una cosa estoy seguro, acá la loca no es la geografía, sino la sociedad que estamos construyendo.

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