Él, poh, el experto instantáneo, la esquina con más pacos, el parrón con más uvas. Ella, la Nureyev de la cueca chora. Ella, la justiciera, la Wonder Woman, la Pasionaria del Mapocho. Eeeeeeella… Este tipo de exclamación, que no es de ahora sino de toda la vida, y sobre todo la última modalidad –que funciona solo en femenino y arrastrándola en todo lo que dé la confianza o la intención de chiste–, ha tomado impulso en ese festival de la invención verbal a la carrera que son las redes sociales en general, y la más intelectualizada de ellas, Twitter, en particular. Tanto se ha avivado su uso que se han creado perfectos neologismos como ellismo, o ellidad, y puedes escribir un enteramente inteligible “¿Muy #ella lo que estoy diciendo?”, y todo el mundo sabrá lo que estás diciendo.

Todo el mundo en Chile, se entiende. Suele ser ilusoria esa idea de que en el país propio las cosas son distintas del resto del mundo, como cuando te dicen “solo en Chile pasan estas cosas”, y la verdad es que pasan en todos lados, porque no somos una cepa especial de ser humano ni un pueblo elegido para ser específicamente tarado, aunque a veces lo parezca. Pero sí que hay un rasgo de los chilenos que es muy notorio para los afuerinos con buen oído y con un interés aunque sea mínimo en el lenguaje y las formas sociales; un rasgo que no es único en el mundo pero que nos distingue de comunidades más acostumbradas a colgar sus ideas al sol y ventilarlas sin tanto trámite. Es lo que la lingüista Juana Puga ha identificado tan bien en sus trabajos sobre la atenuación en el castellano de Chile: esa compulsión por no decir las cosas de una, por evitar el conflicto yéndonos por las ramas, diciendo las cosas en turbio o en tierno, en ese tono nacional de por favor constante (¿me traería la cuenta, por favor?, versus el imperativo y frontal ¿me cobras o qué? de los españoles).

Este apequenamiento del diminutivo y la vuelta larga se relaciona con el “eeeella” con que entre risas aportillamos a los demás y a nosotros mismos, en este caso poniéndonos el parche antes de la herida, exhibiendo al mundo nuestra idea o hazaña (que para eso son las redes sociales: para socializar) pero altiro rebajándola de estatus, quitándole importancia antes de que otros nos bajen el moño con esa pulla suave, esa agresión divertida, que responde a un genuino deseo de atribuir a cada uno lo suyo y ni un gramo de más, pero que, dependiendo de la pesadez de sangre del ellador, puede ser una quitada de piso apenas disfrazada de ingenio exprés. Hay un ruido de fondo ahí, un no reconocerte autoridad para hablar de ciertas cosas, pero sobre todo un ponerse nerviosos si alguien destaca o dice algo que suena definitivo, fuerte o vistoso.

En el fondo tomamos la palabra en serio, tan en serio que no acostumbramos a decir en público nada que parezca definitivo, fuerte o vistoso, y cuando alguien lo hace le hacemos un gestito de que se agache un poco, no vaya a ser cosa…

Y acá termina su columna ella, poh, la socióloga de cuarta.