Invierno de 2004. Una noche como cualquier otra el periodista Nicolás Cassese acababa de llegar a su casa. Inesperadamente sonó el teléfono. Un amigo lo llamaba para avisarle que en la televisión estaba apareciendo el colegio donde habían compartido la infancia. Raudamente sintonizó el canal América y su programa Código penal, una de las tantas emisiones donde desfilan delincuentes salidos de los sectores más peligrosos de Buenos Aires. Esta vez la historia sería distinta.

Víctimas y victimarios bien vestidos. Profesionales que rondaban los 50 y hablaban con sorprendente calma sobre los abusos sexuales que cambiaron sus vidas. El primer intercambio de palabras empezaría a vislumbrar una tragedia que permaneció 30 años en las penumbras de San Isidro, uno de los barrios más acomodados de Buenos Aires. En la pantalla los hermanos Luis María (‘Tupa’) y Juan Carlos (‘Juanqui’) Belgrano, descendientes directos del histórico general Manuel Belgrano, relataban su calvario.

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—‘Juanqui’: Era algo recurrente. No recuerdo el tiempo. Sí los lugares.

—Periodista: Saben que mi trabajo es hacer preguntas difíciles: ¿Los violó?

—‘Tupa’: Sí, sí. A lo largo de ese tiempo tuvo las relaciones sexuales que puede tener cualquier persona con otra.

—‘Juanqui’: Yo creo que va más allá de los detalles. Es una cuestión de abuso. El me decía: “Cuando vayas a confesarte no describas. Simplemente decí que hiciste cosas malas”. (…) Yo creo que la verdad nos hace libres.

Con este diálogo, Rolando Graña, conocido periodista argentino a cargo del programa, comenzaba a desenmascarar los abusos cometidos por Peter Malenchini, un popular profesor del San Juan el Precursor, exclusivo colegio de niños. Durante cerca de una hora, el programa entregó un amplio informe sobre los escandalosos hechos acontecidos tres décadas atrás.

Boquiabierto, Cassese permanecía frente a su televisor enterándose de hechos ocurridos en su mismo colegio y protagonizados por un hombre amigo de su propia familia. En esos días se encontraba escribiendo un libro sobre la familia Di Tella, pero supo de inmediato que tenía ante sus ojos el guión para su próxima publicación: El Secreto de San Isidro.

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“Conozco muy bien el contexto donde ocurrió. Es un colegio muy tradicional. Hace rato tenía ganas de escribir sobre esa educación tan conservadora y represiva en materia sexual, y cuando me enteré del caso, no lo dudé”, comenta.

Todo comenzó durante abril de 2001. La generación del ’76 conmemoraba los 25 años de graduados y decidieron juntarse para organizar un viaje. Allí, en medio del debate sobre el lugar y la fecha a elegir, Carlos Gontad decidió contar lo que muchos habían callado durante tanto tiempo.

Las confesiones de ‘Charly’, tal como lo llamaban los amigos, produjeron un silencio sepulcral. La familia del valiente confesor era en aquel entonces amiga del profesor Malenchini. Durante la reunión, llegó incluso a relatar que lo obligó a desvestirse en su misma casa una tarde en la que el profesor había sido invitado por sus padres.

Tras la revelación comenzaron a aparecer más relatos que confluían en el mismo hombre: Peter Malenchini. Tiempo después ‘Charly’ falleció, pero el resto ansiaba contar la historia. Sabían que los delitos habían prescrito (12 años en la ley argentina), sin embargo, sentían la necesidad de desahogarse y lograr al menos la condena pública para el personaje en cuestión.

Al salir al aire el programa de Graña, ya eran nueve los ex alumnos que habían reconocido abusos cuando tenían entre 10 y 12 años. Malenchini era en ese entonces uno de los profesores más queridos del colegio. En una escuela de curas, era de los pocos que no ejercía los hábitos. Estaba a cargo de la clase de plástica y contaba con la admiración de los niños. Era el profe hippie, buena onda. Usaba el pelo largo y se ufanaba de ser amigo de Litto Nebbia (pionero del rock argentino).

“Era el tipo joven, desfachatado en ese ambiente tan conservador, los sacaba de viaje, les hacía escuchar música, era ‘el rebelde’ que los introducía en las cosas alejadas de sus padres, y por otro lado abusaba de ellos. Hay una situación ambivalente de amor-odio”, comenta Cassese.

Justamente Malenchini era el encargado de organizar los campamentos, en Córdoba en invierno y en Bariloche en verano. Alejado del colegio y de sus superiores, era la instancia elegida para moverse a sus anchas y desatar sus deseos ocultos.

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Luis María Belgrano (‘Tupa’) formaba parte de los ‘privilegiados’. Alejado de los deportes por su limitado talento para el fútbol o el rugby, solía asistir a los talleres de arte que Malenchini dictaba. Allí ganó cercanía con el profesor que en reiteradas oportunidades lo premiaba provocando la envidia del resto de los niños. Dormir en la misma carpa junto a Malenchini o viajar a los campamentos en su auto era considerado un honor que pronto se convertiría en pesadilla.

