Las mujeres debían ser castas y por ningún motivo pisaban la universidad: era el duro reinado de Victoria, la tatarabuela de la actual Isabel, una mujer que mantuvo a raya la moral y costumbres de una sociedad que pareció alcanzar un nuevo orden en torno a la religión y los valores de la familia como principal virtud. Fueron 63 años de gloria y expansión, que convirtieron a la vieja isla en una potencia mundial sin rivales, pero que también fue un trágico cerco para las mentes creativas de una época. Si algo pesa, por ejemplo, en el imperio de Victoria es que hubo figuras como Oscar Wilde que terminaron en la cárcel por su condición homosexual. El siguiente paso del escritor fue el suicidio.

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Ahora que Isabel II ha superado a su ancestro en el poder por sólo siete meses, hay cosas que la monarca ha tenido que manejar con precisión. Cauta y protectora, no deja que los valores impuestos por su dinastía se vayan al suelo, pero sí ha demostrado cambios de modernidad y hasta cierto desapego a la que ella misma define como el ‘viejo régimen’. A sus 89 años es la reina más longeva del mundo y, por lo mismo, ahora se abren los expedientes de los momentos complejos como jefa de Estado. Al revés de lo aparente, su relación con la ministra Margaret Thatcher tenía más bajos que altos. A Isabel le molestaba profundamente que siempre tuviera una actitud salamera hacia ella. Lo confirma la escritora y dramaturga Moira Buffini que ha registrado en varias oportunidades que la reina se daba cuenta de que la sociedad londinense, sobre todo la más joven, veía en Margaret a ‘una bruja que debía arder en la hoguera’. Eso le incomodaba y más de una vez filtró entre su círculo cercano que los liderazgos debían ser más flexibles y de acuerdo a los tiempos. 

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La actual reina tiene un perfil más piadoso, lejano al de su influyente tatarabuela y más cercano al de Isabel I. “Eso quedó claro cuando murió la princesa Diana, aunque estaba la sensación de que no lideró el sentimiento de pérdida del pueblo, inmediatamente la gente reconoció en ella fuerza y nobleza”, dice Martin Willis, catedrático de la Universidad de Westminster. La reina era amiga de los Spencer y Diana siempre estuvo de invitada en su casa, como una niña callada y reflexiva. Cuando se casó con su primogénito Carlos y después vino la debacle del divorcio, sufrió la angustia de no saber cómo ayudar a una mujer que se sentía sola y abandonada. 

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Según la escritora Ingrid Seward, autora de The Queen’s Speech: An intimate portrait of the queen in her own words estaba desesperada por hacer algo, cualquier cosa. Pero no sabía cómo. Era una relación ‘fría y tirante’. Cuando cruzaban miradas y conversaban en público, ambas se esforzaban por demostrar amabilidad y confianza. Así y todo, aprendieron a respetarse. Cuando Diana murió en París, en agosto de 1997 junto a su supuesto amante Dodi Al Fayed, Isabel gritó: ‘¡Alguien debe haber engrasado los frenos!’. Una vez más contó que trató de acercarse de mil formas a la princesa, que le tenía cariño y gratitud por ser la madre de sus nietos, pero que nunca pudo romper la barrera de la distancia. No era tampoco algo grave, porque no es de reinas estar atenta a los vaivenes emocionales de la corte. Primero está el Estado y ella sabe, como ninguno de sus ancestros, lo que significa recibir un país golpeado por la guerra. Fue preparada por sus padres para ser fuerte y útil. Cuando aún no se casaba con Felipe de Edimburgo, tuvo que ser enfermera en los viejos pabellones de Buckingham habilitados para atender a los oficiales heridos, aprendió con rapidez a manejar una ambulancia de combate sobre terrenos recién bombardeados y, sin mayor entrenamiento, se convirtió en telegrafista y radiocontroladora para no perder la comunicación entre Londres y las potencias aliadas. Para gobernar como reina, y sobre todo como mujer, hay que conocer primero el mundo de los plebeyos. Esa parece ser su sentencia.

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Como cabeza de la Commonwealth, con toda la tradición británica de las colonias, es donde se siente más a gusto. “Ahí puede actuar con más libertad, sin necesariamente acatar el consejo del gobierno de turno en el Reino Unido”, dice el historiador Philip Murphy en su ensayo Monarchy and the End of Empire. De alguna manera, se ha sentido prisionera de su destino, aunque jamás lo comentaría. No quería celebrar tampoco el hito de la longevidad de su reinado, porque para ella lo más importante es lograr la unidad de Inglaterra y Escocia. Cuando vuelva de sus vacaciones en Balmoral, una de sus primeras actividades será en Edimburgo donde inaugurará el tren y la ruta ferroviaria que cruza la frontera de ambas naciones. El profesor Willis insiste en que se maneja con maestría: “Sabe que estos son tiempos de incertidumbre y que su mayor fuerza radica en que su figura sea comprendida como un símbolo de unidad”.

Nada le dio más dolores de cabeza, sin embargo, que la propia Margaret Thatcher. Eran opuestas en personalidades. A la reina le molestaba que la llamada Dama de Hierro no supiera de ocio ni de tiempo libre. La encontraba impaciente, trabajólica y consideraba que ejercía la política de un modo masculino, feroz y casi tribal. 

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‘¿O estás conmigo o estás contra mí’: ese estilo definitivamente le desagradaba. Porque para Isabel II, más allá de la tradición y el desarrollo de su pueblo, hay un imperativo mayor: la armonía. Es algo que necesita, sobre todo en tiempos en que la secularización es un castigo. Hay que dar pistas de humanidad y también de apertura a los nuevos tiempos. No se puede seguir el mismo carril de la tradición. Un ejemplo es que alguna vez le dijo a su asistente, en una caminata por las montañas de Balmoral, que se fijara cómo Margaret Tatcher, su primera ministra, siempre caminaba por un sendero, incapaz de dar un paso fuera de los límites. “Esta señora sólo camina por la huella”, lanzó. Y otra vez fue más dura: “Alguien le puede decir a esta mujer que se siente, por favor”. Estaban en un asado de verano y la ex primera ministra no comía ni hablaba con nadie. Su único afán era agradar a Isabel y que no le faltara nada. Como si Isabel no supiera estar sola. Pensarlo es la peor insolencia.