Instalada en una pequeña mesa de su hotel y vestida con sencillez, a simple vista Nancy Fraser pasa por una turista más. Sin embargo, es una de las intelectuales estadounidenses más destacadas. Sus trabajos en el campo de la filosofía política se han centrado en los problemas de la justicia social y la globalización, aunque también es una reconocida feminista y participante activa de las protestas de la reciente #floodwallstreet.

A Chile, vino a dictar una conferencia a aula llena en la Universidad Diego Portales.

“Es segunda vez que estoy acá —dice fijando sus ojos celestes—. Primero, como observadora para el Plebiscito de 1988. Un momento muy emocionante. Desde entonces he seguido las noticias desde New York. Como norteamericanos estamos involucrados en la historia de este país, desde lo que sucedió con Allende”, reconoce. Pero no se queda corta en su reconocimiento y también se hace cargo del modelo económico que se instaló en dictadura: “En Estados Unidos pensaron que Chile era una especie de conejillo de indias para el experimento neoliberal. Me impresionó el programa social de Allende y me dio mucha pena cuando vi el resultado con los Chicago Boys… Como nación tuvieron la oportunidad de transformar a la sociedad y eso se cortó con la CIA. La gente quería un cambio. Me indigna pensar que mi país estuviera detrás de eso… Es el otro 9-11, ese del que nadie habla y donde tuvimos tanto que ver”, admite.

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Con todo, Fraser se ha convertido en una de las grandes críticas al sistema capitalista que, según ella, se encontraría completamente desatado, sin que ni en EE.UU. ni en Europa se hayan hecho cargo. “Hoy existe la visión de que todo se puede mercantilizar, lo que ha desestabilizado a las sociedades y ha ido destruyendo el medio ambiente. Eso sin mencionar la bomba de tiempo en la que se ha convertido la industria financiera y que podría explotar en cualquier minuto. Nos acercamos a un gran derretimiento de la economía a nivel mundial; los males se están multiplicando y nadie sabe cómo pararlos. Es una crisis muy profunda, donde lo más grave ha sido pensar que todo se puede transformar en un commoditie, donde no se necesitan poderes públicos o permisos. Esa es la peor falla que ha mostrado este trance. Llámalo desastre del capitalismo o como quieras, pero eso no puede seguir por siempre”. Y dando un suspiro, agrega:  “Obama —que era nuestra esperanza en ese sentido— nos desilusionó; siguió la política exterior de W. Bush, y en la escena local ha permitido que todos los intereses financieros bloqueen las mejoras sociales. Es triste. En ese sentido, creo que hoy es precisamente América Latina el único lugar donde brilla la resistencia al capitalismo. No pretendo idealizar, pero lo que veo es que la gente acá trata de buscar alternativas, otros caminos. En mi país eso no se ve”. 

Su desaliento es profundo, considerando que trabajó por la reelección de Obama y con decepción ve que, al final, hoy son los poderes económicos los que se imponen. Eso, mientras que las elites, lejos de impulsar un cambio —en lo económico, lo político, lo social—, no han asumido un rol y más bien se han acomodado a las circunstancias.

“Los mercados de capitales están fuera de control; hay una crisis ecológica y las elites, en lugar de estar pensando en soluciones, no hacen nada. Cada uno está corriendo por sus propios intereses. La gente perdió la confianza —dice mirando muy seria— y les motiva muy poco la política. En Europa tuvimos a los indignados, pero colapsaron, no fueron capaces de transformarse en un movimiento político establecido y más bien fue una explosión de rabia”.

—¿Cree que exista una salida?

—Tengo una única esperanza: que se produzca una combinación entre luchas más programadas y organizadas desde abajo, y un mayor y más alto desarrollo del pensamiento de las elites. Si éstas se combinan pueden cambiarlo todo, pero si no, no nos espera un buen futuro…

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—Sin embargo, no ha perdido la confianza en Latinoamérica.

