Cuando Lucie Veith (57, casada) se enteró de que en realidad siempre había sido un hombre, ya tenía 23 años, y se había casado por la Iglesia. El descubrimiento fue el comienzo de una travesía emocional y médica de años. Bajo el consejo de especialistas se sometió a terapias hormonales y operaciones en el marco de lo que ella hoy define como “un proceso de transexualización forzoso”. Siguieron décadas de depresión y soledad. Cuando por fin se recuperó, decidió que debería hacer algo para que las personas que nacen igual que ella no pasaran por lo mismo. Así se convirtió en activista y logró —en diciembre pasado— una revolución en Alemania, al convertirse en el primer país en Europa y segundo en el mundo en reconocer la ‘indeterminación’ sexual al nacer. Es decir, ni mujer ni hombre. Es lo que vulgarmente fue descrito como el tercer sexo.

Cuando Lucie nació nadie dudó de que era una niña. “Las hormonas masculinas no eran evidentes en el exterior, sino que sólo en el interior, a nivel de órganos. Es por esto que siempre tuve un aspecto femenino y nadie pensó jamás que pudiese ser un hombre”, cuenta.

Sin embargo, ella sentía que algo no funcionaba bien durante su desarrollo, pero no le daba importancia. Hasta que en la pubertad, todas sus amigas comenzaron a tener su primer periodo menstrual y ella no. Entonces su madre la llevó al ginecólogo. “Me examinó, dijo que todo estaba bien, sólo que no podría tener hijos. Puede que se diera cuenta y prefirió no decir nada. Años después, cuando supe la verdad, le pregunté a mi madre si le habían dicho algo, pero ella juró que nunca había sabido nada. La noticia de que no podría tener famila fue muy dolorosa, pero con el tiempo me acostumbré a la idea”, recuerda.

A los 21 años, esta activista que se describe como una “cristiana creyente”, se casó por la Iglesia con quien, todavía hoy —36 años más tarde— es su marido. Cuando llevaba dos años de matrimonio, sufrió una pérdida de sangre que interpretó como una señal de que quizá sus hormonas estaban funcionando y por fin llegaba su ciclo menstrual: esto le abriría la posibilidad de tener hijos. “Fui al médico, quien me hizo varios análisis y luego me comunicó que mis cromosomas eran xy, es decir, masculinos. Con 23 años supe que siempre había sido un hombre. Que mi cuerpo no producía testosterona como debía de ser y por esta razón mi aspecto era femenino… Y mis testículos se encontraban en el interior de mi cuerpo. Fue un shock total. Mi marido no podía entender, nunca habíamos escuchado de la existencia de personas así. Le pedí que tomara una pausa para reflexionar. Después de algunos días volvió y dijo que estaba enamorado de mí y que todo lo demás eran convenciones artificiales”, recuerda con la voz temblorosa.

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El médico le aconsejó una operación para extraer los testículos y varias curas hormonales, insistió que no intervenir implicaría riesgos y le aconsejó que no hablara con nadie, “esto significaría la exclusión social”, dijo. Finalmente decidió someterse a la operación sin saber que las consecuencias serían devastadoras. Después de  la intervención empezó a engordar, cayó en depresión y se encerró años enteros en casa. Sólo encontró consuelo en la pintura. “De a poco maduré y me di cuenta de lo que me pasaba: me habían obligado hacia un proceso de transexualización forzoso”.

Con el reconocimiento de un género ‘indeterminado’ Alemania responde a llamamientos de la ONU y del Tribunal Constitucional de proteger los derechos humanos de individuos que nacen como intersexuales. Porque como Lucie, muchas personas cada año son sometidas a mutilaciones genitales, terapias hormonales con consecuencias nefastas, castraciones y la obligación de vivir bajo una etiqueta que nunca fue propia. Son estas las violaciones de los derechos fundamentales que la minoría de  los ‘intersexuales’ —es decir, que nacieron con órganos masculinos y femeninos, también descritas como hermafroditas— denuncia padecer diariamente. Para dar un paso hacia el reconocimiento de sus derechos Alemania introdujo, el pasado mes de noviembre, una medida histórica: los niños recién nacidos podrán ser registrados no sólo como masculino o femenino, sino también bajo la clasificación de ‘indeterminado’. Los padres pueden elegir no determinar el sexo del recién nacido en su acta de nacimiento, si —y sólo si— los médicos detectan que no hay una predominancia neta de ninguno de los dos géneros, como ocurre para hermafroditas. En particular porque la actual obligación de registrarlos con un sexo a menudo se traduce en decisiones precipitadas por parte de los padres que eligen operar de manera definitiva a sus hijos. Estas operaciones, según quedó demostrado, tienen en muchos casos consecuencias físicas y sicológicas nefastas. De adultos, éstos podrán elegir modificar esta calificación o dejarla tal cual. La ley, cabe precisar, no trata de casos de transexuales, cuya situación jurídica está defendida en Alemania por otras leyes.

