“Esa niña tiene carácter y aires de autoridad bastante sorprendentes para su edad”. Fueron las palabras de Winston Churchill, cuando el entonces ministro de Hacienda de Inglaterra conoció a la nieta del rey Jorge V. Era 1928 e Isabel II tenía sólo dos años de vida, pero la opinión de Churchill y la del resto de la dinastía coincidían. Sentenciaban que la vida de la pequeña Lilibet, como aún la llaman en su círculo más cercano, sería mucho más que la de una royal baby. Un cuarto de siglo más tarde, Isabel y Churchill se encontraron en Buckingham, pero ella caminaba unos cuantos pasos más adelante. Unieron fuerzas y juntos gobernaron para revivir un pueblo aliado que, aunque triunfador, no podía negar el azote de la Segunda Guerra Mundial. Era una Inglaterra que Isabel había conocido profundamente.

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En tiempos de guerra tomó cartas en el asunto como una joven princesa. Y así se diferenció de sus pares en el camino hacia el trono. Curó a enfermos y también supo de motores y engranajes dentro del Servicio Territorial Auxiliar de Mujeres. Mantuvo la calma frente a las autoridades mientras sus padres cruzaban océanos en búsqueda de acuerdos políticos y económicos. Algunos dicen que ella presentía su ascensión. Asumió un papel como radiocontroladora, informó a los suyos de la situación de estado de guerra y gracias a su gestión, ocurrieron las primeras comunicaciones transatlánticas entre los reyes y una adolescente promesa, que resguardaba con celo la imagen de la monarquía a sus cortos veinte, tan sólida como lo hace a sus recién cumplidos noventa.

Es la celebración que tiñe por estos días a Inglaterra. Miles de británicos corearon un sincero ‘happy birthday, ma’am’ frente a Windsor, cinco pasteles fueron diseñados por los chefs más cotizados, entre ellos la musulmana Nadiya Hussain y líderes mundiales no quisieron estar ausentes el pasado 21 de abril, día oficial del natalicio de Isabel. Hasta los jardines de la residencia real llegaron Barack Obama junto a Michelle y el Primer Ministro, David Cameron, quien aseguró que la reina es “la roca que sostiene a la nación” en tiempos donde aún se especula sobre la permanencia de Inglaterra en la Unión Europea. Es el efecto de una de las figuras femeninas más influyentes según Forbes, dueña del récord de la dinastía más larga de la historia y que espera seguir celebrando su cumpleaños hasta mediados de año, con múltiples ceremonias que incluyen desfiles militares y la presentación de los jinetes chilenos de la Escuadra Ecuestre Palmas de Peñaflor el próximo 12 de mayo, con Alfredo Moreno Echeverría a la cabeza del segundo número que presentan en su historia para la monarca, quien ha confesado su admiración por los corceles desde niña.

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Pero más allá de lujosos obsequios y celebraciones, el pueblo británico agradece la labor de su reina. Atrás quedó la ‘era negra’ tras la muerte de Diana y hoy un 76 por ciento de aprobación en la última encuesta de Ipsos-Mori para el King’s College de Londres garantiza la confianza que existe sobre la mujer implacable que alivia a los británicos, quienes confían en ella su Estado, Iglesia y rol en la Commonwealth. De ausencias ni hablar. La impecable participación de Isabel en eventos oficiales solo se vio interrumpida durante sus cuatro embarazos y hoy son los duques de Cambridge quienes relevan a la mandataria para darle un respiro de vez en cuando.

Aseguran que ella es quien ha mantenido en alto los valores de la monarquía, siempre con elegancia y respeto. Sus extensos viajes alrededor del mundo junto a Felipe de Edimburgo han forjado un desplante único frente a las máximas autoridades del globo. No tuvo reparos en enfrentarse a Reagan cuando el mandatario ordenó la invasión a Granada sin su consentimiento. Sin censura bromeó a George Bush en cadena nacional en una visita a Washington. Ha celebrado victorias bélicas ante Irak y gracias a ello, ha sido la primera monarca en integrar una sesión del Congreso de Estados Unidos. Y es que Isabel ha sabido hacerse un espacio entre las grandes potencias internacionales, sin ganar enemigos, pero siempre conquistando aliados.

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De personalidad fuerte, pero con matices sensibles y obedientes a las instrucciones de la Corona, Isabel es dueña de una estampa que, como se comenta, debe a sus padres e institutrices, todas dirigidas por la plebeya Marion Crawford (autora de The little princess). A ella también se le atribuye el poder acercar las ancestrales leyes de la monarquía a la modernidad. Su ascensión al trono fue distinta a la de sus antecesores. Quiso compartirla con el resto del mundo con una transmisión especial ante 20 millones de televidentes. “Isabel se diferencia de otras monarcas, sobre todo por haber sido una mujer que trabajaba y era madre a la vez… eso no era común en su época”, asegura la biógrafa Sally Bedell Smith en Reina Isabel: La vida de una monarca moderna.

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Por eso no llama la atención que a sus noventa años busque con rigurosidad a un nuevo community manager para sus redes sociales, donde arrasa con millones de seguidores en el mundo. Tampoco que haya sido retratada junto a sus sucesores por la fotógrafa Annie Leibovitz. Y es que en tiempos de celebración, Isabel quiere hacerlo en grande. En medio de fuertes decisiones políticas, con una Inglaterra de futuro incierto, una reina también se da gustos. Y es porque su pueblo se los permite. God save the queen, se escucha en las avenidas de Londres.