Hace un par de semanas, tras una charla acerca de la femineidad y liderazgo, una de las invitadas me preguntó si esto aplicaba para las emprendedoras. Mi respuesta fue categórica: sí.

En los últimos diez años de mi vida profesional, he tenido la fortuna de vivir y trabajar por un tema que hoy convoca profundamente a muchas mujeres: la igualdad de derechos en el mundo laboral y el emprendimiento. Es en ese camino, en el que he podido apreciar la coexistencia de una dificultad común a ambos mundos: la única de las percepciones erradas, es acerca de que para tener éxito profesional o, en este caso, para emprender, las mujeres debemos asumir códigos masculinos como garantía del éxito.

Esta noción, fuertemente arraigada en el mundo ejecutivo y extendido, más actualmente, al ámbito del emprendimiento, tiene su origen en la cultura en la que crecimos y nos desarrollamos la mayoría de las mujeres de mi generación. Esas que decidimos entrar en un círculo profesional donde nuestro tono de voz y mostrar nuestras emociones, eran también símbolo de debilidad.
De este modo, a las dificultades propias de emprender para las mujeres, se suma algo más: es aceptado negar nuestra femineidad, ignorando lo importante y estratégico que ello puede resultar para nuestro éxito. Sin embargo, ahí también está nuestra ventaja competitiva para ser influyentes.

Una investigación de la Universidad de Queensland mostró que algunas mujeres consideran que deben adoptar estilos más masculinos para ser percibidas como mejores líderes y sobreponerse a los obstáculos de la carrera profesional. Al mismo tiempo, ese estudio comprobó que hay elementos propios del liderazgo femenino que representan un valor agregado para las organizaciones: la resiliencia, la empatía y la energía, factores clave en el entorno potencial de estrés y retos de las compañías.

¿Puede tener esto más sentido para emprender? Definitivamente, sí. El desafío de emprender requiere estas características, una y otra vez vistas en quienes han tenido éxito en este ámbito y, a partir de ello, han logrado influir en su entorno.

Por eso, en un mundo donde el emprendimiento es, en mi opinión, una de las palancas más potentes para el empoderamiento económico de las mujeres, y donde debemos superar a diario una serie de barreras derivadas de la perspectiva de género, resulta imperioso que valoremos y saquemos partido de aquello que es nuestra gran ventaja competitiva: ser mujer y dejar fluir toda nuestra femineidad.

Por Soledad Ovando. Directora ejecutiva de la Asociación de Emprendedores de Chile. 

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