Un extracto del libro narra: “Mientras se imaginaba a ‘Banca’, ‘Nico’, ‘Charly’ y el resto de sus compañeros del colegio amontonados en el ómnibus que él había logrado evitar, ‘Tupa’ se perdió en el paisaje que corría por la ventanilla. Había sido un día largo y, cuando la oscuridad le impidió seguir distinguiendo formas, cerró los ojos para descansar. Adelante, separados por el asiento alto y continuo, viajaban un preceptor del San Juan, que manejaba, y un alumno mayor, que le cebaba mate. Conversaban distraídos ajenos a ‘Tupa’ y a Peter que dormitaban en silencio, ensimismados cada uno en sus pensamientos, hasta que Peter deslizó su mano por el cuello de ‘Tupa’, lo atrajo hacia su falda y lo recostó sobre su pene, que se asomaba tieso por entre los pliegues del pantalón. Afuera, la noche cerrada se apretaba contra el auto”.

El autor del libro explica: “Por un lado detestabas cuando él te llamaba, pero por otro celabas cuando se iba con otro. Eran pibes de 10, 12 años y Malenchini los manejaba de manera absoluta. Es un encantador de serpientes con un nivel de locura fenomenal”.

Más allá de las atrocidades cometidas por Malenchini, a Cassese hay algo que le sorprende aún más. ¿Cómo hizo un profesor para silenciar durante tanto tiempo a sus víctimas? El libro justamente se centra en la construcción del secreto.

“Cuando vi el programa tuve una intuición muy rápida de cómo se había armado ese secreto. No podía entender el abuso, pero sí el silencio. Ambientes tan recatados y regresivos con tantos tabúes. No les costó nada entrar en esta dinámica. ¿Cómo profesores, curas y padres terminan amparando al abusador? ¿Cómo un tipo con una tremenda habilidad para el mal termina haciendo su juego en ese contexto? El colegio es sólo de hombres. Se da una cosa como de cofradía. Es una historia de ocultamiento, pero también de camaradería. Había esta cosa de la represión, del secreto, que resultaba muy cercana a lo que yo había vivido”.

En El secreto de San Isidro, Cassese recuerda los viajes de él y su familia con Malenchini, especialmente unas vacaciones en Punta del Este y un reencuentro muy posterior en Estados Unidos. Por éste y otros motivos, al periodista le costó tanto abordar esta investigación.

“Tenía miedo, mucho temor, porque yo sabía que mi madre podía resistirse al libro y eso no me importaba, pero si las propias víctimas se negaban ahí no lo hubiese escrito”, asegura el periodista, quien reconoce particular preocupación por los efectos que pudo tener el libro en los hijos de Malenchini.

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En 1975 el rector y fundador del colegio, padre Jorge Castagnet, decidió despedir a Malenchini. En aquel entonces nunca se supieron los motivos, pero distintas versiones indican que se trató de un plan para encubrir lo que sólo unos pocos sabían.

El profesor se mudó a otra casa de San Isidro y llevó sus talleres y campamentos a distintos colegios de la zona. Su esposa siguió como maestra de Catequesis en el San Juan el Precursor. Incluso él la acompañaba a las cenas de fin de año de la escuela y se lo podía ver sentado en la mesa principal junto a Castagnet.

Tiempo después Malenchini se divorció y trasladó sus cursos de arte a Punta del Este donde comenzó a codearse con el jet set del lugar. Actrices, modelos, vedettes, periodistas de televisión y políticos asistían a sus talleres lo que le dio la oportunidad de aparecer en varias ediciones veraniegas de la revista Gente.

“En los ’90 fue muy famosito, respetado y reconocido. Formó parte de ese jet set menemista de la época”, comenta Cassese. Con la necesidad de denunciarlo, las víctimas comenzaron a armar la ofensiva para lograr al menos la condena pública de un hombre que hasta el momento jamás había enfrentado a la justicia. El tiempo transcurrido y el desconocimiento de nuevos casos de abusos lo hacían inimputable ante la ley.

Fue entonces que ‘Tupa’, ‘Juanqui’ y el resto de los denunciantes recibieron el consejo de un abogado de realizarle una cámara oculta. Se pusieron en contacto con Graña y éste accedió a hacer público el caso en su programa. Malenchini cayó en la trampa. Aceptó juntarse con sus victimarios en un restorán. Allí junto con reconocer los abusos les pidió perdón.

En una parte de la grabación dice: “No es fácil vivir con esto. Hubiera preferido ser, no sé, asesino de la dictadura. No sé qué decirles. Yo no quiero justificarme, porque si yo hubiera sido ustedes le hubiera cortado el pene a Peter (habla en tercera persona). Lo hubiese matado”.

Tras el programa Malenchini desapareció. Cassese intentó ubicarlo para obtener su testimonio para el libro pero fue en vano. Existen distintas versiones sobre su paradero pero ninguna comprobable.