—Acá es diferente; está el caso de Cristina Fernández en Argentina; de Rafael Correa en Ecuador. Venezuela es más disfuncional, pero todos los países de la región se mueven en un rango de poderes de izquierda moderada. Brasil es el más importante, con el partido de los trabajadores. Me da la impresión de que son gobiernos que avanzan en contra del liberalismo, aunque tengan que vivir de ello. Y tienen una mayor conexión entre el poder, la gente y lo que quieren las personas. No como en Europa. Tengo la sensación de que en Chile pasa eso, creo que los poderes, los partidos y la gente están más conectados.

—Pero estamos entre los países más desiguales de la OCDE

—No hablo de desigualdad, hablo de fuerzas políticas. Chile, a través de la combinación de los movimientos sociales y la respuesta de las elites está en un camino de disminuir la desigualdad. Nosotros, en cambio, estamos en una senda donde la desigualdad va en aumento. Tuvimos una fuerte redistribución, desde abajo hacia arriba, pero ahora el 80 por ciento de la población paga con sus impuestos los costos de vida del otro uno por ciento más rico. No sé cómo será acá, pero al menos me da la impresión de que hay cierta disposición por cambiar y disminuir esa desigualdad.

—Acá las elites se han resistido al cambio.

 —Describiría la situación de Chile como un lugar donde las elites están divididas. Por un lado, tenemos a las más antiguas, que son reaccionarias a la transformación, y por otro tenemos a las nuevas, más progresistas, que piensan en los derechos de los gays o en políticas medioambientales; a ellas creo que representa Michelle Bachelet. Esa combinación ha permitido que la situación tenga un ímpetu de expansión. Me gusta.

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—Sin embargo, como usted sabe, nuestro país ha sido un laboratorio del proyecto neoliberal y hoy como nunca hemos sido testigos de escándalos financieros, colusión de precios, etc.

—Lo que describen son abusos del mercado y eso pasa en todas partes, en diferentes grados; se ha vuelto prácticamente la norma y no la excepción. Es la debilidad de los poderes tradicionales, la falta de regularización, donde la autoridad es capturada por el miedo y dejan de hacer su trabajo, que es regular. Esto fortalece la cultura de la ilegalidad. Eso sin contar la cantidad de abusos supuestamente legales que se cometen sin que hasta ahora las leyes se hayan modificado.

—Pero es curioso: la gente ha ido juntando indignación pero, al mismo tiempo, se acostumbró al modelo y teme perder la libertad que ha conseguido con el mercado.

—Claro, conocen el sistema y los cambios asustan.

—Eso mientras grupos marginales han empezado a juntar rabia. Incluso han surgido células anarquistas.

—Me gustaría saber a qué le llaman anarquismo acá. En la universidad tengo alumnos que participan en las ocupaciones de Wall Street, con los que estuvimos en las protestas del Flood Market, pero no están llegando a ningún puerto concreto. El anarquismo es un síntoma del colapso, de la falta de confianza en el sistema político, en los partidos y en las formas políticas de pensar. Esta forma de anarquismo es más destructivo que propositivo. Es lo que pasa cuando el socialismo se desacredita como idea de sociedad y tampoco aparecen ideas nuevas. Es un síntoma de la profundidad de la crisis que no sólo es de las instituciones, de las elites y de las estructuras, sino que también es una crisis de la imaginación política, una crisis de la emancipación.

Fraser se muestra inquieta: “Hay que preocuparse de buscar y encontrar una nueva forma política para organizar y hacer del enojo y la rabia una forma más dirigida y constructiva, con reformas sociales más serias. Es la única manera que podemos dar una respuesta concreta a estos jóvenes que hoy están perdidos; no saben lo que hacen y la ausencia de alternativas los ha llevado a esto. El anarquismo está jugando ese rol para esta apatía”.

Se trata de un síntoma que según esta intelectual es necesario frenar. Y citando a Marx concluye: “La primera vez es historia, pero la segunda es farsa”.