Haga una prueba. Ingrese a la página web de la Asociación Nacional del Rifle de Estados UnidosNRA por su sigla en inglés— y navegue un par de minutos. Es probable que se encuentre con que la nación más poderosa del mundo aparece como un lugar congelado en los años del viejo y salvaje Oeste. Un mundo donde campea el miedo y todo se resuelve a balazos. ‘Tips’ para transportar un arma de fuego en verano sin que se note el bulto entre la poca ropa y una nota sobre cómo los abuelitos pueden transformarse en los mejores mentores para iniciar a sus nietos en la práctica del tiro, son algunos de los ‘elegidos’ por el editor.

Como quien escribe este artículo vive parte del año en Cleveland, Ohio, en la web de la NRA además aparecen avisos ‘urgentes’ para llamar al senador del distrito y exigirle que bloquee los últimos intentos del presidente Barack Obama por un mayor control de la tenencia de armas. Y a modo de guinda de la torta, en la página ‘familiar’ de la NRA, la autora Amelia Hamilton reescribió los clásicos infantiles para que Caperucita Roja, además de un canasto con provisiones, cargue una escopeta mientras camina por el bosque. Hansel y Gretel, no faltaba más, son expertos en apuntar y cazar magníficos ciervos y ya se anuncia la versión de ‘Los tres chanchitos con pistolas’. The Washington Post ironizó en un artículo sobre el emprendimiento de Hamilton con el título ‘¡Oh abuela, qué pistola tan grande tienes!’.

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El mundo de quienes defienden contra viento y marea la famosa segunda enmienda se divide en ‘good guys’ y ‘bad guys’ (tipos buenos y tipos malos) y, últimamente, el villano de la película tiene nombre de mujer. Y no se trata de la bruja de Hansel y Gretel, sino la candidata demócrata Hillary Clinton.

Tras la masacre de Orlando, el sentido común anunciaba un repliegue de los lobbistas del comercio de armas. Después de todo, el de junio fue el peor tiroteo múltiple de la historia (50 muertos) de EE.UU. Pero al igual que en el mundo de ‘había una vez’, la historia sufrió un giro absurdo, siniestro.

Sin contar con las declaraciones de Donald Trump, quien sugirió que las víctimas debieron portar armas (‘Las balas habrían también corrido en la otra dirección’, declaró el candidato republicano, quien se vio obligado a rectificar), los miembros de la NRA iniciaron una ofensiva muy en su estilo. Y no sólo en el Senado, donde el jefe de los lobbistas, Chris W. Cox, torpedeó los intentos demócratas de pasar una iniciativa que prohibía la tenencia de armas a quienes aparecieran en listas de restricción aérea por sospecha de terrorismo. Cox se las arregló para alinear a los senadores republicanos en medio de una avalancha de reuniones y de tuits a los electores para que llamaran a sus representantes a votar “no” con el hashtag #guncontrolproposals. Esto ocurrió nada menos que el día después de la matanza en Orlando.

Se inició entonces el fuego contra Hillary.

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La industria de las armas ve a la demócrata como una peligrosa continuadora de las reformas restrictivas (hasta ahora fallidas) de Obama ya que, de ganar las elecciones de noviembre, puede resultar más efectiva que su antecesor en conseguir acuerdos políticos amplios.

Por eso, luego de que Clinton repudiara la facilidad con que se puede acceder a armas de guerra del tipo AR-15, como la usada en Orlando, la NRA publicó una extensa nota en la que presentaba a este rifle de asalto como “La mejor defensa de los americanos contra el terror y el crimen”. Este tipo de armamento es de los más populares en el país y muchos de sus habitantes reciben por correo catálogos que lo incluyen como sugerencia para regalos de Navidad. Acto seguido, acusaron a Hillary de hacer vista gorda del  “verdadero enemigo “ (el Estado Islámico) y de  “hipócrita “, ya que ella y su familia “se han visto favorecidas” por esta arma que sus guardias personales “vienen usando por tres décadas” y que ella “desea negar a la familia promedio”.

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Mientras se empieza a sentir el olor a pólvora en estas elecciones, EE.UU. sigue convertido en un paria entre los países desarrollados no sólo por los tiroteos masivos, sino por las estadísticas fuera de control que refleja su cultura de las armas.

Según un revelador ejercicio periodístico del New York Times, morir por un tiro en Norteamérica es igual de probable que hacerlo por un accidente automovilístico, con una tasa de 31.2 por millón de habitantes (sin contar suicidios). Una cifra extremadamente alta si se la compara con otras naciones del primer mundo, como Nueva Zelanda, donde morir por un arma de fuego es tan raro como hacerlo luego de caer por una pendiente (1.5). Y ni hablar de Japón:  es igual de excepcional como que a uno lo alcance un rayo. (En Chile la probabilidad es más baja que en EE.UU. y puede compararse con morir en un accidente en moto, con una tasa de 14.3.)

En su último año en la Casa Blanca, Obama no oculta que su gran frustración fue no sacar adelante una agenda que permitiera restringir el acceso a la tenencia de armas. Ni siquiera lo logró tras la matanza de 20 niños en la escuela de Sandy Hook (Connecticut), en 2012, “¡Niños de primer grado!” —dijo entre lágrimas en una de sus últimas conferencias sobre el tema—, “Cada vez que pienso en esos niños esto me pone furioso”.

Por desgracia, el cuento de hadas donde un chico de raza negra llegó a ser presidente de Estados Unidos, no se escribió con el final feliz que el propio protagonista alguna vez soñó.