Acabo de estar una semana en París a propósito de la Semana de la Moda. Me encontré con amigos, conversé hasta el amanecer, descubrí –una vez más- lugares en los que nunca había estado… y no pude evitar sentarme en un café, a orillas de Sena, para mirar. Algunos pensarán que es una “pérdida de tiempo”, pero créanme: no es así.

Si me quedo en un hotel, nunca pido allí el desayuno. No hay nada que me ilusione más que un cafecito con vista a la torre Eiffel o en los Campos Elíseos mirando el Arco del Triunfo… ¡o a dónde sea! Porque no importa el lugar en el que te sientes –usualmente afuera o junto a la ventana si es adentro- me entretengo a morir.

Siempre que llego hay alguien, seguro que uno de los “habituales”, por la forma que saludan al hombre de la barra, porque no piden nada y se les sirve todo lo que un desayuno francés debe tener, sabiendo exactamente si es un café au lait, el muy parisino café crème, un noisette, un viennois o el muy sencillo petit noir. Yo debo pedir -mi curiosidad me hace ir probando distintos cafés cada vez que me regalo una arrancadita- pero por alguna razón que no logro descubrir todavía, créanme que la mayoría de las veces me siento como en casa. Extraño pero confortable sentimiento que atesoro como no imaginan. Además, soy muy afortunada para no sentirme afectada con la delicia oscura que ni me pone más nerviosa ni me provoca insomnio alguno, solo lo disfruto y más aún en ese ambiente y con toda esa onda.

Allí leo el diario, a veces me llevo el libro que está conmigo y avanzo un capítulo más o miro, nada más. Allí veo tanta moda como en las pasarelas más exitosas en Instagram y otras redes sociales. Veo pasar estilos de vida, tendencias de moda, la vida misma. Pienso en la historia, vagabundeo con mi imaginación por la literatura y el arte y me imagino a Dalí, Picasso, Scott Fitzgerald, Diego Rivera y, como no, a Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Ernest Hemingway ¡y a la mismísima Audrey Hepburn!… Simplemente alucino.

Entre las veces que me he perdido o cuando he ido sencillamente a caminar, siempre me vuelve el alma al cuerpo cuando en cualquier esquina de un barrio, en plazas, boulevards, grandes avenidas y pequeñas calles casi secretas te encuentras con un café y una encantadora terraza para sentarte a ver pasar la vida parisina ¡qué placer!

Me he dado el gusto de sentarme en el Café de Flore, en el Boulevard Saint Germain, donde solía aparecerse Simone de Beauvoir, así como en el Café de la Paix, a un paso de la Ópera Garnier y que cuenta con unos frescos de lujo que están allí desde 1862. También he disfrutado en otros completamente desconocidos, pero con un alma parisina que te envuelve entre aromas y sensaciones. Ahí se me va el tiempo después de correr entre pasarelas, presentaciones, tomar fotografías y cuando comienzo a ordenar anotaciones y a armar notas y artículos, muchas veces solas, otras con el vikingo, con mis hijas o con algún amigo o amiga.

Pero como no solo de café vive el hombre, la próxima semana les contaré un poco de uno de mis salones de té favoritos en la capital francesa y fuente inagotable de una tentación absoluta, el macaron… ¿Adivinan el lugar?

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