Mientras espera, el padre Juan va y viene entre el pesado escritorio y los viejos sillones de felpa verde de su oficina. Lleva el rosario tenso entre las manos. En ese instante lucha por alejar un mal presentimiento de su cabeza. En uno de los pasillos del colegio se encontró esa mañana con Andrés Vergara, a quien quiere como a un sobrino, como a un hijo en realidad. El joven le pidió una reunión privada, nada inusual si se detiene a pensarlo. Pero el ceño contrariado del alumno de cuarto medio, gruñendo entre sus ojos anhelantes de compasión, lo llenó de desasosiego.

Este hombre de 64 años, sacerdote diocesano, rector del colegio Luis Hurtado de Ñuñoa, tiene en los Vergara una suerte de segunda familia. Recién entrado a servir en el colegio, fue profesor de artes plásticas del padre de Andrés, siguió viéndolo como su confesor y con el tiempo llegaron a ser grandes amigos. Con él, su mujer y sus hijos almuerza cada domingo y sale de vacaciones cada verano. No hay ceremonia familiar que no presida ni emergencia a la que no acuda­­.

Cuando lo ve entrar a la oficina, rebrota la predilección que siente por ese niño, en esos términos piensa en él, aunque sea prácticamente un hombre hecho y derecho. Es el menor de los hijos de su amigo y el único que le presta atención cuando habla de los temas que le interesan, sobre todo cuando emplea alguna de las tantas anécdotas que ha acumulado para ilustrar aquello que se discute, porque en la mesa de los Vergara las opiniones se disparan en un tono más alto que el de una simple conversación.

Sin pensarlo se pone la estola, convencido de que lo oirá en confesión, pero Andrés dice con cierta dureza que no viene a confesarse, sino a contarle algo de lo que no se arrepiente. El padre Juan quisiera cerrar sus oídos, pero igual lo oye afirmar con voz repentinamente frágil: “Soy gay”. Más allá de su voluntad, en el fuero interno del sacerdote resuena un “yo también, hijo mío”. Gracias a Dios, alcanza a retener las palabras antes de que lo traicionen. Andrés le cuenta cabizbajo la forma en que recorrió el camino entre los primeros indicios de su atracción hacia los hombres hasta el día en que estuvo completamente seguro. El padre Juan se identifica en su relato, también pasó por ese trance en otra época, con la única y dolorosa diferencia de que nunca llegó a admitirlo, ni ante sí ni ante nadie. Se siente preso de un tiempo pretérito: el mundo se abre lleno de posibilidades para Andrés y se mantendrá por siempre cerrado para él. Sabe que en su semblante asoma la tristeza, emoción tan apropiada para el papel que le toca representar, pero tiene pena por el joven que alguna vez fue, aquel que en su desesperación buscó refugio en la Iglesia. Andrés quiere que lo ayude a contarles a sus padres, para que se lo tomen a bien. Sabe que puede confiar en su tío. Sabe que en el fondo lo entiende. Lo sabe, piensa Juan. El corazón del sacerdote se llena de un extraño gozo, pero al mismo tiempo teme… ya no a Dios, sino a sí mismo.