La casa del obispo en Osorno está cerrada, igual que el Centro de Espiritualidad que se divisa más atrás. El pasto luce descuidado, algo amarillo. Es febrero y nadie responde. “Están de vacaciones”, explica una vecina que recuerda los tiempos en que ese lugar, ubicado frente al ex club gimnástico alemán, era un espacio de puertas abiertas a los fieles. Así fue, al menos, hasta que Juan Barros Madrid (61) recibió en marzo de 2015 el báculo de obispo en la catedral San Mateo en medio de graves disturbios.

Pero las vacaciones de Barros no fueron todo lo descansadas que quisiera. Refugiado en los campos de su familia en Curacaví, preparó su defensa ante el arzobispo Charles Scicluna por las acusaciones de encubrimiento de los abusos cometidos por su mentor, Fernando Karadima. Además, más allá de los hechos ocurridos en El Bosque, el religioso enfrentaría esta vez otro flanco: un grupo de laicos y sacerdotes osorninos que viajó en febrero a Santiago. Ellos entregaron al enviado del Papa antecedentes de cómo el estilo huidizo y temeroso de Barros tiene paralizada la agenda pastoral en la zona.

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El ex discípulo de Karadima lleva una vida mitad pastor, mitad fugitivo en la diócesis creada por fray Francisco Valdés Subercaseaux en los años 50. Las pocas veces que llega a la casa reservada para el obispo en la ciudad, pide al personal mantener las cortinas cerradas y las luces apagadas. “Tiene miedo de las protestas, de los ‘globos negros’”, como llama un feligrés a los laicos organizados que completó tres años protestando frente a la catedral San Mateo.

La vida rural, alejada del pavimento y protegida por amigos dueños de campos, ha marcado su obispado; con el clero y la feligresía divididos entre quienes aceptan la designación papal y los que la cuestionan. Pero hay algo en lo que todos coinciden: su pastor —ese adorado y omnipresente que encarnó fray Valdés— se convirtió en una figura escurridiza. “Debería ser franco y enfrentar las acusaciones con claridad. No escudarse en que hay protestas de 30 o 40 personas para encerrarse en la sacristía de la iglesia y no salir a dar la misa o la confirmación. Es urgente reactivar la pastoral”, dice José Manuel Rozas, ex seminarista, quien hace un par de años formó la Comunidad de Fieles Cristianos Católicos.

La prensa local lo presenta como el artífice del grupo que apoyaría al obispo. Sin embargo, el profesor de filosofía lo desmiente y cuenta que colabora estrechamente con el sacerdote Peter Kliegel, el primer religioso que le pidió a Barros dar un paso al costado. La situación en Osorno siempre puede ser más compleja.

EL EXORCISMO

Es domingo 18 de febrero y a la catedral San Mateo comienzan a llegar los feligreses. Un religioso que camina con dificultad se inclina frente al Cristo que pende en el altar. No es el obispo Barros, sino el sacerdote de origen alemán Bernardo Werth que en su calidad de párroco del lugar ha debido poner la cara en reemplazo del ex discípulo de Karadima, más de lo que quisiera.

“No es agradable estar en una situación tensa, pero es lo que me tocó”, dice en una oficina contigua con los retratos de los últimos papas. Se ve solo y todavía hay huellas de una hemiplejia. “Mire —dice en un tono afable que lo ha convertido en uno de los curas más queridos de la ciudad— si una persona se levanta y se va de la misa, no actúa como cristiano”.

Werth se refiere a los fieles que abandonan la catedral en señal de protesta cuando aparece Barros, como ocurrió en el último Te Deum, con todas las autoridades presentes. Estos momentos perturbadores se repiten desde que fue testigo de la batalla campal “frente al santísimo” entre quienes protestaban y los que buscaban proteger a los religiosos durante la entronización de Barros el 2015. Para una parte de la feligresía, la catedral ha sido constantemente profanada.

¿Qué hacer para limpiar el templo? La respuesta cayó en diciembre pasado como un rayo sobre un grupo de católicos: solicitar los servicios del sacerdote Luis Escobar. Se hizo una invitación abierta a toda la comunidad. El problema fue que el cura es un reconocido experto en expulsar “espíritus malignos”, al que el obispo Alejandro Goic nombró en 2014 exorcista de la diócesis de Rancagua. El dato no pasó inadvertido para la Agrupación de Laicos y Laicas de Osorno (ALO) que encabeza Juan Carlos Claret, la cara “civil” más visible de la oposición a Barros. De pronto, la misa de reparación se convirtió en el imaginario de los osorninos en una película hollywoodense, con edificios y gente poseída. La batahola llegó a oídos de Goic quien no autorizó el viaje de Escobar. La misa, que había autorizado el propio Barros con la idea de que la visita del Papa a Chile en enero encontrara a su templo “libre de blasfemias”, debió ser cancelada.

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EL CASO “PUERTO OCTAY”

En abril del año pasado otra noticia remeció a los católicos de Osorno: el sacerdote Miguel Molina —quien desde un comienzo mostró su oposición a Barros— dejaba la parroquia San Agustín, de Puerto Octay. Esta pequeña localidad a orillas del lago Llanquihue, con su iglesia de maderas nativas, resume a escala lo que ha ocurrido en la diócesis de Osorno. Barros se refugió en las pequeñas comunidades rurales y tomó la costumbre de “dejarse caer en sus parroquias para así no poner en alerta al grupo de laicos que se oponen”, explica una católica nacida y criada en el área del Llanquihue. Estas misas “espontáneas” elevaron la incertidumbre entre los párrocos que ya le habían advertido que no participarían junto a él en la eucaristía, como fue el caso del padre Miguel. “Y hay que sumar que es Puerto Octay donde está el principal grupo de amigos poderosos que apoya a Barros, dueños de tierras ganaderas y ovejeras. Otro protector es el ex rector de la Universidad San Sebastián (Osorno), Sergio Hermosilla, asesor financiero de la diócesis y cercano al Opus Dei.

Juan Barros incluso vivió en su casa cuando llegó a la ciudad”, afirma Claret. El padre Miguel, simplemente, “no resistió la tensión”, remata un feligrés. Otro sacerdote con problemas en el “año decisivo de Barros“ (como llama un laico al 2017 debido a la preparación del clero y del propio obispo por la visita del Papa) fue el jesuita Hernán Monardes. “Técnicamente, el obispo no me renovó el contrato”, explica desde su retiro en Santiago el ex párroco de Jesús Obrero, una de las iglesias de Osorno que le cerraron las puertas a Barros. La otra iglesia emblemática donde el obispo no puede entrar es Santa Rosa, a cargo del padre Américo Vidal, a quien tampoco prolongó su cargo como vicario pastoral de la diócesis.

Pero no todos se oponen a su autoridad. Un grupo importante de religiosos optó —como Werth— por la obediencia al Papa. Los casos más emblemáticos son el vicario Mauricio Bello y el párroco Adam Lugowski. Este último apoyó al obispo para que encabezara la celebración de Cuasimodo y visitara los comedores abiertos de las Siervas de Jesús. En esas ocasiones, a Barros se le vio relajado, sonriente. Todo cambió para el obispo cuando el Papa anunció en enero la visita de Scicluna. Luego de encabezar la fiesta de la Virgen de la Candelaria (donde no participó en la procesión), se restó a última hora de confirmar a un grupo de jóvenes en la parroquia Reina de los Mártires. Otra vez Barros optaba por la soledad de la sacristía. O como comentó a sus cercanos: por su privado “martirio”.