Antes de leer este artículo, trate de recordar su primer beso. Ahora, haga el mismo ejercicio pero con su iniciación sexual. Si usted es una persona promedio lo más seguro es que su memoria guarde más detalles del beso que del sexo. Después de todo, se trata de un acto exclusivo de los humanos (a diferencia del apareamiento) y que, contra todo pronóstico, no es instintivo. Todavía hay una parte importante de la población (cerca de un 10%) que no lo practica o lo considera asqueroso o indecente. Clásicas resultan las observaciones del antropólogo Paul d’Enjoy, quien en el siglo XIX describió la cara de espanto de los chinos frente a esta costumbre de los europeos. El beso es, ante todo, un ritual biológico y cultural.

Estas líneas están dedicadas al beso romántico y que es el fin obligado de películas y novelas y hasta de los mensajes web gracias a los emoticones. Porque un beso es también un ícono pop, pero uno construido en miles de años de evolución para ‘olisquear’ a una pareja que asegure buenos genes. El placer y la pasión llegan por añadidura.

Se besa lo sagrado, se besa para saludar; marcar una posicion social, perdonar y traicionar. En su libro El beso: ¿qué se esconde tras ese gesto cotidiano?, el filósofo Alain Montandon no sólo anota que si lo practican dos amantes se mueven “17 músculos de la lengua, pero también nueve miligramos de agua, 0.18 de sustancias orgánicas; 0.7 de materias grasas; 0.45 de sal; centenares de bacterias (unos 350 tipos distintos) y millones de gérmenes”. Aunque se trata de sensibilidad física —advierte Montandon—, forma parte de una semiología sentimental rica en matices que da lugar a miles de interpretaciones, ambigüedades y malentendidos.

Todos los animales usan señas parecidas a los besos porque todos necesitan compartir información. Desde los caracoles que restriegan sus antenas, pasando por los olisqueos y lengüetazos perrunos. Nuestros primos chimpancés y bonobos también juntan sus labios cuando tienen algo que decirse. Sin embargo, en el caso de los primeros es una táctica para reconciliarse, mientras que los bonobos —criaturas muy sexuales— lo usan para saludarse con lengua y todo. Nada de preámbulos sexuales, menos amorosos.

Sin embargo, la forma en que los humanos fruncimos los labios hacia afuera es única: una mueca casi idéntica a la de los recién nacidos cuando toman leche materna. Y he aquí una pista de cómo podría haber evolucionado el beso entre los homínidos. Primero existió la necesidad de las madres de masticar la comida antes de alimentar a sus crías; luego –teorizan los biólogos evolutivos— es probable que usaran el recurso de juntar sus bocas para calmar el llanto de los pequeños convirtiéndose así en un acto de cariño. Un gesto que algunas hembras avispadas repetirían para adular al macho dominante del grupo. Como vemos, el beso podría tener un origen alimenticio y no es raro entonces que los antiguos egipcios usaran la misma palabra para besar y comer.

El beso resultó también una excelente forma de conocer la calidad genética de la pareja. Algo especialmente útil para las mujeres que destinan mucha energía en la gestación y la crianza. A los esquimales les basta con frotar la nariz para olfatear a su compañero, mientras que los melanesios son exigentes: según registró el antropólogo Bronislaw Malinowski, muerden labios y el interior de las mejillas al punto de hacerlas sangrar y cuando la pasión es total se arrancan las pestañas a dentelladas. Hay que advertir, eso sí, que muchas de estas tribus resultaron caníbales.

Menos violento, pero igualmente útil, es el beso occidental.

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La boca tiene más terminaciones nerviosas que los órganos sexuales y su representación en la corteza somatosensorial del cerebro es enorme. Además, el gesto de besar implica a todos los sentidos, aunque el tacto, el gusto y sobre todo el olfato, son determinantes (en total, estimula cinco nervios craneales enviando una cantidad increíble de datos al cerebro, una explosión hormonal y una disminución del cortisol ligada al estrés). En medio de este olisqueo de sudor e intercambio de saliva, la mujer podría hacer un minianálisis del ADN de su compañero, quien a su vez se esforzará en profundizar los movimientos de labios, lengua y demases. Según la investigación realizada por el biólogo Claus Wedekind (el test de las camisetas transpiradas), ellas se sienten más atraídas por el olor de los hombres que en pruebas genéticas posteriores mostraron una inmunidad diferente a la propia. Esta combinación aseguraría descendencia más saludable.

Pero eso no es todo. ¿Ha sentido cierto desajuste cuando comienza a besarse con una pareja o, al revés, todo parece fluir? Bueno, el sicólogo evolucionista Gordon Gallup cree que durante una sesión de besos el sexo femenino es también capaz de extraer información sobre el grado de compromiso de la potencial pareja. Es decir, funcionaría como un barómetro emocional. Por eso, si el beso es ‘malo’, un 66 por ciento de las mujeres corta la relación contra el 59 por ciento de los hombres. Esta diferente importancia que dan ambos géneros al beso tiene un dato aún más significativo: el 90 por ciento no tendría relaciones sexuales con un hombre sin primero besarlo, mientras que sólo un 50 por ciento del sexo masculino cumple con esta regla (estudio del Albright College de Pennsylvania).

Mae West dijo ‘el beso del hombre es como su firma’. Pero no siempre tuvimos la suerte de contar con este cheque en garantía antes de pasar a mayores. Por siglos el cortejo y el matrimonio fueron un asunto arreglado por las familias para unir patrimonios o hacer alianzas políticas. En este trámite no había espacio para el beso romántico.

En su Historia del beso Marcel Danesi anota que el beso romántico (no el sexual) probablemente nació con el amor cortés durante la Edad Media como un acto subversivo contra las convenciones, el cortejo pactado y el amor aburrido y ahí está la historia de Paolo y Francesca (siglo XIII) para confirmarlo. Francesca es estregada en matrimonio al hermano de Paolo, Gianciotto Malatesta, pero la joven se rebela y se da un beso de película con su amado cuñado. Este atrevimiento desencadena la tragedia: ella y Paolo son asesinados por Gianciotto y luego enterrados en la misma tumba como símbolo del amor eterno.

Han pasado siglos y todavía el beso se usa cuando se quiere provocar. Tenemos a Benetton y su publicidad con monjas y curas y a las minorías sexuales reclamando su derecho a hacerlo en el metro o donde quieran.

Y si ya terminó este artículo y todavía no se acuerda de su primer beso (o, peor, de ninguno) ya sabe que algo salió mal. Muy mal. Besos.