Este gran paso —que muchos en Alemania, y también fuera de ella, definen como ‘una revolución’— se impuso en el debate público. El jurista Heribert Prantl, columnista del diario Süddeutsche Zeitung, asegura que la reforma tiene una portada histórica: “Por primera vez, la ley alemana reconoce que no sólo hay hombres y mujeres”. Es ésta la consideración sencilla que contiene la revolución que se puso en marcha. La nueva medida deja la puerta abierta para la modificación de ulteriores leyes basadas en un modelo de dos sexos. 

Lucie Veith hoy preside una fundación de ayuda a personas intersexuales con base en Hamburgo. Fue ella quien con su batalla ante la ONU, para que se reconocieran los derechos de esta minoría, empujó las medidas que se acaban de adoptar.

“Se trata de un primer paso en la dirección justa. La realidad biológica está probada desde el punto de vista científico: existen 4.000 variantes de diferenciación sexual. Sostener que sólo hay dos sexos es como decir que el Sol da vueltas alrededor de la Tierra”, agrega.

No hay duda de que esta nueva ley relanzó el debate en Alemania. La intersexualidad sólo llega al público a través de páginas amarillistas, películas o literatura. Fue este el caso del filme XXY, de la directora argentina Lucía Puenzo, que cuenta la historia de Alex, un adolescente intersexual, interpretado por Inés Efron, que creció viviendo como mujer. “XXY no es una película sobre el hermafroditismo, sino sobre la condición humana y esas inercias de pensamiento que llevan a considerar que no existe otra posibilidad más allá de la confrontación entre normalidad y diferencia, entre macho y hembra, entre lo correcto y lo incorrecto”, explica.

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Sin embargo, Veith asegura que no se puede sentir satisfecha con el resultado obtenido. “La opción del sexo ‘indeterminado’ no les gusta a muchos miembros de la asociación alemana de personas intersexuales. Como etiqueta y primer paso, es algo sensato. Pero no hay acuerdo acerca de esto en nuestro grupo. Muchos creen que se hará justicia sólo cuando lo oficial sea indeterminado y que cada persona pueda inscribir su sexo después”.

Es esta la posición de Michaela Raab (39), declarada mujer en su acta de nacimiento y quien se autodefine ‘intersexual’. “Yo personalmente no quiero ser registrada como ‘indeterminada’. Mi convicción es que la igualdad de los sexos sólo se alcanzará cuando ya no se tenga que declarar el género en los documentos”, asegura. Raab insiste en que debido a “falsas convicciones que imponen la existencia sólo de hombres y mujeres, a menudo los intersexuales son víctimas de procedimientos ‘correctivos’ innecesarios y dolorosos: como la castración química, el envenenamiento hormonal y la mutilación genital”, puntualmente prescritos por médicos que los presentan como el solo camino posible.

Por mucho que Alemania haya abierto su legislación a los intersexuales, en el debate público la cuestión sigue siendo muy controvertida. En particular, las reivindicaciones de personas como Raab despiertan críticas por parte de la Iglesia que denunció en Alemania “la peligrosa deriva relativista” que esta reforma implica.


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La Iglesia Católica en Alemania señaló hace tiempo su “respeto para los intersexuales” cuyos derechos “precisan de una defensa”, según dijo el obispo Anton Losinger, representante de la conferencia episcopal dentro del Consejo Etico Alemán, un gremio que asesora el gobierno. Por lo tanto la Iglesia está fundamentalmente a favor de  que estas personas puedan ser registradas bajo una tercera etiqueta. No obstante rechaza que se trate de un tercer sexo. 

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Como cristiana practicante, Veith se pregunta ahora si la Iglesia podría poner en discusión su matrimonio, celebrado frente a Dios, pero técnicamente entre dos hombres. Denuncia, además, el rechazo de la Iglesia a reconocer que no sólo hay dos sexos: “Es como decir que personas como yo son errores en una naturaleza basada en la distinción entre hombres y mujeres. No entiendo por qué debería ser Dios el responsable del error y no la Iglesia la que se equivoca en no reconocer que no sólo hay hombres y mujeres”.