Siento que llevo casi una vida en Dinamarca, aunque sólo ha sido algo así como un tercio de ella. Llegué aquí después de casarme con el vikingo que cambió el rumbo de mi vida y yo, programada de fábrica con un modelo de familia con responsabilidades bastante definidas, quedé de una pieza cuando vi que su asado era mejor que el mío y… ¡me enseñó a coser a máquina!

Julio del 2002: Anna tenía algo más de año y medio y Liz, seis meses, cuando sonó el teléfono de mi casa. Del otro lado del auricular me confirmaban de la Casa Real danesa, mi asistencia a la reunión anual con la prensa extranjera que realiza S.M. la reina Margrethe y su esposo, el príncipe consorte Henrik, en su residencia de verano en Cayx, al sur de Francia. Mi primera reacción fue de emoción absoluta; luego, el pánico era total: tenía dos pequeñas y a una todavía le daba el pecho. Imposible, la cita con Su Majestad debería esperar.

Pero allí estaba yo cuando las puertas del château se abrieron para la prensa. ¿Cómo pude? Fácil. Tan pronto dije: “no puedo, tengo dos niñas”, el vikingo me corrigió: “Tenemos dos hijas”. Y continuó: “No puedo darle pecho como tú a Liz, pero hay alternativas y ésta es una oportunidad para ti. La familia es de ambos, tú tienes una tarea fuera de Dinamarca y es mi responsabilidad que ellas tengan el día a día normal que corresponde”.

Yo, nacida y bien criada en la estricta distribución de roles pre-definidos, despertaba a un mundo de igualdad de derechos y deberes. Aquí se da por hecho que yo participe activamente en el mercado laboral, tal como el vikingo en las tareas de la casa, en las actividades de las herederas y en todo lo que tiene que ver con caminar de a dos.

Hace un par de meses compartí en Facebook el post del sicólogo valenciano, Alberto Soler Sarrió, titulado “Yo no ayudo a mi mujer con los niños ni con las tareas de casa”. Creo que si lo hubiera leído en los años en que vivía en Chile, habría pensado: “¡Qué machista, el tal por cual!”. Pero después de 15 años casada con el vikingo me pareció de lo más natural la formulación de la frase. Claro que no ayuda, ni él, ni su mujer, ni el vikingo, ni yo; hacemos simplemente lo que nos toca hacer mientras nos organizamos de la mejor manera y buscamos los equilibrios en las tareas que hacen los días más fáciles para todos. En nuestra casa, por ejemplo, él hace todos los arreglos porque yo no tengo ningún talento manual, ni siquiera para poner un clavo derecho… ¡y a él le encanta hacerlo! Lo relaja, dice. Yo por otro lado, disfruto cambiando muebles de lugar, poniendo flores aquí y allí y asegurándome de que la ropa está “impecable”, como me gusta verla. Pero ojo, el día que él no está, yo pongo clavos, chuecos o no y si yo no estoy, él lava y plancha sin que a nadie se le caiga la corona.

Aun así esta “igualdad”, en nuestro caso, no es tan a la nórdica –por decirlo de alguna manera–, ya que sigo siendo la del alma latina, la que by default pone gotas de calidez y mantengo ese hábito de “regalonear” a mi marido y a mis hijas, de la misma manera como mi familia ha hecho siempre conmigo. Los amigos del vikingo preguntan si tengo alguna hermana o prima soltera, porque piensan que hay una dulzura y femineidad que mis amigas valkirias quizás han perdido en la dura y larga lucha que dieron y siguen dando por la igualdad de derechos del género. Las valkirias defienden su independencia con uñas y carácter. Les es muy duro aceptar cualquier tipo de cumplido porque les parece ofensivo –aunque sea sólo una palabra gentil– y pueden hasta molestarse si alguien les abre la puerta… Son mujeres para quienes, muchas veces, los hombres han pasado a ser un “instrumento” en las relaciones, ni siquiera necesarios para la procreación, porque si una mujer decide ser madre puede ser sólo visitando un banco de espermios. Además, la actitud del “servir” ha sido prácticamente borrada del código de conducta. Todos pueden hacer todo, entonces ¿por qué voy a hacer yo algo por mi marido o pareja? Él tiene dos manos y si está cansado, también lo estoy yo, así que se podrá arreglar él mismo. Faltan los matices.

Por otro lado mi santa madre, a sus 80 y tantos, no siempre piensa que mi “dedicación” al vikingo está al nivel de “calidad” que ella identifica con los de una buena esposa. Cuando estamos de vacaciones en Chile, ella quisiera verme atenta a cada deseo de mi marido: “¿No tendrá sed? ¿Por qué no le llevas algo heladito para que se refresque?”, me dice con ojos recriminadores y un ligero movimiento de cabeza.

Los choques no faltan en mi vida, a veces son culturales otras veces generacionales. Una vez más me siento como una espectadora activa que termina combinado un poco de aquí y un poco de allá, mientras intento mantener el buen humor y equilibrarme entre mi yo-crisanta y mi yo-geisha y el engendro entre medio.

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