Cada vez me convenzo más: reciclar y reutilizar hace milagros… también en alta costura. Hace casi una década una bisabuela paterna de las mini-vikingas dejó este mundo y fue mi primera experiencia funeraria en el reino nórdico. Tras su sepultura siguió un almuerzo familiar en su restaurante favorito, y luego mi suegra y su hermano se dieron a la tarea de separar, repartir y desechar también, las pertenencias atesoradas por casi 90 años.

A mí me preguntaron si me quería quedar, entre otras cosas, con un impecable vestido de gala negro que la bisabuela Vera apreciaba mucho. Hecho para ella a finales de los ’40, cuando la guerra ya había terminado, con un precioso encaje macramé belga, negro, se creó un vestido largo, austero y chic. Lo acepté con cariño y pensaba en la calidez con que me acogieron ambas abuelas del vikingo, a pesar de la barrera idiomática. También me pareció que dar una segunda vida a una pieza que tiene entretejidos recuerdos, me hacía acercarme a las historias de una generación que salía de una guerra mundial conmovida y con esperanza y me hacía parte de algunos de esos capítulos de la vida familiar del vikingo que yo no conocía.

Recuerdo que conversamos sobre cuándo lo uso, el par de veces que se lo prestó a mi suegra y de pronto las musas de las telas lo ponían en mis manos. Con mi tesoro en las manos, lo traje a Chile y lo dejé en las manos de Iván Grubessich.

Iván tiene un talento y un sofisticado don en sus manos para trabajar las telas con armonía y darles un sello propio que les devuelve su esplendor. Y debo decir que con el vestido de “la bisa” ¡hizo un trabajo de joyería con el que me lucí! Lo vi deshacer cada parte del vestido con la delicadeza con que se trata una reliquia. Deshizo, cortó, quitó lazos y agregó volantes. Entendí un poco más porqué el ya mítico Alaïa -de quien fue asistente- lo llamaba ciseaux: usa las tijeras con seguridad, tras haber medido, corregido y enmendado. Corta y cose concentrado entre agujas y conos de hilos, como un costurero minucioso, artístico y dedicado, que disfruta la transformación de retazos en una nueva creación y se apasiona con lo que hará con lo que ha llegado a sus manos.

Después de unos meses y un bosquejo que guardo con cuidado, el vestido llegó a mis manos impecablemente envuelto, tal como había vuelto envolver los trajes y vestidos de alta costura en París. La sensación de abrirlo y “descubrirlo” fue genial. Tanto mejor porque no sabía exactamente lo que estaba recibiendo, pues el creador tiene libertad y con mis medidas más un par de ideas generales el resto fue su trabajo, imaginación y sorpresa. Ahora, debo decir que por primera vez tuve la sensación de probarme una pieza de la categoría de “alta costura” pero no solo por vestirla sino porque era completamente mía. Si puedo describir la sensación, fue como “enfundarme” algo que se sentía perfecto, con el calce de una segunda piel, hecho en mi cuerpo y re-creado para mí. El largo a ras de suelo como debía ser, el escote de hombro a hombro, perfecto sin que tuviera que corregirlo en ningún momento de la fiesta en la que lo llevé acompañado de un echarpe fantástico que me prestó mi amiga Luci. No peca ni por exceso ni por defecto. Me sentí cómoda, también femenina y elegante, con esa sensación de estilo atemporal, y que suma hermosos momentos a las historias de la bisabuela, escondidas entre encajes y volantes.

Así, lo que por un momento pareció obsoleto, salido de un antiguo clóset, ahora está nuevamente convertido en una pieza de alta costura, hecha a medida, reciclada, exclusiva y que pareciera tener vida propia y hasta evolucionar ¡cómo eso no va a ser un milagro con toque de talento, magia y arte!

Comentarios

comentarios