Hay un sermoneo reiterado que venimos escuchando con paciencia, y que denuncia cómo hoy en día todo el mundo se ha volcado a las calles reclamando por sus derechos (de estudiantes, de trabajadores, de minorías sexuales… o el derecho a vivir en un ambiente descontaminado) sin reparar en los deberes.
Pero es posible que el bendito sermón de los deberes esté errando el foco y la estrategia.

Millones de hombres y mujeres nos levantamos cada día, con una conciencia hasta dolorosa de los deberes que enfrentamos.
Desde siempre, los padres del mundo nos hemos tenido que despertar pensando en cuidar, alimentar y abrigar a nuestros hijos, si queremos plantearlo en términos ancestrales.

El concepto del trabajo está impreso en nuestras conciencias desde hace milenios. El concepto del aprendizaje y del estudio está marcado a fuego en generaciones de niños y jóvenes, desde hace siglos.

Cada día, desde que sale el sol hasta que anochece, millones de trabajadores no hacen más que vivir cumpliendo tareas, encargos, obligaciones, misiones y cometidos. Las horas de cada jornada se hacen cortas para cumplir todo lo que tenemos que hacer, al punto que muchos sufren por la falta de tiempo para cumplir, por ejemplo, con las obligaciones de padre (o de hijo, hacia quienes nos necesitan desde su condición de adultos mayores).

La facilidad con que algunos privilegiados consiguen lo suyo hace frustrante para demasiada gente todavía, el cumplimiento cotidiano, ininterrumpido y muchas veces penoso de los diarios deberes personales.
Esa es la realidad de la abrumadora mayoría de los ciudadanos, trabajadores y contribuyentes, deudores permanentes y buenos pagadores…
¡No nos vengan, entonces, a hablar de nuestros deberes, cuando no hacemos otra cosa que cumplir deberes desde que nos levantamos hasta que nos metemos a la cama! (¡donde también hay deberes que cumplir, dicho sea de paso!)

Dando vuelta el mensaje…

Quizás sea tiempo de dar vuelta el mensaje y abordar el tema de los deberes precisamente desde su contraparte: la de los derechos.
Lo intuyeron mucho más claramente los artífices de la Revolución Francesa que las autoridades de hoy, cuando construyeron la Declaración de los Derechos del Hombre y a nadie se se le pasó por la mente inventar algo así como la “declaración de los deberes del hombre”.

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También los líderes de las Naciones Unidas, cuando en 1947 elaboraron la Declaración Universal de los Derechos Humanos y a nadie se le ocurrió redactar una “declaración universal de los deberes humanos”.

Son los derechos, más que los deberes, lo que nos define como ciudadanos libres. Los segundos nacen automáticamente, como imperativo del respeto a los primeros.
Desde el momento en que nuestro principal derecho es a vivir, es que tenemos el deber de respetar, obviamente, la vida. Como tenemos o queremos el derecho a hacerlo en un medio ambiente limpio, es que asumimos el deber de no contaminar (o hacerlo lo menos posible) y nos obligamos a no botar basura en cualquier parte. Como reconocemos el derecho al trabajo, es que… trabajamos. Como hemos construido el derecho a una vejez digna, es que nos obligamos a cotizar cada mes en la AFP.
Tomar conciencia de que nuestros derechos limitan al norte, al sur, al este y al oeste con los derechos de los demás, es automáticamente un deber principal. Y la necesidad de no sólo respetar (tolerando), sino defender (promoviendo) los derechos de todos, tendría que ser una base de todos los deberes.

Se debate por estos días si la inscripción automática debe ir acompañada del voto voluntario u obligatorio. ¡Dejen que asumamos solitos nuestro deber de ciudadanos, si queremos ejercer nuestro derecho a elegir a nuestros gobernantes y legisladores! La obligación no hará más que reproducir la abstención, los votos nulos y los votos blancos o (quizás más peligroso) los votos desinformados. No conseguirá nada y, al contrario, para muchos convertirá un maravilloso derecho ciudadano en un odioso deber.

Se discute si otorgar el derecho a voto de los chilenos en el extranjero con o sin “vínculo” con el país. La obsesión por el tema de los deberes lleva a ignorar que los residentes en Argentina tendrían un privilegio desigual respecto de los que viven en Australia o en Noruega, lo que convertiría este “derecho” en un ejemplo de discriminación.

El idioma de los deberes abre demasiados flancos a las injusticias y las arbitrariedades, y “prende” demasiado fácil en las mentalidades autoritarias.

¿Quieren aumentar nuestros deberes?
¡Extendamos, entonces, los derechos!

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