Mi escándalo es más humilde, pero me tiene como loro en el alambre. Un compañero de trabajo me mandó un mensaje por Whatsapp preguntándome por qué Eliana —la directora creativa de esta pequeña, glamorosa y cahuinera agencia de publicidad— andaba tan enojada. Respondí sin pensar: “tal vez la Eliana hoy no se tomó el litio jajajaja”. Eso fue todo o, mejor dicho, ahí empezó todo. Mi compañero le sacó un pantallazo a mi mensaje y lo envió a toda la agencia, incluida Eliana. Sé que lo sabe porque se ha mandado frases al aire del estilo “¿alguien ha visto mi litio? Debo tomarlo”. Sé que saben, saben que sé, pero nadie dice nada, sólo indirectas, risitas, conversaciones en voz baja mientras me miran. Todo muy maduro, como corresponde a un equipo cuya edad promedio es 29 años.

Esta situación me tiene pensando en cuántos de los mensajes que he enviado a través de Whatsapp, Twitter, Facebook, SMS han sido dignos de un pantallazo del que no me he enterado

Esta situación me tiene pensando en cuántos de los mensajes que he enviado a través de Whatsapp, Twitter, Facebook, SMS han sido dignos de un pantallazo del que no me he enterado y cuál es la razón para publicar una conversación privada. Cuántas personas a mi alrededor estarán preocupadas porque mandaron un mensaje que no debían enviar, cuánto famoso andará tiritón exactamente por los mismos motivos. El poder del pantallazo reveló que creo que alguien está loca y, honestamente, acá todos creen lo mismo, pero sólo hay registro de mi opinión, por lo tanto soy yo la culpable, la peladora que quedó expuesta ante todos, porque claro, parece que nadie más pela. Aquí estoy, viviendo mi propia versión de la ‘radio Kyoto’; comprendiendo el drama de Kim Kardashian cuando su video triple X salió al mundo y terminó por hacerla tremendamente millonaria;  recordando a la pobre Lady Di cuando sus conversaciones fueron grabadas.

Pensé en pedir disculpas, en escribir “una guía protocolar de conversaciones en redes sociales”, en eliminar Whatsapp, ponerle candado a mi cuenta de Twitter, en autocensurarme en Facebook, y la locura máxima: usar mi Smartphone sólo para realizar una actividad extraña y paleolítica: hablar por teléfono.

Pero desistí, aquí reivindico el derecho a no ser perfecto, a la libertad de pegarse un pelambre ligero de vez en cuando y emprenderé la labor de filtrar de mis redes sociales a todo aquel que tenga espíritu de sapo. Defenderé contra viento y marea  mi derecho a pelar en paz.