Hace unas noches atrás le contaba a un amigo que me había hecho el propósito de empacar con tiempo y que ya había comenzado a angustiarme de solo pensar en esos “por si acaso” y los “no sé que llevarme”, que les mencionaba en un blog de hace ya más de un año, cuando regresé a Chile.

Como respuesta me miró y con voz solemne y mirada de “sé lo que te estoy diciendo” me dijo: “Una ciudadana del mundo como tú debería viajar liviana, con una maleta y ya ¿Para qué te preocupas?”. Con un suspiro asumí que soy un desastre a la hora de hacer maletas o, como me dijo otro amigo, tengo el “síndrome de Irene”.

Se refería a un video de Vogue  y a mi tendencia a guardar de un cuanto hay por los más variados, razonables y poco-razonables, motivos ¡No lo puedo evitar! En 7 semanas más despego hacia el reino danés, con el corazón apretado e ilusionado a la vez. No es fácil y me iré con el corazón en la mano y el Credo en la boca. En medio de toda esa intensidad de sentimientos, no puedo obviar la logística del empaque. Y ahí es donde, una vez más, me empantano. Pese a mis buenas intenciones, mi colección de zapatos y carteras ha crecido, y también se han agregado libros que quisiera llevarme. Hace años que lo intento, pero me es tan fácil caer en la tentación de agregar “esa blusa que seguro se combina con todo” y ni decir de “esa pollera o ese pantalón ¡tan combinables que seguro que dan para un estilismo formal o deportivo!”.

Y cada vez me vuelvo a alejar de Mark Zuckerberg y su ya icónica camiseta gris. Siempre pienso y leo sobre esas personas que logran empacar minuciosa y planificadamente. Las hadas que dan esos talentos estaban durmiendo siesta el día que yo nací y no me cayó ni una gotita de ese polvito mágico que ellas regalan.

El vikingo sigue contando sobre el primer viaje que hicimos a China en el invierno del ´99. Muere de la risa recordando que él cargaba con una mochila que, con suerte, le cubría la espalda y yo llevaba 2 maletas, más el bolso de mano y mi cartera… ¡para los 10 días de aventura! Mucha agua ha pasado bajo el puente y he aprendido a viajar más liviana, pero todo tiene su límite y ahora miro mi closet y vuelvo a tomarme la cabeza. Acá ya tomé una buena cantidad de ropa y la entregué a una institución que hará buen uso de ella repartiéndola entre quienes la necesitan.

Y respirando profundo me doy ahora a la tarea poner todo sobre la cama y separar lo que se quedará acá para cuando vuelva y lo que se va conmigo a Copenhague. Además, vuelvo a plantearme el desafío de ponerme de acuerdo conmigo misma e implementar aquello de que menos es más. Afortunadamente lo que más atesoro si bien no cabe en la maleta, no pesa nada: son mis recuerdos, mis experiencias, lo aprendido, las risas y los llantos que se han sucedido en este año. Eso me lo llevo todo. Nada queda atrás y todo tiene su lugar en mi equipaje de vida.

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