La fotografía, antes una forma de registro de momentos y espacios memorables, ahora también es un medio de comunicación, como el teléfono, la carta, el correo electrónico, la mensajería de texto.
Ya no es necesario marcar un número para contar “nació la guagua”. Enviamos una imagen de la madre recién parida con su niño en brazos. Quien la recibe constata no sólo la buena nueva sino además que madre e hijo están sanos. Y busca en su teléfono un emoticón, envía una sonrisa y un precioso ramo de flores virtual que ya hemos internalizado como un ‘estoy feliz, estoy contigo’.

Hace unos días, mi ahijada me anunció que iba a ser madre con la ecografía de un feto de doce semanas donde se distinguían con toda claridad sus manitas y cabeza. No tuve que preguntar nada. Sonreí y guardé conmigo esa emoción.

¡Vaya diálogo! Sin palabras ni sonidos es posible comunicar a la distancia. Compartir en la instantaneidad. Guiños visuales que bien logrados entregan generosa información.
Todos tenemos una o dos o varias fotografías personales que guardamos como tesoro. Algunas congelan momentos significativos y entrañables, y otras nos conectan con sentimientos que sólo el dueño puede leer y reconocer. Son aquellas que en caso de incendio correría  a salvar y que de perderlas me sentiría más desnuda y algo huérfana.
Hay imágenes, como conversaciones, que son desechables. Y son la mayoría. Gestos efímeros que generan relación, diálogo, pero no historia. Esas no requieren guardarse, pero tan acostumbrados estamos al valor de registro que históricamente ha tenido la fotografía que nos negamos a botarlas.

Como nos cuesta hacer la distinción, hay aplicaciones —como snapshot— que han hecho de lo efímero un valor. Saco una foto y antes de enviarla determino cuántos segundos quiero que mi receptor la pueda ver antes de que desaparezca. Me tienes pero no me tienes. Aquí estoy pero no soy tuya. Mira rápido que se va a esfumar. Esas imágenes duran lo mismo que el instante que quisimos congelar y no están hechas para perdurar.

Hace sentido que se autoeliminen, así no se confunden con esas otras que dan cuenta de instantes de alto contenido y que un arqueólogo, un documentalista o un historiador usarían para contar tu historia en el futuro lejano. ¿Se acuerdan de la foto de El secreto de sus ojos? Esas son las que merecen guardarse. Aunque sea en el también finito archivo del corazón.